Les transmitimos el estudio «Pistas para la no-violencia» realizado por Philippe Moal, en forma de 12 capítulos. El índice general es el siguiente:
1- ¿Hacia dónde vamos?
2- La difícil transición de la violencia a la no-violencia.
3- Prejuicios que perpetúan la violencia.
4- ¿Hay más o menos violencia que ayer?
5- Espirales de violencia
6- Desconexión, huida e hiper-conexión (a- Desconexión).
7- Desconexión, huida e hiper-conexión (b- La huida).
8- Desconexión, huida e hiper-conexión (c- Hiper-conexión).
9- El rechazo visceral a la violencia.
10- El papel decisivo de la conciencia.
11- Transformación o inmovilización.
12- Integrar y superar la dualidad, y Conclusión.

En el ensayo fechado en septiembre de 2021, el autor agradece: Gracias a su acertada visión del tema, Martine Sicard, Jean-Luc Guérard, Maria del Carmen Gómez Moreno y Alicia Barrachina me han prestado una preciosa ayuda en la realización de este trabajo, tanto en la precisión de los términos como en la de las ideas, y se lo agradezco calurosamente.

 

Aquí está el primer capítulo: ¿Hacia dónde vamos?

1 – ¿Hacia dónde vamos?

Esta producción incluye una serie de reflexiones relacionadas con el tema de la violencia, para proponer pistas que permitan orientarse hacia la no-violencia.

Me propongo comenzar ofreciendo un breve contexto de la crisis global que estamos viviendo hoy, basándome en las ideas de pensadores eméritos.

En una entrevista para la revista Les Raisons de l’Ire en 1997, el Premio Nobel de Química Ilya Prigogine dijo: «Las mutaciones siempre van precedidas de fluctuaciones que indican la complejidad de los fenómenos[1]». Dada la incesante complejidad del mundo actual y las fuertes fluctuaciones que lo sacuden, podemos pensar que la humanidad está en proceso de mutación. Pero las fluctuaciones no parecen haber terminado; el lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky dijo el 12 de septiembre de 2020: «El mundo se encuentra en el momento más peligroso de la historia de la humanidad debido a la crisis climática, la amenaza de una guerra nuclear y el aumento del autoritarismo[2]«.

El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, en su obra La violencia del mundo[3] escribió en 2003: «Estamos obligados a no seguir por el mismo camino y a imaginar un comienzo, pero la cuestión es saber cómo». En este libro, propone «dos principios de esperanza en la desesperación: la metamorfosis de la sociedad, tomando el ejemplo de la oruga que se transforma en mariposa autodestruyéndose a la vez que se construye en un nuevo ser»; y la aparición de lo improbable, como ya ha ocurrido en la historia refiriéndose a los acontecimientos que cambian el curso de la historia en una dirección favorable; y concluye con estas palabras: «Intentemos tener algo de fe en lo improbable, pero también intentemos actuar a su favor».

En 2006, Silo, pensador y escritor argentino, en una entrevista con el humanista colombiano Enrique Nassar, señalaba su preocupación por los cambios psicosociales: «Los comportamientos se pueden cambiar individualmente, pero a nivel colectivo, los sistemas de representación son demasiado variables… Sólo los mitos que traducen las señales de los espacios profundos del ser humano pueden producir cambios profundos”. En otra ocasión, al afirmar que se estaba formando un nuevo mito, señaló: «Los únicos mitos capaces de generar una mística son los mitos que traducen señales de los espacios profundos. Los mitos racionales pertenecen al espacio y tiempo del yo y no tienen como introducirse en los espacios místicos. Los mitos procedentes de los espacios profundos indudablemente influyen en la racionalidad, pero no sucede así, al contrario. No se puede llegar al corazón de la gente a partir de una doctrina social, pero se puede, desde un mito, llegar al corazón de la gente y desde el corazón de la gente llegar a lo social[4]”.

La dirección a tomar parece ser esta: buscar en nuestra más profunda interioridad las señales de los nuevos tiempos. No vemos, a los que hoy deciden nuestro destino, capaces de dar una orientación para avanzar hacia una mutación positiva y, sin embargo, a pesar de las convulsiones, sentimos que el mundo está cambiando favorablemente, ¡está en el aire! Estamos experimentando esta paradoja: vivimos en un mundo que está muriendo y naciendo a la vez.

En 2006, la doctora Olga Borisova dijo al final de su conferencia Violencia y tolerancia en el conflicto árabe-israelí: «Es ingenuo pensar que la existencia de más de doscientos estados es posible sin ningún conflicto; pero hay diferentes maneras de salir de los momentos críticos. Si cada uno de nosotros se esfuerza por establecer relaciones más tolerantes, en primer lugar, con nuestro entorno inmediato, es posible que también a nivel estatal se conviertan en un fenómeno frecuente los métodos más civilizados de resolución de conflictos[5].

