Este artículo forma parte de la serie «50 años después: ¡Viva la revolución de los claveles!», que Pressenza viene publicando desde mediados de marzo de 2024.

La «Revolución de los Claveles» de 1974-75 trajo la libertad a los portugueses tras 48 años de fascismo, y la independencia a las colonias portuguesas en África tras 500 años de dominio imperial.

En este enlace pueden leerse todos los artículos de esta serie publicados hasta la fecha (en portugués).


Foto do blog ttps://medium.com/@cmatosgomes46

Carlos Matos Gomes es uno de los militares e historiadores más respetados de la guerra colonial. Nació en 1946 en Ribatejo, Portugal. Su carrera militar comenzó en 1963. Sirvió durante la guerra colonial en Mozambique, Angola y Guinea, en las tropas especiales de los Comandos. En Guinea fue uno de los fundadores del Movimiento de los Capitanes y participó en la primera Comisión Coordinadora del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA). Militar en activo hasta 2003, actualmente es coronel en situación de reserva. Desde 1982 también desarrolló una carrera literaria bajo el seudónimo de Carlos Vale Ferraz. Matos Gomes escribe regularmente en este blog.

En la entrevista que concedió a Pressenza el 28/3/2024 a través de Zoom, aprecié su profundo conocimiento del 25 de Abril y de la Revolución de los Claveles, pero también la calma y la diplomacia con que aborda incluso los temas más difíciles y controvertidos.

El texto de la entrevista que se presenta a continuación, ha sido ligeramente recortado en algunas partes. La entrevista completa puede verse en el vídeo aquí, o al final de este artículo.


La cuestión colonial en el corazón del golpe militar del 25 de abril de 1974

Pressenza: —La cuestión colonial estuvo en el centro del golpe de Estado del 25 de abril de 1974 contra el régimen fascista de Portugal, porque los militares sabían mejor que nadie que no podían ganar las guerras contra los movimientos de liberación de Angola, Mozambique y Guinea-Bissau.

Entre nuestros lectores hay muchos humanistas y pacifistas. A finales de los años 60, yo mismo huí de Portugal como refractario, es decir como objetor de conciencia, porque me negué a unirme a las tropas portuguesas que defendían el colonialismo en África.

¿Cómo un militar como usted, coronel, que en aquella época luchaba en Guinea como capitán, «se pasó al campo contrario» de la noche a la mañana y pasó de defender el colonialismo a oponerse a él, habiendo ayudado a preparar y ejecutar el golpe del 25 de abril, y habiendo sido parte del MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas), que dio el golpe de Estado y dirigió el país durante varios años?

Matos Gomes: —Muchas gracias por la oportunidad de hablar sobre el 25 de abril y sobre las grandes transformaciones políticas, estratégicas y sociales en Portugal, pero que también tuvieron lugar en el mundo a raíz de este golpe de Estado de los capitanes portugueses. La cuestión colonial ha sido un tema central en la política portuguesa desde el siglo XIX, cuando se firmaron los Acuerdos de Colonización de la Conferencia de Berlín de 1884-85 [en la que se dividió el África entre las potencias europeas]. El colonialismo estuvo en el centro de la política europea desde entonces hasta la Segunda Guerra Mundial. La descolonización solo tuvo lugar tras la derrota de Europa en esa Guerra Mundial. Portugal era la única potencia colonial que no era al mismo tiempo una potencia industrial, por lo que utilizaba las colonias solo por su soberanía y sus valores de cambio, como «materia prima» en sus relaciones internacionales, especialmente en tiempos difíciles. Nuestro régimen sentía la necesidad de conservar las colonias pero, por otra parte, existía el derecho general de los pueblos —reconocido tras la Segunda Guerra Mundial— de elegir su propio destino. La toma de conciencia por parte de mi generación y de los capitanes de abril, fue un aprendizaje continuo que siguió de cerca la toma de conciencia de la sociedad en general. Más de un millón de jóvenes portugueses huyeron de la guerra colonial, y eso nos hizo reconocer su inutilidad.

—Esto muestra que las personas no son solo buenas o malas, sino que también aprenden. Pero este cambio de actitud de los militares de abril, ¿fue algo más racional, es decir, porque no creían poder ganar las guerras, o también emocional, porque decidieron solidarizarse con la causa de los movimientos de liberación que luchaban por la independencia?

