Fotografía de la piedra original en Delfos que contiene el primero de los dos himnos a Apolo. Aparecen los símbolos de una notación musical por encima de la línea del texto griego.

 

La tentativa de anticiparse al futuro ha sido siempre cautivadora para los humanos, civilizaciones enteras han estado en vilo pendientes del susurro de un chamán. Desde los más remotos orígenes de la mitología los extáticos, inspirados o poseídos por Apolo eran conocidos por sus poderes oraculares. En Delfos, la sacerdotisa Pitia inhalaba un vapor tóxico que salía de una grieta en la roca, además de practicar otras técnicas de éxtasis, como el ayuno y masticar laurel. Sus sacerdotes se ocupaban de proporcionar una transcripción de sus palabras, aunque en general resultaba igualmente enigmática. Había en juego cuestiones de estado de vital importancia, campañas militares, etc. La tradición se conservó durante más de 1000 años y Delfos fue considerado el centro del mundo en la Grecia clásica.

 

Ante mis ojos estaba aquel imponente Tesla Model X. Pensé: ¿qué quiere producir? otorgando – ya en mi divagación– voluntadal ente. Allí estaba como caído del espacio, definiendo su entorno para algunos o fuera de lugar para otros. Pero lo evidente era su capacidad de producir emociones, de rechazo, de anhelo…

Sin duda las máquinas despertaban fascinación, un coche no era sólo un vehículo y así con todo lo demás, configurando un paisaje externo e interno que define un momento psicosocial.

La comunicación no-virtual en la práctica comenzó a carecer de sentido. La tecnología virtual se apropió de nuestra identidad y de nuestro tiempo. Todo debía quedar registrado y almacenado, al alcance de un click o más bien muchos… Infinidad de simples clicks para hacer tu vida fácil y saludable. Nuestros hobbies, estudios, profesiones, economía, salud o religión pasaron a ser perfiles online ¡Cómo vivir sin paswords y apps!. Y con ello nuestras emociones y hasta la política y las guerras –preventivas, humanitarias, quirúrgicas – dependían de lo programado en una máquina que prácticamente iba sola.

Los escenarios de ciencia ficción se manifestaron en el tiempo presente, convirtiendo en obsoleto el antiguo fantaseo futurista literario.

Precisamente, la dificultad para construir futuribles fue la de poder sustraerse del arrastre del presente. Encontramos varios ejemplos en tiempos del racionalismo.

En el siglo XIX los europeos observaron con preocupación cómo las calles de las ciudades en crecimiento se cubrían con estiércol de caballo y muchos científicos vieron en esta tendencia el principal problema del futuro próximo. Herbert Wells escribió que, en cincuenta años más, las calles de Londres se hundirían en estiércol “hasta el segundo piso” de los edificios. Y el experimentado Dmitri Mendeleiev consideró la posibilidad de utilizar el estiércol a escala industrial. A esa altura ya existían las locomotoras e incluso se había inventado el carro impulsado a vapor, pero éste último era demasiado torpe y no podía (como, por supuesto, tampoco la locomotora) competir con el transporte animal en las calles de la ciudad. Y luego aparecieron en las calles los automóviles y, en lugar del exceso de estiércol, se volvió imprescindible ocuparse del acondicionamiento de los caminos, resolver el problema de la emanación de gases y otros problemas completamente nuevos.[1]

A finales del s. XIX el novelista inglés Samuel Butler escribió “Las máquinas evolucionan y se reproducen a velocidad prodigiosa. Si no les declaramos la guerra a muerte será demasiado tarde para resistirse a su dominio”.

Otros proclamaron ¡el fin de la historia! en alusión a la caída de la URSS y el triunfo definitivo de las democracias liberales.

Actualmente las cosas no son tan distintas, aunque se trate de estudios fetiche a cargo de modernas organizaciones filantrópicas supuestamente independientes, que de tanto en tanto erran en sus predicciones.

Obviamente, la deformación de la mirada teñida por el presente ocurre también respecto a los hechos pasados. En el cine encontramos una graciosa caricatura de este fenómeno.

Primero fue la parodia de Buster Keaton “Tres edades” de 1923, después, especialmente en los años 60, la industria cinematográfica alcanzó el zenit del absurdo con películas como “Hace un millón de años”. Qué los dinosaurios se hubieran extinguido 65 millones de años atrás era un detalle menor frente a la lindeza de nuestros antepasados representados por la sex symbol del momento Raquel Welch. Más de lo mismo con Kirk Douglas en “Espartaco”, o Elizabeth Taylor en “Cleopatra”.

El asunto dejó de ser una inocente cuestión justificada en la ligereza del séptimo arte para convertirse de inmediato en un buen instrumento, con una narrativa subvertida de la realidad. Para toda una clase social que sólo disponía de tiempo para el trabajo y para el ocio, el cine se convirtió en una fuente de información histórica fidedigna, a la que ahora se le han sumado las series.

