Cristián Warnken no se ha destacado por escribir libros. Ha sido más bien un promotor de literatura. Obtuvo precisamente un premio, con ese mismo nombre, de radio Cooperativa, gracias a “La belleza de pensar” y a sus interesantes comentarios sobre literatura en el diario El Mercurio. Y lo ha hecho bien. Pero parece que buscaba mayor fama, quizás como poeta o novelista. Pero no le dio resultados y optó por la política. Está intentando encontrar fama, junto a personas que ya hicieron lo suyo en la vida, y a quienes les disgusta el liderazgo de la nueva generación: son los complacientes con la Constitución de Pinochet y del modelo de abusos e injusticias que caracterizó a los 30 años de la Transición. Se dicen de “centroizquierda” y, ahora, se hacen llamar “amarillos”, gracias a la sugerencia de Warnken,

En su tarea política, el articulista de El Mercurio, a la cabeza de los amarillos, se ha convertido en un apasionado defensor del Rechazo a la nueva Constitución (NC). Como el mismo lo reconoció, la rechazó sin leerla. El hecho es que está muy enojado con la Nueva Constitución y, en una reciente columna (“Resistir o abdicar”, del 28 de julio) muestra su beligerancia: contra el gobierno, las instituciones estatales y, lo más grave, contra el propio pueblo chileno.

En esa columna acusa al gobierno de ser un monstruo poderoso, un Leviatán, repleto de dinero, que dedica ingentes recursos para impulsar una masiva propaganda electoral en favor del Apruebo. La pasión lo domina y lo hace caer en la exageración. Todos saben que el gobierno se encuentra limitado legal y presupuestariamente en su obligación de informar sobre el plebiscito del 4 septiembre y su tarea se limita a distribuir el texto de la nueva Constitución, para que la ciudadanía pueda tomar su decisión.

En realidad, el verdadero Leviatán está comprometido con el Rechazo. Ese monstruo de tres cabezas (empresarios, derecha y amarillos) es varias veces más poderoso que los defensores del Apruebo. De hecho, ha entregado aportes monetarios al Rechazo, que superan en 200 veces los recursos que aportan los defensores del Apruebo (La Tercera, 26 de julio), a los que se agrega una abrumadora presencia comunicacional. Y Warnken está con ellos.

Hay algo más grave en el comportamiento político de Warnken. Sostiene en ese desventurado artículo que chilenas y chilenos no tienen ni las herramientas ni los conocimientos para entender el texto de la nueva Constitución y, por tanto, no pueden descubrir sus errores y falencias. ¡Vaya argumento del promotor de libros!

¿Si el pueblo ciudadano, que es el Poder Constituyente Originario, no está preparado para comprender la Nueva Constitución y dirigir los destinos del país, quiénes son los que tienen ese talento? Warnken niega el derecho de nuestro pueblo a organizarse y a dirigir su propio destino y opta por la élite, por los que, él estima, que saben. ¿Será que Warnken desea un régimen político dirigido por una élite minoritaria, bien dotada intelectualmente, que se imponga a la mayoría, que califica de “ignorante”? El discurso de Warnken, en que descalifica al pueblo y que en los hechos defiende a las élites ilustradas, conduce al totalitarismo. Al régimen totalitario, descrito por Orwell en 1984.

Warnken se equivoca al ofender al pueblo. Aunque ese pueblo no ha leído al poeta Rilke, tuvo completa lucidez para rebelarse frente a las injusticias el 18-O y luego escribir, sin élites mediante, el magnífico texto de la nueva Constitución. Un texto que asegura derechos sociales fundamentales en el trabajo, salud, educación, previsión, vivienda y agua, cerrando puertas a que los ricos aumenten su riqueza gracias a la superexplotación del trabajo asalariado y a los negociados en los servicios sociales.

Warnken, al meterse en política, de la forma torpe que lo ha hecho, ha negado su propia profesión de promotor de la literatura. En efecto, su indignación llega al extremo de decir que la repartición del texto de la nueva Constitución por el gobierno no se justifica ya que la gente modesta e ignorante, que no lee, revende los libros en las ferias libres. Curiosa opinión para quien está llamado a promover la lectura.

Warnken ataca también a los funcionarios públicos. Saca una nueva carta de la manga para acusarlos, sin prueba alguna, que se dedican a difundir propaganda del Apruebo, lo que de pasada agrede la autoridad de la Contraloría. Pero, más grave aún: los minimiza y ofende, al decir que lo hacen por presión gubernamental y no por convicción.

Finalmente, el articulista devenido en político convoca, desde su tribuna de El Mercurio, a “resistir al miedo, al chantaje y la mentira” apelando al Rechazo. Comete una nueva ofensa, al comparar esta “resistencia” con la que desplegó el pueblo chileno contra la dictadura. Warnken no tiene derecho a descalificar el sacrificio y los dolores que sufrió el pueblo chileno en su lucha contra la dictadura y compararlo que un ejercicio plebiscitario normal en democracia.

Cristián Warnken se ha equivocado. La política le hace mal. No le dará fama y, por el contrario, le hará perder el prestigio que había ganado como promotor de literatura. Los amarillos serán su desgracia.