Esta declaración nos remite a nosotros mismos, al papel y a la contribución que cada uno de nosotros puede hacer a la sociedad para ver surgir un mundo nuevo, que fue el tema del último simposio del Centro Mundial de Estudios Humanistas, celebrado en mayo de este año 2021.

Todos sentimos como la preocupante agitación del mundo actual y la crisis sanitaria del Covid-19, sumado a las demás perturbaciones, han provocado una onda expansiva que ha tenido impacto en todos los continentes y culturas. Ahora somos definitivamente conscientes de que como humanidad somos un solo cuerpo.

Muy pronto, los poderes fácticos, a través de los medios de comunicación oficiales, anunciaron en un tono que pretendía ser tranquilizador, que una vez erradicada la pandemia, las cosas volverían a la normalidad. Muchos empezaron a pensar: «¡Esperemos que no sea así!

El clamor sopló como una brisa de esperanza y los que detentan las riendas no tardaron en sentir que no había que dejar que el viento girara, que había que restablecer el orden y que había que recordar quienes son los que legítimamente deciden en este planeta. Al mismo tiempo, esta crisis sanitaria fue una ocasión que no dejaron pasar. Era una oportunidad para apretar un poco más las tuercas, para controlar más, para reprimir la más mínima rebelión incipiente, para limitar la peligrosa libertad sin abandonar el uso de todas las formas de violencia que son tan eficaces para vivir en paz.

Sin embargo, las preguntas surgen en cascada: ¿podemos seguir…, con la mascarada de la democracia actual…, con el infame desprecio a los derechos del niño, de la mujer y del hombre…, con la hipocresía institucional hacia los inmigrantes cuya tierra fue expoliada y que ahora son tratados como delincuentes (el mundo al revés)…, con la recurrente intolerancia de las religiones que desacreditan la verdadera investigación espiritual…, con la arrogancia de las multinacionales que saquean y sacrifican el planeta a los accionistas anónimos?…, por nombrar sólo algunos ejemplos.

El ser humano es pura intencionalidad y tiene el poder de preservar o destruir su propio hogar, la tierra. Si se trata mal a sí mismo y a su gente, trata mal el medio en el cual se desarrolla. Por lo tanto, es imperativo que todos cuidemos la dirección de nuestras acciones.

Dado que el destino del planeta está en nuestras manos, el ser humano debe convertirse en centro de gravedad con dos absolutos inminentes: 1) ser responsable con la naturaleza que le alberga, 2) aclarar la definición del humanismo, ya que diferentes corrientes se han apropiado del término y han puesto otros valores por encima del ser humano, desviando su definición etimológica.

El proyecto de erradicar la violencia sólo puede ser posible si el ser humano se convierte en el valor principal, alejándose al mismo tiempo del modelo arrogante del que hablaba Jean-Paul Sartre en su libro «El existencialismo es un humanismo[6]«, donde denunciaba el culto a la humanidad del positivismo de Auguste Comte, cuya búsqueda de la perfección del orden universal había conducido al fascismo. Sartre amplió el pensamiento de Husserl cuando éste desarrolló la cuestión de la intersubjetividad que lleva a ser consciente de la propia subjetividad y a respetar la de los demás. «Cuando defiendo un punto de vista con la certeza de que soy objetivo, la violencia no está lejos”.

El Nuevo Humanismo Universalista reivindica al ser humano como valor y preocupación central. A esta condición previa le suma: todos los seres humanos deben ser considerados iguales, las personas y las culturas deben ser reconocidas por su diversidad, el conocimiento debe ir más allá de lo que se acepta como verdad absoluta, cada uno debe ser libre de elegir sus ideas y creencias, todas las formas de violencia y discriminación deben ser rechazadas.

En este contexto, propongo aquí, modestamente, algunas pistas de reflexión como un primer paso hacia el cambio en dirección a la no-violencia. El objetivo de estas  notas descriptivas y sintéticas, a veces presentadas como hipótesis, están hechas con el objetivo de ser ampliadas, desarrolladas, discutidas, aclaradas, cuestionadas, gracias a la contribución de los más entendidos, así como de los más humildes, porque estos últimos tienen una gran experiencia en la materia y muchas aportaciones que hacer al conjunto.

 

Notas

[1]          Entrevista con Ilya Prigogine: Encuentro de dos culturas: la humanista y la científica, para la revista francesa Les Raisons de l’Ire, febrero de 1997.

[2]          New Statesman (revista política/cultural británica).

[3]         La violencia del mundo, Edgar Morin y Jean Baudrillard, Ediciones Paidós, 2004.

[4]         Conversación Silo-Enrique Nassar, Mendoza, Argentina, 26 de noviembre de 2006.

[5]         Violencia y tolerancia en el conflicto árabe-israelí, conferencia de la doctora Olga Borisova, Seminario científico, Centro Mundial de Estudios Humanistas, Moscú, 2006. Olga Borisova, Cátedra de Historia universal de la Universidad Rusa de la Amistad entre los Pueblos, Moscú.

[6]         Existencialismo es un humanismo, Jean-Paul Sartre, Editorial Edhasa, 1992 (© 1945).