— Fue sobre todo una toma de conciencia racional. Cuando los militares van a la guerra, toman sus decisiones racionalmente —la posición del régimen era irracional— y también fue racional la decisión de los Capitanes de Abril de derrocar al régimen y la preparación de ese derrocamiento.

—Pero, ¿también desde el comienzo pensaban los capitanes dar independencia a las colonias, o solo querían resolver el problema de la guerra, es decir, detener la guerra, conseguir algún tipo de compromiso?

—El movimiento militar que desencadenó el golpe no era un movimiento unitario en sus objetivos y acciones. Fue el resultado de la alianza de dos visiones distintas: por un lado, la del grupo que yo llamaría los «espinolistas» (en torno al general António Spínola y su libro «Portugal y el Futuro») que, sobre la cuestión colonial, tenían la visión de constituir una Comunidad de Estados de lengua portuguesa. Por otro lado, estaba la línea del Movimiento de los Capitanes, que pretendía integrar a Portugal en el movimiento descolonizador que ya habían realizado las demás potencias coloniales europeas, lo que implicaba claramente el reconocimiento de las independencias (el caso de Guinea, cuya independencia ya se había declarado en 1973) y la negociación de independencia con los movimientos guerrilleros armados que habían hecho la guerra en Angola (MPLA, FNLA, UNITA) y Mozambique (FRELIMO).

—Pero aun después de la declaración de independencia de Guinea-Bissau, usted (que entonces era todavía capitán y estaba destinado precisamente en Guinea) ¡siguió luchando para que los portugueses conservaran esa colonia!

—A esas alturas, las tropas de Guinea no luchaban para ganar la guerra, sino para no perderla. En otras palabras, para ganar tiempo de modo que los poderes políticos pudieran encontrar una solución a la guerra. Que una guerra así no se podía ganar ya formaba parte de la doctrina militar portuguesa. Según el manual sobre guerras subversivas basado en las experiencias de franceses y británicos, las guerras subversivas se definían como inminentemente políticas. Por eso, las acciones para resolverlas tenían que ser políticas. La ruptura entre los militares y el poder político portugués se produjo porque el poder político fue incapaz de encontrar soluciones.

—Entonces, ¿podría decirse que la independencia «prematura» de Guinea en 1973 precipitó, en cierto modo, el golpe de Estado del 25 de abril de 1974 en Portugal?

—La decisión política del PAIGC [Partido de Liberación de Guinea y Cabo Verde] de declarar la independencia, reforzó la posición militar que el PAIGC ya había impuesto en Guinea en 1973, tras haber atacado y ocupado dos guarniciones, una en el norte y otra en el sur del país. A partir de ahí (mayo de 1973), Portugal ya contaba cerca de 70 muertos solo en Guinea, una enormidad que nunca había ocurrido antes. Era una situación muy difícil de gestionar en términos de opinión pública. Por otro lado, tras esa declaración unilateral de independencia por parte del PAIGC, el nuevo país fue reconocido por cerca de 80 países de la comunidad internacional. Para los militares portugueses sobre el terreno, estábamos por tanto en una situación de «pre-derrota», y éramos vistos como fuerzas de ocupación de otro territorio. Evidentemente, esto creó una presión mucho mayor sobre los jóvenes capitanes para forzar una solución que el régimen era incapaz de encontrar.

Matos Gomes en Guinea-Bissau el 10 de junio de 1973 (izquierda. Foto del entrevistado.

La Revolución de los Claveles, por el pueblo, comenzó el mismo 25 de abril de 1974

—Hoy en día, el 25 de abril solo se celebra como la liberación del pueblo portugués del fascismo, y se omite su dimensión anticolonialista. ¡El 25 de abril fue una doble liberación! Y también se omite la dimensión genuinamente socialista de la Revolución de los Claveles, que tuvo lugar después y duró hasta el 25 de noviembre de 1975. Así pues, ¡hubo incluso una triple dimensión!

En pocas palabras, ¿qué fue para usted la Revolución de los Claveles en Portugal? ¿Fue lo que usted, coronel, todavía capitán en aquella época, llamó «descolonización interna», frente a la «descolonización externa» de las colonias?

—El 25 de abril tuvo este tema general de las tres D: «Descolonizar, Democratizar y Desarrollar».

La descolonización es fundamental, y está asociada al concepto general de Libertad. La libertad era esencial para que los pueblos de las colonias pudieran elegir su destino, y también era esencial para que los portugueses pudieran decidir un modelo de sociedad donde vivir mejor que antes, lo que está vinculado al Desarrollo.

