El título técnico de este artículo sería “los paisajes y sus puntos de vista”, pero eso es para una revista de psicología. Y lo que pretendo es aportar algunos recursos prácticos.

Antes que nada, no pretendo ni me arrogo ser vocero del Humanismo. Que sea humanista y trate de pensar según sus parámetros, no quiere decir que los resultados que arrojen esas elucubraciones sean o pretendan ser un canon humanista, doctrina en estado de pureza. Además, creo haber dejado claro en notas anteriores que, más bien, planteo los dilemas del pacifismo[1].

Ésta, que no es guerra, puede alegorizarse así: oigo que mi vecino está zurrando a su mujer (el Donbass, para el caso) de tal manera que unos policías que pasaban, se metieron en su casa a defenderla, y para eso, tiraron abajo la puerta. Entonces, me alío con los otros vecinos para gritarles que son unos animales, que no han respetado la propiedad privada y todas las cosas que se le ocurre a la gente bien pensante. ¿Se capta la idea? Sólo que en el caso de Ucrania, a la mujer la venían apaleando por años y la gente bien pensante subía la música para no oír. Y ahora se horrorizan de que alguien quiera terminar con una situación claramente reñida con el derecho internacional, en la que se han roto todas las normas y los acuerdos que tendían a buscar una solución. Vaya, que no se puede decir que los rusos no dialogaron. Pero las gentes bien pensantes son eso, pensantes, y por pensar, no ven, no oyen, no se enteran. Bueno, hablo de las gentes comunes, los otros, disimulan que no se enteran.

La alegoría de que los humanos somos racionales no es más que eso, una metáfora que constituye el mito que funda todo el aparato legal que monta el mundo que vivimos. Cinco generaciones de derechos humanos, cada vez más precisos, demuestran que se piensa, y mucho. El problema es que se miente mucho más de lo que se piensa. Y que los DDHH no son más que una justificación para su violación abierta por parte de Occidente, su más acérrimo “defensor”.

Así que el Occidente que hemos aprendido y que los medios nos inculcan a cada momento, es un aparato conceptual muy útil pero en desuso, de acuerdo al espíritu que pretendió animarlo. Por otro lado, se puede decir que la Filosofía que fundó ese aparato conceptual llegó a la máxima reducción del pensar con el perspectivismo de Ortega y Gasset, fundado en la fenomenología husserliana. Esto es, según donde uno “se pare”, será cómo ve la realidad.

Silo, en un reduccionismo extremo, afirmó que no hay punto de vista falso[2], considerando que cada individuo tiene un punto de vista necesariamente diferente porque está fundado en su experiencia personal. Desde el punto de vista humanista, esta concepción funda la inviolabilidad del individuo, por su unicidad y originalidad posibles.

Esa “consagración” del punto de vista individual, resulta de una experiencia inmediata, sujeta a las condiciones situacionales. Esta experiencia es ilógica porque no está fundada en razones, en cotejos relacionados con otras situaciones u otros momentos de proceso. Se trata de un punto de vista espontáneo, inmediato, que cualquier individuo tiene respecto de su situación momentánea, fundado en y determinado por lo que percibe. Sólo que no percibe limpiamente sino en base a sus creencias, a la visión que resulta de su experiencia y dicta su memoria.

De modo que esta percepción no es puro reflejo de lo que acontece, sino que lo que acontece se desarrolla según mi memoria de lo percibido, y si ningún recuerdo tengo, tengo un problema. Eso que veo, impacta mi sensibilidad según mi experiencia, en especial, mis creencias. Que no son las creencias que sostienen grandes ideas, sino las simples y cotidianas[3]: que mañana todo estará donde lo dejo al dormirme, que el bar seguirá en la misma esquina, que mis amigues seguirán vives. Porque creo en ello, lo real me impacta. Lo que reciben mis sentidos es estructurado por mi memoria, mi experiencia, y me hace sentir. Y todo eso es mi “percepción”. Si esto es fuerte cuando se trata de lo que sucede ahí, resulta mucho más fuerte, estoy más desprotegido cuando lo que pasa no ocurre “ahí” sino en una pantalla o en un texto escrito. Frente a la situación real tengo referencias que me separan de algún modo de mi vivencia, del sentirme tomado por la situación. Pero cuando la noticia viene como estímulo imaginario, no tengo defensas porque he ido construyendo la situación en mi paisaje, en mi cabeza. Siento igual que ante lo real pero, por lo general, más fuerte. Y pierdo pie, “me voy”, me toma eso que imagino. Mi cuerpo lo siente, mi corazón se altera y pide hacer algo. Esto es lo que sucede con las tragedias que me cuentan los medios de comunicación. Estoy indefenso ¿frente a la noticia? No. Estoy indefenso frente a lo que imagino de la noticia, frente a lo que me pasa adentro. Entonces ¿cómo me defiendo?

