Por Luciana Mignoli ¹ / Marcha

A raíz de la muerte de Osvaldo Bayer, se lanzó en forma espontánea una campaña en redes sociales para exigir que se impusiera su nombre a la calle Ramón Falcón. Ayer se presentó el proyecto en la Legislatura porteña y se están juntando firmas para impulsar el cambio. ¿Y qué pasa, por ejemplo, con las miles de escuelas que llevan nombres de genocidas de pueblos originarios?

Exigir que la calle Ramón Falcón pase a llamarse Osvaldo Bayer tiene que ser sólo un comienzo, no un final.

¿Por qué una escuela se puede llamar Roca, Rostagno o Victorica y no podría llamarse jamás Jorge Rafael Videla?

¿Por qué permitimos que dependencias públicas expongan cuadros que enaltecen las “Campañas al Desierto” y jamás permitiríamos que hagan lo mismo con la última dictadura cívico militar?

¿Por qué nos reconocimos en los ojos celestes de Santiago Maldonado, pero no tanto en los marrones de Rafael Nahuel?

No nos vamos a cansar de decirlo: hay que entender cómo nos cruza ese genocidio indígena que nunca fue reconocido por el Estado. Pero no sólo hay que preguntarle a las instituciones, hay que ponerle primera persona, hay que interpelarse individual y colectivamente. Porque hay racismos obscenos, pero también sutiles, casi imperceptibles, que en principio negamos tener. Y si nos rascamos un poquito, podemos reconocer que hay muertes y luchas que nos conmueven más que otras.

Y –aunque sea incómodo decirlo– hay que preguntarse por qué organismos y militantes de derechos humanos se movilizan mucho menos por un genocidio que por otro.

Repetimos una y otra vez: si el Estado y la sociedad no reconocen el genocidio indígena en el que se fundó esta Nación, si no podemos comprender por qué hay dolores y víctimas que nos afectan y comprometen más que otras, si no podemos mirar hacia atrás y hacia adentro para poder cambiar lo que sigue; no hay igualdad, diversidad, interculturalidad ni reparación histórica real posible.

Osvaldo fue (pucha, ¡cómo cuesta escribirlo en pasado!) una de las personas que más luchó para que se reconociera el genocidio contra los pueblos originarios.

Yo no quiero más genocidios de segunda.

No quiero genocidas en calles, escuelas, ni efemérides escolares.

Exijamos con la misma furiosa rebeldía memoria, verdad y justicia tanto para muertes no indígenas como indígenas.

Ponerle el cuerpo, palabra y acción. Todo junto. En todas las luchas. Como nos enseñó el viejo. Como nos sigue enseñando Norita.

Honremos estos ejemplos con más y más lucha.

Memoria, Verdad y Justicia para los Pueblos Originarios.


¹ Periodista, integrante de la Red de Investigadorxs en Genocidio y Política Indígena en Argentina

El artículo original se puede leer aquí