El 25 de Abril surgió en un momento de la historia de Europa y del mundo en el que se estaba implantando el neoliberalismo, y por lo tanto fue totalmente «contracorriente» de las modas del «laissez-faire, laissez-passer», del individualismo, de la reducción del poder del Estado y también del papel del Estado en la sociedad. Y es este modelo el que está hoy en vigor y que es reproducido, proyectado y vendido por las grandes máquinas de producción de pensamiento. De manera que, hoy en día, el pensamiento único se centra en la cuestión de la libertad. El 25 de Abril tiene un papel decisivo en la cuestión de la dignidad tanto de los portugueses como de los pueblos africanos, pero también tiene el gran papel —muchas veces olvidado— de haber traido a Portugal a la modernidad. El fascismo, el salazarismo, era un régimen anodino, atrasado, casi medieval. Pero después del 25 de abril, los jóvenes portugueses empezaron a relacionarse con los jóvenes europeos, y los trabajadores portugueses con los trabajadores del resto de Europa. Así que el 25 de abril rompió con una tradición de 500 años en Portugal —la tradición de 500 años fuera de Europa— y reintrodujo a Portugal en Europa.

Y también tuvo otro papel importante, el de proporcionar la liberación de otras dos dictaduras que todavía existían: la dictadura española y la dictadura griega. Más tarde, también desempeñó un papel muy importante en la abolición del Apartheid en Sudáfrica. Y tuvo un papel único, que se silencia deliberadamente, que fue que las fuerzas armadas (uno de los aparatos de represión social más fuertes que existen), en un momento determinado de la historia, hayan pasado de la defensa de los grupos oligárquicos que dominaban desde siempre los Estados, a la defensa de los grupos populares. Nadie quiere hablar de eso.

—Eso fue algo único en la historia, ¿no?

¡Absolutamente!

La injerencia de las potencias extranjeras a partir del 11 de marzo de 1975

—La Revolución de los Claveles fue, en sí misma, una revolución pacífica. Me gusta subrayar esto, porque en Pressenza tenemos muchos pacifistas… En las revoluciones sucede muchas veces (en realidad casi siempre) que interfieran potencias extranjeras. ¿Qué puede decirnos concretamente sobre la intervención de los Estados Unidos de América, Alemania y la entonces Unión Soviética en este proceso revolucionario en Portugal?

Uno de los factores de éxito del golpe de Estado del 25 de abril fue el hecho de que —al contrario de lo que era habitual aquí en Portugal— se trató de un golpe de Estado exclusivamente militar, es decir, no hubo intervención de grupos civiles como había ocurrido con los intentos de golpe de Estado de Humberto Delgado u otros en Portugal después de la Segunda Guerra Mundial. El programa de acción fue definido en secreto por un grupo restringido de militares, y eso fue lo que permitió desencadenar la acción militar sin el conocimiento de los grupos políticos, y por tanto de las potencias extranjeras a las que estaban vinculados. Tuvimos una gran libertad de acción en los momentos iniciales del 25 de abril, hasta el 11 de marzo de 1975. Ese día se decidieron: la nacionalización de los bancos (que era una herejía en Europa, y por lo tanto se convirtió en inaceptable); y un intento de Reforma Agraria en un país cuya agricultura había quedado completamente arruinada. Y es en estas cosas donde Europa sintió la necesidad de intervenir, para cortar las posibilidades del llamado poder popular, de las organizaciones de base, ya fuera en las fábricas, en los campos o en las escuelas.

Estas presiones exteriores culminaron en la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE) celebrada en Helsinki en el verano de 1975. Ahí ya fueron las grandes potencias las que decidieron lo que sería la Revolución Portuguesa. Fue allí donde se creó un Grupo de Seguimiento de la Revolución Portuguesa, formado por Willy Brandt (Alemania), Giscard d’Estaing (Francia) y James Callaghan (Reino Unido), que representaban a las tres grandes potencias europeas, y de eso resulta también que el papel de la Inión Soviétic fuera negociado con el presidente Gerald Ford (EEUU). Todos acabaron diciendo más o menos: «Bueno, Portugal tiene que tener un modelo político idéntico al de los demás países europeos». Y fue esta recomposición la que tuvo lugar con el golpe del 25 de noviembre de 1975, una especie de forzarnos a ponernos un traje «a medida». Ese día, la situación se volvió a acomodar, como consecuencia de la intervención internacional.