Puedo aflojar la tensión que me produce, de distintas maneras. Caminar fuerte tomando aire fresco es una buena manera de romper el “encanto” de la noticia. Esto es imprescindible si quiero emplazarme frente a lo que dicen que sucedió y tomar posición. Para eso, hay que enfriarse, detenerse a pensar. Hay que analizar. Primero, lo que me pasa, y después, lo que hace que me pase, o sea, los hechos que transmiten la noticia.

Inocencia e ingenuidad no son la misma cosa. Soy inocente cuando no he tenido experiencia. Cuando la tengo y pese a ello, creo a pies juntillas lo que me dicen, soy ingenuo. Y la ingenuidad suele llevar a respuestas rápidas, sin un análisis completo de situación. Veamos qué se podría hacer.

Silo también distinguió una experiencia mediata o relacional que funda un punto de vista lógico porque está sustentado en relaciones que se convierten en parámetros abstractos, conceptos generales respecto de las cosas que, en la dinámica individual, se apoyan en creencias, ya no individuales sino teóricas, de modo que son compartidas. Las lógicas, porque son varias, son en definitiva, creencias compartidas. Bien decía Ortega que la ciencia es fantasía[4].

Que el Sol da vueltas tipo elipse es una creencia científica, que tiene hechos que lo corroboran, mejor dicho, datos que dan cuenta de ellos. Lo mismo que las vueltas que da el planeta fundando los ciclos; los diarios, si es sobre sí mismo; los anuales, si es alrededor del Sol, etc. Sin embargo, podría no ser, que es una posibilidad también científicamente fundada. Hay leyes, creencias corroboradas por la experiencia, que estructuran este mundo y lo hacen predecible. Leyes elaboradas en base a relaciones entre hechos verificados, que convierten los elementos del mundo material en estructuras previsibles. Están fundadas en la experiencia inmediata, pero están construídas “de segunda mano”, no son percibidas. La experiencia de lo social nunca es de primera mano porque no puede serlo.

Por fin, Silo consagró el punto de vista global como el apropiado, porque está fundado en una experiencia que integra las distintas perspectivas posibles en lo perceptual (espacial) y los distintos momentos de proceso conocidos. Este tipo de experiencia no es espontánea sino construída con experiencia y trabajo, no brota de cualquier manera. Se sabe que un evento extra sistema solar podría alterar el curso del Sol y que uno extraplanetario podría alterar nuestro curso. Se trata de prever que además de las relaciones estructurales hay relaciones con el ámbito mayor que hay que prever. Y está también el proceso, que quizás es más simple de considerar. Desde una perspectiva clásica, todo tiene una causa, un momento antecedente; desde otra más moderna, todo tiene historia, proceso. Nada resulta de la nada sino de un complejo de factores que determinan el acontecimiento, una estructura causal.

Si tratamos de construir una imagen de este conflicto, indudablemente la impresión inicial será la aparente brutalidad y frialdad con que Rusia entró en Ucrania. Uno ve las fotos de las columnas entrando en Ucrania y se indigna. Y esa indignación borra las noticias previas, de los meses anteriores, cuando Rusia reclamaba en vano. Frente al hecho brutal, la sensibilidad se inflama porque uno, en definitiva, se siente atacado.

Pero esto tiene su historia y no lo repetiré aquí porque ya lo mencioné en mis dos primeras notas[5], que fueron disparadas gracias a la prensa: una foto trucada para impactar al lector, del edificio derrumbado (entonces el único y por error ucraniano). Empecé a estudiar las colecciones fotográficas y encontré que había 20 fotos de un mismo edificio, en lugar de fotos de otros edificios destruídos. Lo mismo con el sitio de Kiev, y encontré que, por entonces, no eran tantos los edificios afectados. Luego, los cadáveres de Bucha, que tenían algo raro: conozco el olor cadavérico y me llamó la atención que quien se inclinaba para recoger un cadáver no protegía su nariz, y luego otros detalles que se destacaron: la falta de sangre y moretones que delataban una posición distinta. Fue mi experiencia la que aportó datos para advertirme que lo que veía no era lo que parecía.

