Les transmitimos el estudio «Pistas para la no-violencia» realizado por Philippe Moal, en forma de 12 capítulos. El índice general es el siguiente:
1- ¿Hacia dónde vamos?
2- La difícil transición de la violencia a la no-violencia.
3- Prejuicios que perpetúan la violencia.
4- ¿Hay más o menos violencia que ayer?
5- Espirales de violencia
6- Desconexión, huida e hiper-conexión (a- Desconexión).
7- Desconexión, huida e hiper-conexión (b- La huida).
8- Desconexión, huida e hiper-conexión (c- Hiper-conexión).
9- El rechazo visceral a la violencia.
10- El papel decisivo de la conciencia.
11- Transformación o inmovilización.
12- Integrar y superar la dualidad, y Conclusión.

En el ensayo fechado en septiembre de 2021, el autor agradece: Gracias a su acertada visión del tema, Martine Sicard, Jean-Luc Guérard, Maria del Carmen Gómez Moreno y Alicia Barrachina me han prestado una preciosa ayuda en la realización de este trabajo, tanto en la precisión de los términos como en la de las ideas, y se lo agradezco calurosamente.

 

Aquí está el cuarto capítulo:

¿Hay más o menos violencia que ayer?

Cabría preguntarse porqué plantearse esta cuestión cuando la violencia está haciendo estragos en todo el planeta. Según algunos expertos[1], la humanidad va por buen camino; la violencia está disminuyendo en el planeta, como demuestra el estudio del proceso histórico.

Supongo que los sociólogos y científicos que han analizado la cuestión actúan de buena fe y que no se trate de un exceso de optimismo ingenuo y despreocupado por su parte, ni de una llamada a la calma y a la relativización de las críticas sobre las causas de la violencia.

Dicho esto, al examinar los distintos estudios sobre el tema, he observado que quienes afirman que hay menos violencia que en el pasado se refieren esencialmente a la violencia física y no tienen suficientemente en cuenta la creciente complejidad del fenómeno ni el salto cualitativo que ha dado el ser humano en las últimas décadas, que se manifiesta en una mayor sensibilidad y conciencia, condenando ciertas formas de violencia que antes se consideraban normales.

El norteamericano Steven Pinker, muy de moda, por ejemplo, en su voluminoso libro Los ángeles que llevamos dentro[2], proporciona una información histórica muy rica e interesante, pero prácticamente ignora los tipos de violencia que no son físicos. Además, argumenta su teoría sobre la base de un cálculo proporcional entre la violencia y la densidad de población: así, la violencia del Imperio Romano era, según él, mayor que la actual, porque se cobraba más víctimas en proporción al número de ciudadanos de la época.

Esta visión puede parecer ingenua o malintencionada si se piensa en los genocidios y en la cantidad de conflictos armados que se han producido en todo el planeta desde la última guerra mundial, por no hablar del riesgo nuclear, una auténtica espada de Damocles colgada permanentemente sobre nuestras cabezas y que puede calificarse de crimen contra la humanidad por anticipado, esperando que nunca se produzca.

Añadamos también el análisis realizado por Julián Casanova que, en su documentado libro Una violencia indómita, da una visión completamente diferente del fenómeno de la violencia, que desde principios del siglo XX ha adoptado formas inéditas en la historia de la humanidad, como el exterminio masivo y la limpieza étnica.

La violencia no desapareció en las democracias, porque desde 1945 hasta comienzos de los años sesenta los principales países europeo-occidentales estuvieron implicados en guerras «sucias» contra rebeliones nacionalistas en sus colonias, con abundantes episodios de tortura y violación. Y desde los años sesenta surgieron nuevas organizaciones terroristas -anticolonialistas, neofascistas, izquierdistas o nacionalistas- que utilizaron la violencia de forma calculada y sistemática para conseguir cambios políticos o eliminar a sus enemigos, y amenazaron la capacidad de los Estados para proteger a sus ciudadanos[3].

En cualquier caso, el hecho de que cada vez estemos más informados sobre las diferentes formas de expresión de la violencia, no sólo física sino también económica, racial, religiosa, sexual, psicológica, moral, estructural o institucional, nos muestra y nos hace sentir que hay más violencia que antes y que aún queda mucho por hacer para humanizar la sociedad.

François Cusset es uno de los que contradice la idea de que cada vez hay menos violencia que antes. En su libro Le déchaînement du monde (El desencadenamiento del mundo) habla de las formas y lógicas cambiantes de la violencia, que es menos visible que en el pasado, pero más constante.

Es menos importante comparar o cuantificar que entender la nueva lógica de la irrupción: la violencia no ha retrocedido tanto como ha cambiado sus formas. No se ha detenido, sino que se ha prohibido, por un lado, y se ha sistematizado, por otro, dentro de las estructuras sociales y las disposiciones emocionales[4].

Para Simon Lemoine, «el mundo no se ha pacificado, como podría pensarse, a fuerza de progreso; al contrario, la violencia actual es tanto más eficaz cuanto que es en gran medida imperceptible… La micro violencia es polimorfa, se repite y se combina. Poco a poco nos moldea, rige nuestro comportamiento y enmarca los posibles discursos, actos y formas de ser[5]».

