Según cuenta la cosmogonía wichí¹, las mujeres no nacieron de la Tierra como los hombres sino que, en los tiempos del monte joven, bajaban hacia ella por cuerdas de luz para recoger frutas y granos. Un día, los hombres de la tribu las descubrieron, cortaron las cuerdas y ellas jamás pudieron volver, aunque compartieron su sabiduría con el pueblo, y lo amaron como propio. En esa convivencia entre tensos equilibrios o fuerzas que se entrechocan, también viven las nepantleras², mujeres originarias mexicanas que se balancean entre bordes en estado de preguerra, mientras sus casas nunca están en lugares seguros. Como las personas queer o bisexuales que viven en el mundo heterosexual, o como las personas del campo que viven en las ciudades atrapadas entre las rajaduras del hogar y otras culturas. Así siguen viviendo las wichi y las nepantleras: entre grietas, en mundos que no son conocidos por el resto de las personas.

Siempre me pregunto: ¿cómo pasar del plano mágico al racional cuando habitamos ambos mundos? Ese recodo donde se entremezclan las sensaciones de dos universos paralelos: el de la inspiración, la creación y aquel propio de la vida cotidiana, concreta, palpable, donde a veces la pasamos tan mal. Es en ese lugar alegórico donde se produce el encuentro con mujeres poderosas que me ha llevado a pensar que puede desarrollarse un mundo sin violencia.

¿A quiénes llamo “mujeres poderosas”? Son aquellas que con sus palabras se introducen en mi cabeza, me ayudan a modificar pensamientos, creencias, y a descubrir mis compulsiones³. Me acompañan a mirar mi vida desde otro punto de vista, o a que mi corazón se ablande. Son las que le ponen magia, las que ayudan a abrir mundos con iniciativa, las que muchas veces me inspiran.

A ellas les puse sobrenombres. Cada uno se relaciona con los comentarios que me hicieron para que se me ampliara la conciencia. Lo hicieron sin darse cuenta del volcán interno que generaban en mí. Cada una de ellas tiene un atributo, una cualidad que a mí me lleva hacia cierto lugar donde puedo reírme y disfrutar con ellas.

Este mecanismo es el alma de la acción, la autenticidad, lo genuino, lo honesto con lo que estoy sintiendo y lo que me está pasando; con lo que hago, con lo que digo, con lo que pienso. Me permite ser sincera desde ese lugar para hacer más fácil la transformación de la violencia. Me permite reconocer las impresiones de sufrimiento en mi mundo, no solo las que he construido, sino también las que provienen de un determinado lugar de mi linaje.

Son ellas las que a lo largo de los años han tenido un fuerte impacto en mi conciencia, en mis transformaciones, en darme cuenta cuando soy yo y cuando soy la compulsión. Esa compulsión que me lleva a la violencia más descarnada (conmigo misma, en mi realidad interior o hacia el mundo que me rodea). Ese es el lugar donde se plasman las impresiones de la violencia histórica.

Algunas lo saben, otras no. No me animo ni a contarles porque son tan humildes que no lo creerían. Pueden estar cerca mío, o a veces no tanto. Las compañeras de luchas, mis profesoras, hijas, vecinas, también aquellas que no son amigas, que no piensan igual. Sin embargo, esas mismas mujeres se enjuagan en mis lágrimas, se entregan en sus comentarios a los míos.

Las mujeres activistas, las movilizadoras de espacios sociales e históricos, las que aportan con su acción para modificar desde nuestra cotidianidad hasta nuestras leyes; las que están atentas a cuando nuestros derechos son vulnerados. Así, también encuentro a las poderosas que leo. En ellas me he encontrado con mujeres que esclarecen, muestran caminos, describen lo naturalizado, dan ejemplos y cuentan la historia violenta construida.

En ellas hay un nuevo mundo que cada vez  siento más cerca y puedo enriquecer.

En el mundo racional, ejercen y ejercemos violencia hacia nosotras. Con ellas: las mujeres poderosas, podemos cruzar hacia otros espacios y allí todo se amplía, entramos en contacto con nuestras mejores cualidades y, en consecuencia, nuevas conciencias.

Yo, ahora, puedo agradecer a las palabras, voces, historias, cuentos de estas mujeres poderosas ya que, en ese contacto, desaparece la violencia.  No solamente la mía, sino la de todas, en conjunto. Las mujeres en mi vida son puentes que unen realidades y magias transformadoras.


¹ Me refiero a Octorina Zamora, considerada “Mujer Estrella”, Niyat, autoridad del pueblo wichi, quien fue una guerrera en defensa de sus hermanas y hermanos originarios sometidos a la discriminación, el saqueo y el genocidio criollo.
² Este fragmento está inspirado en el libro “Luz en lo Oscuro” de la escritora, poeta, activista lesbiana y chicana, Gloria E. Anzaldúa. (págs.127-131)
³ Me refiero a “compulsión” como un término que el Siloismo toma prestado de la psicología tradicional: persona que presenta una conducta adictiva u obsesiva, irresistible ante una determinada situación.