En la noticia hay un efecto de fascinación que impide advertir lo que ocurre: por un lado, la idea muy ideal del Estado nacional, que implica la inviolabilidad del territorio, e inmediatamente evoca las Naciones Unidas como pacto de no agresión. La idea del estado ucraniano independiente deslumbra porque identifico ya no a Ucrania sino a toda nación porque es la idea de “mi” nación, por tanto, eso que me muestran es mi mundo, mi país, mi ciudad, mi barrio. Resulta que, por proyección, los rusos se están abalanzando sobre mi casa. Esta ilusión proyectiva totalmente inadvertida, porque así es el mecanismo de la identificación, hace llamar “separatistas” a quienes simplemente se niegan a ser sometidos cultural y económicamente por el occidente ucraniano, que se siente europeo (parecería que la frontera euroasiática corre por el Dnieper). Pero la realidad histórica es que más de mil años hacen que Ucrania forme parte de Rusia. A Occidente le conviene olvidar ese milenio y aferrarse a las últimas tres décadas de independencia (de gozosa dominación occidental, diría más bien), desdibujando el último decenio (cuando menos) de cuestionamiento de esa integración independiente, por parte de casi el tercio del territorio (porque no sólo el Donbass es prorruso).

Otra ilusión proyectiva es la “declaración de independencia”, que me hace sentir la declaración de independencia de mi país, que es parte de mi historia, o sea de mí. De modo que quien se oponga a ella, quiere someter a mi pueblo y a mí. Sin embargo la declaración de independencia ucraniana no fue tal, sino una recomposición rápida cuando el derrumbe soviético, pero le sirve a la prensa occidental para fundar el relato anti-barbarie, metiendo bajo la alfombra a los verdaderos bárbaros. Hoy los medios alternativos (en Telegram Juan Sin Miedo; en la web, RT, pero sobre todo, por independientes (¿?), southfront.org, thesaker.com, Pepe Escobar y otros) se esfuerzan por mostrar la verdad sobre los batallones paramilitares como el Azov, tan impresentables para la prensa occidental que tienen que disimularlos. Los neonazis son el ariete contra Rusia que EEUU utiliza con sus ¿socios? europeos.

Son juegos de sombras y luces que la productora de Zelenski aprovecha cuanto puede. Pero esas ilusiones se desvanecen cuando se ponen los hechos en contexto, cuando se buscan otros hechos, indiscutibles por históricos y reconocidos, como la participación de los colaboracionistas ucranianos en las masacres de Polonia; la protección de su líder, Stepan Bandera, en la posguerra y su posterior canonización como héroe de la patria. No me parece arriesgado decir que no es poca la adhesión de cierta masa popular ucraniana al ideario “nacionalista”.

Pero ¿qué es lo que sucede con el Occidente mejor pensante? (digo, mejor que la élite occidental bien pensante). Ese que reniega de la OTAN, del armamentismo y protesta en manifestaciones contra la “invasión” rusa. Tienen razón en lo perceptual, en la brutalidad de las imágenes de acciones militares. Primariamente, la simple violación de la vida va en contra de la sensibilidad humana. Y eso encandila. Proyectivamente es mi vida la violada y el choque sensible impide relacionar, incluso ponerse en el lugar del otro para comprender su acción. Si es brutal su acción, es bruto. Entonces, las fotos que muestran cadáveres y destrucción, encienden la emoción y despiertan un rechazo que mueve a manifestarse en contra. Es una cuestión de intensidad sensible. El dolor es tan fuerte que impide relacionar, proporcionar, razonar[6]. Impide pensar porqué, estando tan cerca, no eligieron hacer la guerra (ya que la tildan de guerra) de modo convencional. Ahorrando combustible podrían haber lanzado una cortina de misiles (que se ve no les escasean), sobre Kiev, Kharkov, Mariupol y las ciudades que les interesara inutilizar, ya que de hecho se los acusa de destruir por destruir. Habrían ahorrado la sangre de miles de soldados rusos, inmolados en un avance cuidadoso de justamente eso de que se los acusa: destrucción.

Las fotos de los primeros quince días mostraron apenas un par de edificios destruídos en Kiev. Lo que vino después, la notable destrucción de equipos rusos y la muerte de sus soldados, sigue destacando que no hubo voluntad de destrucción. En cambio los ucranianos, hasta el New York Times no tuvo más remedio que publicar algún video de su brutalidad con los prisioneros, y en los medios alternativos, hay decenas de videos. Pueden haber habido desmanes de los rusos, seguro que pueden haberse desbordado, pero habrá que probarlo.

Relaciones, relaciones. No fueron los rusos los que arrasaron las ciudades alemanas y japonesas o, más tarde, yugoslavas, con el bombardeo sistemático, y tampoco ahora. Los mejor pensantes no advierten que se eligió cómo y con qué atacar. Sin embargo, se atreven ellos, los bombarderos, a acusar de genocidio a los rusos. Y proveyendo armas no hacen más que provocar el endurecimiento de la posición rusa.

