Por Fernando Frank*

La doctora en Biología e investigadora del Conicet Raquel Chan publicó en PáginaI12 una respuesta a la nota “Peligro en las mesas argentinas” (24/12/2018). A nuestro entender, Chan realiza afirmaciones alejadas de la realidad, repite lugares comunes de la ciencia adicta a las transnacionales que concentran la venta de semillas y agrotóxicos, y oculta información que debería tener presente en su rol de investigadora del sistema público de ciencia.

La investigadora intenta aportar tranquilidad defendiendo los mecanismos de fiscalización y control de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (Conabia) y el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), sin atender los conflictos de interés ni la falta de consulta a los consumidores. Habla de experimentos controlados en laboratorios, pero no de cómo fue que en 2016 un cargamento de trigo argentino fue rechazado en Corea del Sur por contener trigo transgénico ilegal, como denunció la campaña “No se metan con nuestro pan”. Chan dice que “si bien generalmente se asocia a los transgénicos con el uso excesivo de agroquímicos, esto no tiene por qué ser así” y agrega que mediante éstos “buscan ofrecer soluciones a problemas de la agricultura que no implican necesariamente mayor uso de agrotóxicos”. La opción de disminuir el consumo de agrotóxicos mediante la liberación de transgénicos de resistencia a herbicidas lleva más de 20 años, y es un fracaso ambiental y sanitario, pero a su vez una fuente exorbitante de ganancias para quienes venden venenos. Argentina es ejemplo del desastre, producto de confiar en el autocontrol corporativo, específicamente a través de Senasa aprobando agrotóxicos y Conabia recomendando aprobar transgénicos agrícolas.

Datos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (2012) marcaron crecimiento en el consumo de herbicidas de 1279 por ciento, entre 1991 y 2011. La causa es la difusión de la soja RR y los demás transgénicos de resistencia a herbicidas. La tendencia nunca se revirtió, pero las empresas hoy esconden los datos, porque creció la conciencia del peligro para la salud y el ambiente del uso masivo de plaguicidas de síntesis química. De los 51 transgénicos aprobados en Argentina, 37 son tolerantes a herbicidas como el glifosato, glufosinato de amonio, 2, 4D, entre otros. Cuando Chan habla del trigo cuestionado hace foco en la resistencia a la sequía que ella contribuyó a incorporar, pero omite hablar de la tolerancia al herbicida glufosinato de amonio. No se puede desconocer que la resistencia de las malezas a los agrotóxicos sucede, lo que potencia el círculo vicioso en el uso de más agrotóxicos.

Los agricultores argentinos hoy están entrampados en este sistema que degrada los suelos y potencia la expansión de especies resistentes a herbicidas. Aún así algunos científicos insisten en un camino cuyas consecuencias para las comunidades y los ecosistemas ya son padecidas desde hace años. La ciencia adicta a las trasnacionales del agro repite una y otra vez falsas soluciones que omiten amplia documentación y experiencias en torno a las prácticas agroecológicas para salir de la grave calamidad ecológica, social y sanitaria que hoy atraviesa la agricultura, es decir la humanidad. Es por el camino de la socio-eco-diversidad que se podrán enfrentar el hambre, las sequías, las inundaciones, la desertificación, y no por la vía de la monocultura transgénica. Pensar que no podremos alimentar a la humanidad sin transgénicos implica negar la historia de la agricultura, y desconocer informes de FAO donde se reconoce desde hace décadas que la oferta alimentaria supera la demanda, a pesar de que hasta 30 por ciento de los alimentos se pierden sin haber alimentado a nadie, producto de la misma lógica agroindustrial. La mayor parte de los transgénicos comerciales de soja, maíz y algodón tienen destinos industriales (alimentos ultraprocesados, forrajes y agrocombustibles). Quienes tenemos a la soberanía alimentaria como horizonte, no añoramos ningún pasado ideal: vemos hacia el futuro en diálogo con las agriculturas ancestrales, con una clara preocupación por el control corporativo del sistema agroalimentario, y sus innegables intereses en el sistema público de ciencia y técnica.


* Ingeniero agrónomo. Integrante de Agro-culturas (Territorios y Soberanía Alimentaria).

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