—Así pues, ¡hubo una conspiración entre las potencias europeas y la Unión Soviética! Pero, ¿estaba realmente de acuerdo la Unión Soviética en que Portugal se integrara en la Europa occidental, capitalista y neoliberal?

—La Unión Soviética, como cualquier superpotencia, se regía por razones estratégicas, no por doctrinas. No es una cuestión de fe, ni de bondad o maldad; la política no es compatible con la moral. La Unión Soviética sabía claramente que Portugal era la frontera occidental de Europa, que era una base estadounidense. Y lo que se estaba negociando en 1975 era un Tratado de Cooperación y buenas relaciones entre los dos grandes bloques. Ni Estados Unidos ni la Unión Soviética querían arriesgarse a una crisis mundial por un país pequeño como Portugal. Por eso encontraron el 25 de noviembre un compromiso tipo «mantengamos una democracia burguesa y neoliberal en Portugal», no asustemos a España (que ya era una potencia mediana en Europa), y mantengamos a Portugal «bajo una campana» para evitar que el «virus» portugués se extienda a España y quizás al resto de Europa.

El coronel Matos Gomes durante su entrevista con Pressenza. Captura de pantalla.

El contragolpe (conspiración) del 25 de noviembre de 1975

—¡Entonces el golpe del 25 de noviembre, que representó por así decir «la contrarrevolución» que acabó con la Revolución de los Claveles, fue el resultado de una conspiración o complot internacional para definir el rumbo de Portugal! En consecuencia, no fueron los portugueses quienes decidieron su propio destino, ¿es cierto?

—Lo que ocurrió fue una combinación de esfuerzos entre las nuevas fuerzas políticas que se desarrollaron aquí en Portugal después del 25 de abril, y las fuerzas internacionales a las que estaban vinculadas. Esto está claro con relación al Partido Socialista de Mário Soares, el Partido Comunista, y a Freitas do Amaral y Sá Carneiro (vinculados a las Democracias Cristianas y a los partidos conservadores de Europa, de menor importancia en Portugal).

El gran esfuerzo realizado por todas estas fuerzas,a partir del verano de 1975, fue «partidizar» toda la representación política, es decir destruir todas las estructuras o posibilidades de representación popular directa y oficializar la representación exclusivamente a través de los partidos políticos, que son máquinas fácilmente controlables, mientras que los movimientos populares son más espontáneos y, por tanto, más imprevisibles. Y es esta combinación la que se mantiene hasta hoy: hasta la integración europea; la representación de Portugal en los grandes conflictos internacionales; la participación en las grandes organizaciones como las Naciones Unidas, la OTAN y, más tarde, la Unión Europea.

—Y el 25 de noviembre, ese golpe que se llevó a cabo para aislar a la extrema izquierda (a la izquierda del PCP, el Partido Comunista Portugués), ¿fue algo que se preparó, y no un golpe para abortar —como se dijo entonces— otro golpe que estaba preparando esa misma extrema izquierda para tomar totalmente el poder?

—Sabemos que en política no hay azar ni improvisación. El proceso que llevó al 25 de noviembre y las justificaciones que se dieron, son curiosamente las mismas justificaciones que siempre se dieron para las intervenciones de Occidente, en este caso EEUU, durante la Guerra Fría, que es tachar de «comunista» o de servir a los comunistas a todo aquel que no esté de acuerdo con la línea oficial, aunque esto fuera completamente falso. Así ocurrió, por ejemplo, con la República Dominicana, con los griegos vinculados a Yugoslavia, con líderes africanos como en el Congo que solo luchaban por la independencia y por ello fueron sustituidos, etc. El «cuco comunista» es una forma de propaganda que también se ha utilizado aquí en Portugal, y que no tiene nada de nuevo, pero una vez más funcionó en los grandes medios de comunicación, que son medios de manipulación y de formación de la opinión pública.

—Entonces ¿antes del 25 de noviembre, no había ningún golpe planeado por la extrema izquierda?

—No existía ningún mando o dirección, ningún plan, y menos aún un despliegue de tropas para llevar a cabo tal golpe. Fueron cosas que nunca existieron.

—Así que fue algo fabricado…

—… claramente fabricado, cuando el Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea en Portugal reunió todos los aviones de la Fuerza Aérea en una única base de la OTAN, en Cortegaça (Ovar), entre Aveiro y Oporto, y también cuando se contrataron tropas para los Comandos (antiguos combatientes de la guerra colonial, que fueron los que llevaron a cabo la parte más visible del 25 de noviembre).