En cualquier caso, si se pregunta, la gran mayoría de la gente piensa que el mundo es más violento que antes, y este es un tema recurrente que preocupa a todos.

Lo anterior puede resultar pesimista y desalentador, ser visto como que no hay nada que hacer, que todo va de mal en peor en este planeta cada vez más violento. Sin embargo, la convicción que comparto con los miles de humanistas que actúan por un mundo mejor, sentando las bases de una futura nación humana universal, no va en esa dirección. Nuestra concepción del proceso de la humanidad es optimista y tenemos fe en su destino, pero sin ingenuidad; aún queda mucho por hacer para salir de la violencia.

Por tanto, la cuestión no es tanto si la violencia aumenta o disminuye, sino si la no-violencia crece. Diversos indicadores sociales muestran claramente que la no-violencia está creciendo y está cada vez más presente en la mente de la gente y en las formas de protesta; esto es notable y muy alentador.

La verdadera cuestión es cómo acelerar esta tendencia y actuar para inclinar la balanza a favor de una nueva cultura de la no-violencia.

La principal fuente de violencia en el mundo actual, la violencia económica, parece estar en su punto álgido. La legitimidad de la violencia se ha reforzado a lo largo del tiempo haciendo del dinero el principal, si no el único poder real en todo el planeta, muy por encima de cualquier otro valor, generando un mundo en el que la codicia ocupa todas las mentes. El dinero se ha convertido en el centro de gravedad de la humanidad, que se apoya así en un valor efímero que se encuentra en el origen de todos nuestros males. El mito del dinero se ha impuesto, permitiendo todo tipo de mistificaciones: «el mercado de armas garantiza la paz, la pobreza es inevitable, el dinero hace feliz a la gente…». Los cerebros del capitalismo inventan teorías que anuncian que la economía de mercado es un principio natural universal y sobre todo altamente moral. Las declaraciones más descabelladas se toman muy en serio, como la del antiguo y nada extrañado presidente Trump quien en 2020 pregonó: «El espacio no es patrimonio de la humanidad, nos lo vamos a apropiar».

He aquí la gran verdad universal: el dinero es todo. El dinero es gobierno, es ley, es poder. Es, básicamente, subsistencia. Pero, además es el Arte, es la Filosofía y es la Religión. Nada se hace sin dinero; nada se puede sin dinero. No hay relaciones personales sin dinero. No hay intimidad sin dinero y aun la soledad reposada depende del dinero. Pero la relación con esa verdad universal es contradictoria. Las mayorías no quieren este estado de cosas. Estamos pues, ante la tiranía del dinero. Una tiranía que no es abstracta porque tiene nombre, representantes, ejecutores y procedimientos indubitables[7].

La violencia económica es el caldo de cultivo de todas las demás formas de violencia. Contamina todos los ámbitos de la vida social. Además de la injusticia, la miseria y la violencia física que va generando subyace en la discriminación racial, consolida los poderes religiosos, acompaña a las monstruosidades sexuales, sirve de presión en las manipulaciones psicológicas, es directamente responsable de los daños medioambientales, corrompe a las instituciones y a sus representantes que llegan a legislar bajo la presión de los poderes financieros. La violencia económica no sólo se ha normalizado en la sociedad, sino que se ha trivializado, lo que contribuye a su aceptación.

El 22 de marzo de 2019, neuro-economistas de la Universidad de Zúrich publicaron el estudio «¿Moral o interés? ¿Cómo tomamos nuestras decisiones?» Sus conclusiones fueron claras: «La moral es lo primero… mientras no haya dinero de por medio[8]» .

En el siguiente capítulo veremos cómo entramos en el vórtice de la violencia, lo difícil que es salir de él, y como podemos hacerlo.

 

Notas

[1] Entre ellos, el sociólogo alemán Norber Elias, el historiador francés Robert Muchembled y la investigadora canadiense Jocelyn Coulon.

[2] Los ángeles que llevamos dentro, Ediciones Paidós, 2018, Steven Pinker, prominente psicólogo experimental americano, científico cognitivo y escritor popular.

[3] Una violencia indómita, el siglo XX europeo, Edición Crítica, 2020, p.17, Julián Casanova, historiador español, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor en la Central European University de Budapest.

[4] Le déchaînement du monde (El desenfreno del mundo), La découverte, 2018, p.15. François Cusset, historiador francés, profesor de la Universidad de París-Ouest Nanterre, autor de numerosos libros, entre ellos La Década (2006).

[5] Revue Neón, octubre-noviembre de 2018, Simon Lemoine, profesor de la Universidad de Poitiers e investigador del Laboratorio Alemán de Metafísica y Filosofía Práctica, autor de Micro-violencias, el régimen cotidiano del poder (Les Micro-Violences, le régime du pouvoir au quotidien), CNRS Éditions, 2017.

[6] Conviene precisar que denunciar la violencia es una de las formas de acción no-violenta.

[7] Sexta carta a mis amigos, Silo, León Alado Ediciones, 2019 (© 1993), p. 87.

[8] Neuroblog : https://neuro.santelog.com/2019/03/22/morale-ou-interet-comment-prenons-nous-nos-decisions/