El día después de mañana

31.03.2020 - Ciudad de Buenos Aires, Argentina - Redacción Argentina

El día después de mañana
(Imagen de Owensart/pixabay)

A esta altura de la pandemia creo que no es necesario argumentar ni discutir algunas cuestiones. Está bastante claro, entiendo, que lo que veníamos muchos proponiendo que sea necesariamente público por su valor estratégico social (y nacional), debe ser público.

por Martín Ruano

Lo que debería pasar

Para ser muy concretos, cualquier país que quiera ser medianamente soberano debe estatizar de manera integral los sistemas de salud. Previo a la pandemia había síntomas importantes que demostraban que la mercantilización de la salud solo llevaba a lo que los economistas llaman “externalidades”, pero que podemos traducir con facilidad: Cirugías falsas o innecesarias, medicación falsificada, medicalización solo para cumplir las cuotas con las  farmacéuticas, horarios de trabajo de médicos y enfermeros inhumanos, tratamientos extendidos o acortados artificialmente, etc, etc, etc.

El mercado de la salud se va pareciendo así más a una carnicería que a un servicio esencial. La salud pública se destruye solo como asistencia de los sistemas privados y de las clases que son incapaces de acceder a una “mejor salud” (sí, las comillas obedecen a las externalidades…). Cuento corto, la salud es un servicio público al que deben tener acceso igual todos los habitantes del país. Todo lo que la deforme llevándola al sistema privado solo destruye su fin y su esencia: los pudientes pagarán incluso con enfermedades que no sufren, o con el liso y llano despedazamiento innecesario de sus cuerpos, los no pudientes quizás con su vida. No puede haber país soberano con esas contradicciones.

Lo mismo sucede con la estructura esencial del país, comunicación, energía, industrias básicas deben ser nacionales porque no pueden depender de la disponibilidad o buen tino de los imperios extranjeros. Al fin de cuentas, en situaciones especiales, incluso antes de la pandemia, o te repatría Aerolíneas Argentinas o no te trae nadie. O tenemos un buen sistema de transporte para comerciar y fomentar un mercado fuerte en este vasto país, o no tenemos vías suficientes para poder llevar de forma efectiva medicación y tests para enfrentar entre todos las pandemias que surjan.

El sistema educativo tampoco puede caer en manos privadas. En los principales países del mundo, incluyendo a los Estados Unidos claro, los principales avances científicos son realizados por investigaciones del estado. En el mejor de los casos la adaptación al uso del mercado queda para los privados. La independencia operativa de una nación en un período de fuertes roces entre las potencias mundiales requiere sin duda una población educada en general, con tantos científicos y profesionales como se pueda. Además, a esta altura es una verdad de perogrullo que mucho de lo que puede desarrollar a una nación va de la mano de las ciencias aplicadas y del desarrollo científico.

No hay, entonces, más discusión racional que pueda sostenerse entre estado grande y estado liberal. Lo que necesita es un estado fuerte, robusto, operativo y potente. Un estado que cobre fuertes y progresivos impuestos, excesivamente punitorio con corruptos, que impulse al mismo tiempo la actividad privada para generar mercado en todo lo que sí puede serlo.

Señálese que ni siquiera estamos pidiendo igualdad y socialismo. Estamos diciendo que se hace evidente que en el medio del mundo que viene de fuertes roces entre potencias quien no tenga la estructura nacional para sustentarse deberá conformarse con las sobras de los de arriba. No estamos pidiendo la extinción de la propiedad privada, estamos señalando la necesidad de que el sector privado explote todo aquello que el estado le puede dar para mejorar el mercado interno y la posición relativa de Argentina en el mundo. Estamos pidiendo en concreto un estado capitalista, puramente capitalista. Con un capitalismo competitivo y medianamente independiente políticamente hablando, o sea con una estrategia propia.

Lo que posiblemente pase

«Hay una guerra de clases, de acuerdo,

pero es la mía, la de los ricos,

la que está haciendo esa guerra,

y vamos ganando»

Warren Buffett

 

Por desgracia si hay algo que no abunda en nuestro país es una clase dirigente (me refiero a los grupos económicos más poderosos) que tenga una visión capitalista independiente. Creen que les alcanza con ser los obsecuentes de los que mandan y que con ello todo irá suficientemente bien para mantener lo que la esposa de Sebastián Piñera definió perfectamente como sus privilegios.

Ya en 2005, cuando lograron darle a Aníbal Ibarra un golpe de estado institucional de forma exprés (para la época), en un distrito importante del continente, los sectores dominantes (ahora me refiero a los dominantes en serio) anotaron la enseñanza. Nosotros no. Sucedieron así golpes institucionales cada vez más veloces e inverosímiles: Honduras, Paraguay, hasta llegar al gran golpe en el país que picaba en punta en el continente: Brasil. En el medio hubo varios intentos fallidos en los países progresistas, sobre todo en Bolivia y Venezuela, aunque también en Ecuador y Argentina (y en realidad en todo gobierno progresista que haya asumido en la región).

De estas experiencias también aprendieron ellos, pero no nosotros. Cada vez que derrotamos un intento de golpe de una u otra forma nos abrazamos y sentimos vencedores. Pero había una lección mayor que estaba por detrás: los poderes fácticos se dieron cuenta de que no era necesario cambiar la figura presidencial para descomprimir la presión social y que, por el contrario, cuando caía un gobierno de derecha, solía tender a asumir uno al menos más progresista.

Entonces invirtieron la ecuación: la última secuencia con el golpe de estado en Bolivia y la no renuncia de Piñera en Chile evidencian el timonazo. Por eso, como ya señalamos en otra oportunidad, la importancia de la victoria en Chile, o sea de la dimisión de Piñera, es central en el tablero continental. Esa experiencia debe salirles mal. Aún estamos jugando esa partida.

Del mismo modo los poderes fácticos aprenderán de esta pandemia. Fue bastante fácil la verdad meternos a todos (con todos me refiero a todo occidente) en nuestras casas. Rápidamente pudieron poner en buena valoración valores capitalistas de los más bajos: el individualismo, el sálvese quien pueda, la desconfianza e incluso el odio al semejante. Muchos incluso salieron abiertamente a pedir mayor restricción de libertades civiles, toque de queda, estado de sitio, milicos en las calles, etc. Por suerte nuestro presidente tiene reflejos mucho más democráticos que buena parte de la sociedad, incluyendo en ese sector a muchos opositores, pero también a muchos de sus más obsecuentes votantes.

Conclusiones

Nótese el detalle de que, para que puedan meternos en casa a todos juntos al mismo tiempo, el estado debe ser pequeño e ineficiente y, sobre todo, dependiente de los saberes y tecnologías de los países centrales. Alemania no es menos liberal que Italia y por eso tiene un sistema de salud más consistente. Alemania es más liberal que Italia. Pero tiene una política imperial e Italia la sigue, por eso Alemania sabe que no puede tener en un mundo de armas biológicas un sistema de salud frágil que sea su talón de Aquiles. Italia solo depende a fin de cuentas de Alemania…

Si bien parece que los dados están marcados para que los poderes fácticos de siempre saquen provecho de esta situación, en realidad está en nuestras manos permitir jugar o no ese partido con esas reglas. Insisto en que nadie está planteando nada que salga del capitalismo en estas notas. El planteo nomás es que hagamos un capitalismo razonablemente serio, con visión nacional, con apoyo continental y, sobre todo, como un país independiente, y no como uno alcahuete.

Categorías: Derechos Humanos, Opiniones, Política, Sudamérica
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