El resultado del plebiscito fue inesperado. Pero, además, sorprendente, cuando hace menos de tres años el pueblo clamaba por cambios radicales en todas las calles del país. La rebelión del 18-O, el aplastante plebiscito de entrada con 78-22 y una elección de constituyentes, que instalaba en la Convención a quienes nunca habían estado en la escena política, parecía anunciar un nuevo Chile.

Parecía que los pobres, los marginados de siempre, las mujeres, los ambientalistas, las regiones y los pueblos originarios, al redactar una nueva Constitución, le entregarían a la sociedad chilena nuevas reglas de convivencia para terminar con las injusticias, los abusos y discriminaciones.

Se abriría así camino para derribar la muralla que divide las oportunidades entre ricos y pobres en la salud, educación, previsión, agua y vivienda. Y el término del Estado subsidiario generaría condiciones para contar con una economía diversa, que ofrecería más y mejores oportunidades de trabajo ya no sólo en la minería, la explotación forestal, la pesca y el sector informal, sino en la producción manufacturera.

No fue posible. Se impuso el Rechazo.

La nueva Constitución, redactada por personas distintas a los políticos tradicionales, respondía al espíritu transformador de las movilizaciones sociales. Probablemente, la inexperiencia de los constituyentes les impidió darse cuenta del inmenso poder de fuego del establishment oligárquico. La derecha, el poder empresarial y sus medios de comunicación, junto al centro político disfrazado de amarillo, atacaron, desde sus inicios, el trabajo de la Convención Constitucional. No podían aceptar el desafío a su poder político y riqueza.

La defensa de los 30 años de la transición y de la Constitución de Pinochet (aunque con cierto disimulo) se instalaron con fuerza. Los medios de comunicación de los grupos económicos atacaron sin compasión. También hubo maldad, argumentos arteros, que apuntaban a temas sensibles para el común de los mortales: la pérdida de las viviendas propias, el término de los derechos de herencia, entre otros.

El texto de la Constitución era bueno. Daba respuestas a las demandas ciudadanas que se iniciaron con las protestas del 18-O, aunque era injustificadamente extenso. Al mismo tiempo, el comportamiento de los convencionales, como los casos de Rojas Vade y de la Tía Pikachú, no era más escandaloso que los de Florcita Motuda, Pamela Jiles o el nuevo sheriff Rivas en el Congreso.

¿Por qué, se produce, entonces, un cambio tan abrupto en la ciudadanía, desde el plebiscito de entrada al de salida? ¿Cómo es posible que, a tan poco tiempo de la rebelión del 18/O, del plebiscito de entrada y de la elección de nuevos representantes del pueblo, la nueva Constitución se rechaza?

Existe una primera razón que explica el Rechazo y tiene que ver con el signo de los tiempos. El mundo que vivimos es líquido, como dice Zigmunt Bauman. La actual sociedad es volátil, sin valores sólidos, en que además se ha impuesto una vertiginosa rapidez, facilitada por las redes sociales. Lo sólido se desvanece en el aire, todo hace agua y nada es estable: ni las familias, ni los partidos políticos y tampoco la certidumbre en el trabajo. Lo que fue ayer ya no lo es hoy.

Todo cambia, pero no cambian las urgentes demandas sociales y sobre todo la exigencia de respuestas ahora. Y la Constitución no puede entregar soluciones inmediatas, pero al presidente Boric se le exigen respuestas inmediatas y la sociedad lo percibió asociado a la nueva propuesta constitucional.

En efecto, el gobierno de Boric presenta el mismo rechazo en las encuestas que el Rechazo a la nueva Constitución: el 62%. El gobierno ha dado interesantes señales transformadoras y de compromiso con los más pobres en sus primeros seis meses: eliminación del copago Fonasa, elevación sueldo mínimo, urgencia a ley de 40 horas, apoyo a la micropymes, entre otras. Sin embargo, la sociedad no está acostumbrada a la elevada inflación que ahora vivimos y el deterioro de las condiciones económicas está afectando a capas medias y sectores de bajos ingresos. Muchas familias tuvieron la esperanza de obtener un nuevo retiro del 10% de los fondos de las AFP y la responsabilidad de no obtenerlo se atribuye al gobierno; otras familias probablemente esperaban alguna medida concreta de compensación económica que los protegiera del alza de precios. No hubo nada de eso.