Tampoco se lee lo que significan 26 (o 30) laboratorios biológicos de experimentación militar, patrocinados por el Pentágono y para nada disimulados, porque fueron reconocidos. Parece que la investigación de armas biológicas podría frenarse ¿con qué?, ¿un amparo judicial?, ¿varias manifestaciones?, ¿denunciándolos a qué policía? Si ni siquiera se conocía su existencia. No parece que hubiera otro modo que caerles con una operación policial militar. Retomando la metáfora inicial, la víctima no sería la mujer del vecino sino que potencialmente lo somos todos los habitantes de este planeta, si no es que lo hemos sido y estamos siendo, con esta pandemia.

No se piensa tampoco en qué habría pasado si prosperaban las maniobras de la OTAN en suelo ucraniano y “por un error” se les escapaba un misil sobre Moscú. ¿O es que las muertes rusas que podrían haber ocurrido por la “guerra santa” habrían estado justificadas?

Por fin, la máscara: la referencia a la era soviética es constante para revivir el imaginario de la Guerra Fría como justificativo. Sólo que hoy Rusia es un país capitalista más, como los de la OTAN. Nada justifica que sea un peligro como para que la hayan cercado.

La sensibilidad define lo humano en la experiencia inmediata, en el encuentro individual. Pero en lo que hace a cuestiones mayores, sociales o de conjunto, es la capacidad de razonar la que hay que poner en práctica, porque es lo que permite elevarnos por sobre el momento, superar el choque emotivo y ver. Sobre todo, ver en proceso, lo que precedió y lo que podría haber sucedido si las cosas seguían como venían.

La razón es proporción. Es encuadrar lo que se estudia con relación a otros fenómenos, otros niveles de fenómeno y otros momentos del fenómeno y del proceso mayor en que está inserto.

El problema, entonces, es ver, buscar la información adecuada. Más ahora que las voces del otro lado han sido silenciadas, así que nos quedamos con lo que nuestros medios habituales de información ofrecen. Y resulta que hasta los progresistas están contaminados por la visión mediática occidental, la que dicta la OTAN. O sea, terminamos creyendo en la realidad que nos pintan, que siempre nos han pintado, porque quienes manejan el complejo mediático son los mismos que detentan el complejo militar-industrial.

Es en este juego de ilusiones donde tenemos que aprender a leer lo que nos muestran las fotos, la información que nos han dado: cómo un actor como Zelenski llegó al poder, cómo Trump lo amonestó por la corrupción y reclamó por el hijo de Biden, cómo fue que apareció en los Panama Papers. Es paradigma de la nueva dirigencia europea que más parece una troupe sometida a un guión, del que no son autores. Triste resulta el caso europeo respecto de los EEUU (y recuerdo el videíto de Biden retándolos cuando todavía tenía voz).

Éstas no son relaciones prolijas, según el canon que comenté al comienzo, sino relaciones espontáneas, asociaciones dirigidas con los datos que están ahí, publicados. Si no, tendría que mencionar el nuevo concepto de multipolaridad, la compleja situación económica internacional y de ambos contendientes y tantos otros datos. En fin, quise aportar recursos para un lector simple y cotidiano, que es lo que medianamente soy.

La realidad que nos muestran no sólo está digitada sino que está condimentada para impactar nuestra sensibilidad. Vivimos este mundo desde nuestro metro cuadrado y desde el llano queremos dictar nuestra voluntad a los poderosos sin advertir que somos hormigas desperdigadas.

Quizás nuestra posibilidad de sobrevivir como humanidad, dependa de que aprendamos de las hormigas que, como especie viva, han dado muchísimas más vueltas, no al Sol, sino con él.

[1] Mis anteriores: https://www.pressenza.com/es/2022/03/en-ucrania-no-hay-guerra-la-mirada-ingenua-del-pacifismo/; https://www.pressenza.com/es/2022/03/una-guerra-puede-ser-noviolenta/; la tercera trae en citas las fuentes alternativas: https://www.pressenza.com/es/2022/04/occidente-al-desnudo-la-tercera-guerra-ya-habia-comenzado-y-no-lo-vimos/

[2] El planteo teórico corresponde a “Temas de aproximación” en “Silo, sobre el pensar y el método”, www.parquelareja.com/centrodeestudios/producciones/aportes.

[3] Hay que releer a Ortega, sus “Ideas y creencias”.

[4] En su “Prólogo para alemanes”.

[5] Ver nota 1.

[6] Decía William James en “La voluntad de creer” que la razón es sentido de proporción; Silo también, en algún lado.