Caemos en cuenta de que el problema de la mirada está en todas partes. Ocurrió también en los ámbitos académicos, para la desgracia de generaciones de alumnos que fuimos mal educados. La cuestión conceptual del tiempo y de cómo lo experimentamos ha sido un tema apasionante de la filosofía que no se vio proyectado en las aulas. Y el resultado de todo ello salta a la vista cuando vemos a personajes esperpénticos convertidos en gobernantes, promovidos por el temor, la ignorancia o el conformismo de un gran número de votantes.

¿Cómo proyectarnos en el tiempo si nuestro presente resulta tan determinante para mirar hacia atrás o hacia adelante?

En el libro “Contribuciones al pensamiento” de Silo, se halla descrita una fundamentación del problema del paisaje referido siempre a situaciones que implican hechos ponderados por la mirada del observador.[2]

Extraemos del aporte de Silo la toma de conciencia sobre la dificultad, lo cual ya es un primer paso y, un segundo paso, establecer un método. Estudiosos de procesos históricos agudizaron entonces su capacidad para abstraerse del presente y proyectaron una lógica integral en la observación de la historia, la prehistoria y los antecedentes cosmológicos.

Así el planteamiento de la mega-historia estableció líneas de pensamiento más afinadas respecto a los tiempos anteriores, siendo cuidadosos en la forma de observar. Se fue conformando una mirada procesal, capaz de traducir la esencia de eso que llamamos evolución en sentido amplio, en contraste con el punto de vista reflejo del instante. A partir de ahí se abre la puerta para una toma de conciencia sobre el ser humano, su libertad y su responsabilidad en el momento presente.

Surgió una inquietante conclusión: llegaríamos a una situación crítica al traspasar la toma de decisiones a las máquinas. Éstas, capaces de almacenar toda la información del planeta la procesarían rápidamente, controlarían el tráfico, las fronteras, los mercados, las comunicaciones… Podrían inducir una crisis o decretar el lanzamiento de un misil o de nanobacterias atacantes. Ninguna ética, ni intuición súbita influiría en sus algoritmos.

El Nuevo Humanismo apostó por desenlaces más positivos, comprendiendo que esta forma de mirar se parecía a aquellos viejos augurios del racionalismo del siglo XIX. Ya advirtió Prigogine que no había una razón completa en los procesos únicamente termodinámicos (nos referimos a ello en el tercer artículo de esta serie).

Tal vez las máquinas sean unas buenas cómplices para el ser humano ¿Por qué imaginarlo en negativo? De hecho, el ser humano es en esencia instrumental, cuyo designio trasciende a su cuerpo desde el instante más temprano de su evolución.

Habiendo   comprendido   cómo   es   la   estructural   constitución   de   la   vida humana   y   cómo   la   temporalidad   y   la   espacialidad   son   en   esa   constitución, estamos   en condiciones   de   saber   cómo   actuar   hacia   el   futuro   saliendo   de   un “natural” ser-arrojado-al-mundo, saliendo de una pre-historia del ser natural y generando intencionalmente una historia mundial, en tanto el mundo se va convirtiendo en prótesis de la sociedad humana.[3]

Llegamos a un momento histórico singular en el que las tres posibilidades del tiempo se sintetizan en el ahora en cuanto a toma de conciencia. No contamos con Pítia para que nos lance señales de cómo seguir adelante, pero contamos con la posibilidad de una experiencia de registro del tiempo sintetizado.

Los tiempos de la conciencia son pasado, presente y futuro. Existen gracias a la memoria, de otro modo sería un presente plano sin recuerdo ni futuro. Pero a través de una determinada experiencia profunda sería posible romper con el encadenamiento de la conciencia misma. [4] Este hecho singular, desde los tiempos más remotos ha dado origen a un salto evolutivo, precisamente en momentos en que la cultura sufre un proceso de desestructuración acelerada.

[1] Akop Nazaretián. “Futuro No-Lineal”. Ed.Suma Qamaña. Buenos Aires, 2016. Pág. 12

[2] La configuración de cualquier situación se efectúa por representación de hechos pasados y de hechos más o menos posibles a futuro de suerte que, cotejados con los fenómenos actuales, permiten estructurar lo que se da en llamar la “situación presente”. Este inevitable proceso de representación frente a los hechos hace que estos, en ningún caso, puedan tener en sí la estructura que se les atribuye. Silo. Obras Completas vol.1. Contribuciones al pensamiento, pág. 289

[3] Silo. Obras Completas vol.1. Contribuciones al pensamiento, pág. 292

[4] En el florecimiento de las civilizaciones se alude a este tipo de experiencias, que aparecen descritas en poemas, himnos o canciones, en estilo alegórico. Hay quienes se refieren en singular al fenómeno, considerando que se trata cualitativamente de una misma experiencia que sucede en diferentes culturas y momentos históricos.

Máquinas del tiempo I

Máquinas del tiempo II: Bajo los astros

Máquinas del tiempo III: La incertidumbre

Máquinas del tiempo V: La cosmovisión definitiva

Máquinas del tiempo VI: Singularidad

Máquinas del tiempo VII: En movimiento