En consecuencia, el Rechazo tiene un alto componente de castigo al gobierno y, en primer lugar, por el aumento inflacionario, pero también por la delincuencia, el descontrol migratorio y la violencia en la Macrozona Sur. Estos tres factores son de larga data, pero la ciudadanía estima que el gobierno debe resolver aquí y ahora. Es el signo de los tiempos.

Hay algo adicional. Creo que el gobierno cometió el error de no entregar un paquete de propuestas legislativas al Congreso, sobre las principales demandas ciudadanas, en su primer día de mandato. Con la pelota en manos del Congreso a éste le correspondería responder a la ciudadanía sobre asuntos económicos y de seguridad, que afectan al país.

En segundo lugar, razón poderosa del Rechazo ha sido el voto obligatorio. Los que no votan voluntariamente son conservadores; les da lo mismo la política y lo que sucede con su vecino. Y, más aún, obligados a votar, rechazan los cambios. Se trata de más de 4 millones de votantes, los que en su gran mayoría optaron por Rechazo. Sin educación cívica en las escuelas y con el inmediatismo que rodea nuestras vidas no será tarea fácil explicar a esos nuevos votantes que la sociedad chilena requiere cambios indispensables, y que estos son favorables a sus intereses.

En tercer lugar, hay que reconocer que los amarillos de Warnken fueron capaces de aglutinar al centro político y los defensores del Apruebo no lograron separarlos. Ex dirigentes de la Concertación se comprometieron abiertamente con el Rechazo, como Walker, Rincón y Maldonado; pero, también, partidarios del gobierno, del “socialismo democrático” avalaron o callaron frente a estos cuestionadores e incluso atacaron directamente la propuesta de nueva Constitución y al gobierno, muy especialmente los senadores Espinoza, De Urresti y Castro. Adicionalmente, la amenaza de la Cámara de las Regiones golpeó fuerte en el Senado y, desde la UDI hasta el PS se pusieron de acuerdo para elegir presidente a Álvaro Elizalde, con el compromiso de defender “la institución”. Un manifiesto contubernio.

En cuarto lugar, y lo que ya no es novedad, la derrota de la nueva Constitución encuentra explicación en los medios de comunicación del gran empresariado. TV, radios, El Mercurio y La Tercera atacaron implacablemente, y muchas veces con mentiras, lo que calificaban como peligros de la nueva Constitución en temas de propiedad, herencia, vivienda, ruptura de la unidad nacional, inmigración venezolana e incluso símbolos patrios. Hicieron sentido al mundo popular. La conclusión es ineludible: si la izquierda no es capaz de reequilibrar el Poder mediático el destino de la democracia es oscuro.

Por cierto, las culpas propias de los representantes del Apruebo son ineludibles. Habida cuenta de los poderosos adversarios que enfrentaban, los constituyentes pudieron haber sido más moderados, en formas y contenidos, pero sin renunciar a la esencia de la propuesta constitucional. Desde luego el texto es demasiado largo y, a veces, difícil de entender.

Por su parte, el liderazgo del Apruebo se presentó dividido y siempre señalando que la propuesta de nueva Constitución puede mejorar. “Apruebo para mejorar” se fue instalando como la consigna principal, lo que de una u otra manera cuestionaba el trabajo de los constituyentes. A ello se agregó una mala franja, dividida entre las distintas fuerzas y, finalmente, la aprobación de los 4/7 en el Congreso, y con apoyo del gobierno, los que convencieron sobre la inevitabilidad del cambio en la NC y la debilitaron.

El mundo es líquido y todo cambia. Lo que sucedió hoy es probable que cambie mañana. Nada es sólido y, seguramente, los que protestaron ayer y votaron Rechazo hoy, es probable que volverán a protestar mañana. Lo único seguro es que vienen tiempos inciertos.