—Esta táctica fue utilizada sistemáticamente en la época: hubo 3 situaciones similares durante el período revolucionario en las que la derecha —y en parte la extrema derecha— inventó un supuesto «golpe de Estado» planeado por la izquierda para intervenir militarmente contra la Revolución de los Claveles: fue el 28 de septiembre de 1974 (a través de Spínola), el 11 de marzo de 1975 (de nuevo a través de Spínola), y el 25 de noviembre de 1975 (a través del ala más moderada del MFA y de los políticos de la época con más conexiones internacionales). ¿No es verdad?

—Creo que ésta es la visión correcta del proceso político portugués del 25/4/74 al 25/11/75. A partir del 25 de noviembre, estamos integrados al ala más conservadora —o seguidista— de la política económica, financiera y social de Europa.

—¿Y quién organizó, en el verano caliente de 1975, los incendios provocados contra las sedes del PCP en todo el país?

—Las acciones de estos movimientos terroristas —como el MDLP (Movimiento Democrático de Liberación de Portugal)- sirvieron para desestabilizar un proceso. Internamente, contaron con el apoyo de la Iglesia Católica y de antiguos miembros colonialistas de la Unión Nacional (partido único en tiempos del fascismo), y también fueron derrotados el 25 de noviembre. Estos movimientos comenzaron a surgir a finales de septiembre de 1974, tras la dimisión de Spínola, y curiosamente contaron con la ayuda de las dictaduras de España y Brasil. Dentro del país, el apoyo ideológico, logístico y organizativo, vino de la Iglesia católica del norte del país y, en el plano financiero, de los grandes banqueros portugueses, en concreto António Champalimaud. El MDLP pretendía restaurar el colonialismo portugués y apoyar el apartheid en Sudáfrica.

Alternativas desperdiciadas

—Es una lástima que Portugal haya quedado limitado a esta alternativa europea. Porque hasta el 25 de abril de 1974, Portugal se centraba sobre todo en los Territorios de Ultramar, era un país marítimo. Seguía teniendo sus colonias, pero también Brasil, que era independiente desde hacía mucho tiempo. Con el 25 de abril, Portugal literalmente implosionó y entonces, en lugar de mantener o restablecer relaciones con las antiguas colonias para construir un espacio económico y cultural lusófono en todo el mundo, ¡acabó simplemente limitándose a entrar en este «asilo de ancianos» donde se refugian todas las antiguas potencias coloniales de Europa!

El miedo que las élites portuguesas tuvieron del mundo, que era fundamentalmente el miedo que estas élites tenían a los portugueses, hizo que buscaran ser los servidores de los grandes espacios, primero del espacio norteamericano y después del espacio europeo. Y eso hizo que el resto del mundo, que no está subordinado a ese orden, llegara a la conclusión de que Portugal ya no representaba nada específico, y por lo que dejaron de confiar en Portugal para sus políticas. ¿Por qué Angola o Brasil deberían tener una relación privilegiada con Portugal si nuestra política exterior es la de Estados Unidos, sobre todo en relación con los grandes conflictos?  Así fue en Serbia, Irak y Libia, así es en Ucrania y Gaza, y así es también en Mali, donde Portugal solo representa los intereses de Francia y de la Unión Europea. Todos estos países tienen líneas directas con los centros del mundo, ya sea en Washington o en Bruselas, y Portugal es un pequeño peón sin ningún valor especial en las relaciones internacionales. Suelo decir que en Portugal hay dos ministerios perfectamente prescindibles: el de Asuntos Exteriores y el de Defensa Nacional. Cualquier secretario podría resolver los asuntos por teléfono: ¡para asuntos de política exterior, diríjase a Estados Unidos o a Bruselas, y para asuntos de defensa, hagan el favor de dirigirse directamente al Cuartel General de la OTAN!

—El MAE decidió -¡conscientemente! – no perseguir, detener ni procesar a los jefes del antiguo Estado Novo fascista, prefiriendo enviarlos al exilio y guardar silencio sobre sus crímenes. Tampoco creamos nunca en Portugal una «Comisión de la Verdad y la Reconciliación», como hizo más tarde Sudáfrica tras la abolición del Apartheid… Esta falta de debate público sobre el pasado, esta falta de tratamiento de los traumas causados por el fascismo, ¿no habrá facilitado más tarde que la extrema derecha portuguesa se haya podido levantar de nuevo sin demasiadas dificultades, como ya hemos visto en las elecciones del mes pasado?

—Yo defendí que deberíamos haber procedido como lo hicimos. Porque no creo en los juicios de la Historia: el juicio de la Historia es siempre el juicio del vencedor sobre el vencido y no cambia nada, es decir, desprestigia siempre la justicia. Los juicios de Nuremberg no tuvieron ninguna relevancia en la posguerra; ni siquiera el juicio de los nazis por los judíos alteró en nada la estructura del pensamiento del Estado de Israel, ni disminuyó la violencia, como hemos visto. Hay algo en la naturaleza humana que hace que los grupos sociales actúen según sus intereses circunstanciales. La justicia es siempre circunstancial. Lo que deberemos hacer es estudiar las situaciones, pero de forma debidamente enmarcada y contextualizada. Y esto se hace a través de la educación y de cambios concretos de las políticas. Juzgar a los ex dirigentes sería algo muy emocionante y rentable para la comunicación social, pero no tendría ninguna eficacia salvo la de que, años después, esas personas seguirían presentándose como víctimas. Eso es lo que está ocurriendo ahora con estos movimientos populistas. Los movimientos populistas no surgen del hecho de que no entendamos lo que ocurrió en el nazismo: lo que está ocurriendo es una repetición de las condiciones para que ciertos grupos sociales entren en fases de desesperación e irracionalidad. Enfrentarse a estos nuevos movimientos es difícil, y la sociedad de los demócratas tiene que enfrentarse a ellos pero no con la idea de que surgen porque sus abuelos no fueron juzgados. (…) Afortunadamente, se publican muchas obras sobre los crímenes del pasado, pero desgraciadamente tienen muy pocos lectores, muy poca recepción: hay grupos sociales posteriores a nuestra generación que se han desconectado de la historia y viven su presente como si no hubiera habido pasado y tampoco futuro. Ésa es la cuestión que más me preocupa: lo repentino e inmediatista de la gente.

—Última pregunta: en 1975, poco antes de que las últimas colonias portuguesas declararan su independencia, hubo cerca de medio millón de «retornados» (personas principalmente de origen portugués) que volvieron a Portugal desde África, habiendo optado en aquel momento por mantener su nacionalidad portuguesa en lugar de adquirir una nueva nacionalidad africana. ¿Cómo influyeron más tarde estos retornados en la sociedad portuguesa, tanto positiva como negativamente?

—Algunos ni siquiera eran retornados, nunca habían estado antes en Portugal… Cuando empezó la guerra en Angola, solo había allí unos 80.000 colonos de origen portugués y unos 35.000 en Mozambique. Y solo durante la guerra aumentó significativamente el número de colonos, por lo que estos últimos eran en su mayoría de origen reciente y aún tenían raíces muy superficiales en aquellas tierras. Por eso, cuando regresaron a Portugal, trajeron consigo una experiencia de reinicio de sus vidas muy importante: volvieron para reproducir la experiencia que habían adquirido cuando fueron a las colonias. E introdujeron nuevos factores de dinamismo político y social, e incluso de comportamiento, aquí en Portugal.

Pero también hay otro aspecto importante, que es el del resentimiento: habían esperado reiniciar una vida mejor en las colonias y esa esperanza se truncó con la descolonización, por lo que tendieron a culpar al régimen (que había permitido la independencia) de sus pérdidas ideales y materiales. Por eso reaccionaron apoyando movimientos que de alguna manera estaban a favor del colonialismo. Sin embargo, creo que los fenómenos actuales de radicalismo de extrema derecha en Portugal no se basan en estos grupos, entre otras cosas porque han pasado una o dos generaciones. La generación de los retornados se ha integrado relativamente bien en la sociedad portuguesa.

El surgimiento y desarrollo de movimientos de extrema derecha en la actualidad se debe a la situación interna de Europa y también de Estados Unidos. Tiene que ver con el hecho de que no hay esperanza, ninguna utopía por la que merezca la pena luchar. La gente se encierra en sí misma y busca refugio en sus comunidades y en lo que mejor conoce, que es el conservadurismo: miedo al otro, miedo a la apertura, miedo al riesgo. ¡Digamos que son movimientos de «cobardía»!

—¡Muchas gracias, Coronel, por esta interesante entrevista!

—El placer ha sido mío.