La operación lanzada por una decena de países árabes contra las milicías hutíes ha agravado la situación humanitaria del Estado más pobre de Oriente Medio hasta convertirla «en catastrófica».

Según Naciones Unidas, el 60% de la población yemení requiere de asistencia inmediata: alimentos, agua y servicios básicos como sanidad y educación.

Por Hugo Domínguez para Desalambre

Los titulares sobre Yemen se ocupan estos últimos días de los movimientos geopolíticos y de la espiral de violencia en la que se está sumiendo el país. Pero en la trastienda late con fuerza otra realidad: la preocupante agudización de la crisis humanitaria a la que se encamina el país árabe si no se pone remedio cuanto antes, según la llamada de atención de la Organización de Naciones Unidas. «Un asombroso 60% de la población necesita asistencia», en palabras del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon.

16 millones de yemeníes requieren de manera desesperada alimentos, agua potable y acceso a la sanidad, carencias que podrían ir a más a la vista de la controvertida respuesta de algunas instituciones, como el Banco Mundial, que han decidido retirar su ayuda humanitaria aduciendo la inestabilidad en la zona. El conflicto armado no es nuevo, pues como recuerda Lorena Cobas, de Unicef, el eco de la violencia en el país más pobre de Oriente Medio se arrastra desde años atrás con una triple combinación de factores: política, religión y conflictos tribales. Pero ahora el enfrentamiento ha subido de tono.

Antes de que estallara en septiembre del año pasado la cruenta contienda entre los leales al presidente Abd-Rabbu Mansour Hadi y los huthis, milicianos rebeldes chiíes –intensificado por la irrupción de una coalición internacional liderada por Arabia Saudí en favor de los primeros–, la situación del país ya era de por sí límite.

Según datos del Banco Mundial, el 41% de los 21 millones de habitantes de Yemen vive bajo el umbral de la pobreza, panorama que ahora «se está agravando con una crisis nutricional que dificulta la supervivencia», destaca Lorena Cobas, responsable de emergencias del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia.

Sin un recuento oficial que aglutine el número de muertos ni heridos, las organizaciones humanitarias van recopilando por su cuenta y riesgo información a cada nuevo atentado o choque a partir de estimaciones hospitalarias. Entre el 20 y el 26 de marzo, según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, fueron unas jornadas especialmente sangrientas. Fallecieron 267 personas y 994 resultaron heridas, incluidas las 243 que perecieron tras el ataque suicida contra dos mezquitas en Saná, el 20 de marzo.

Las dificultades de las ONG

La caótica situación está jalonando en gran medida el margen de actuación de las ONG. «Sin duda el contexto de seguridad no es el mejor, pero nosotros intentamos seguir ayudando» a una población donde el 50% vive con menos de dos dólares al día, cuenta la portavoz de Unicef. «Los accesos por aire y por mar están cerrados, por lo que se están bloqueando la entrada a cualquier ayuda», sostiene François Destenabes, responsable adjunto de las operaciones de Médicos Sin Fronteras para Yemen.

La Cruz Roja ha informado de ataques contra sus equipos humanitarios que a principios de semana terminaron con la vida de una de sus trabajadoras, en Al Dhale’e en el sur de Yemen. La ONU ha mostrado su reprobación públicamente ante este suceso contra una persona que ha demostrado que «su coraje y dedicación son insuperables».

Esta emergencia requiere de forma inaplazable de medidas concretas para proteger a la infancia, a los recursos más básicos como la sanidad, y a la amenaza de desnutrición que ya sufren 16 millones, cifra que en solo unos días podría quedarse pequeña –la población total es de 25 millones–, según las entidades consultadas. «Se vive una auténtica situación de precariedad extrema, precariedad alimentaria, falta de agua, combustible y recursos alimenticios», expone François Destenabes . «En resumen, es una situación catastrófica».

Campo refugiados de Al_Mazraq en Yemen en febrero de 2013 / FOTO: Anna Surinyach / MSF

Campo refugiados de Al_Mazraq en Yemen en febrero de 2013 / FOTO: Anna Surinyach / MSF

Otra secuela de todo conflicto son los desplazados internos en el país, las personas que deciden abandonar sus hogares para emigrar a zonas más seguras pero sin atravesar la frontera. Los datos del coordinador residente de las Naciones Unidas, Johannes Van Der Klaauw, indican que en estos momentos hay más de 330.000 desplazados en Yemen, una cifra relativamente pequeña que, según los expertos, porque la gente no se atreve a salir de sus casas por los combates.

«No se están produciendo por ahora desplazamientos masivos pero, si ocurriera, no hay estructuras para satisfacer sus necesidades, y las que hay son precarias y las ayudas de las que se nutren se han reducido», relata Destenabes de MSF.

De hecho, los desplazados, la mayoría de ellos clanes, a pesar de su intención de escapar de las armas, no están a salvo. El pasado lunes uno de los ataques de la coalición árabe liderada por Arabia Saudí castigó a un campamento de refugiados de Al Mazraq, próximo a un bastión de los hutíes. Según las organizaciones, el bombardeo mató a 29 personas, y otras 34 quedaron heridas, entre las que se cuentan mujeres y niños.

Los refugiados, un espejismo

Los autóctonos no son los únicos que están barajando la posibilidad de abandonar el país ante las malas noticias. Unos 260.000 refugiados somalíes y 2.000 sirios han encontrado cobijo en Yemen hasta ahora. «Yemen es el único país de la Península Arábiga que rubricó la Convención sobre los Refugiados de 1951, por lo que ha tenido una política de puertas abiertas que se ha traducido en un importante número de refugiados, a pesar de que muchos yemeníes sobreviven con recursos mínimos», señala la ONU.

Y los niños, como acostumbran las guerras, son el eslabón más débil. Sin datos oficiales, Lorena Cobas, de Unicef, estima que de los 16 millones de yemeníes que actualmente necesitan ayuda humanitaria, la mitad son niños. «Antes de que comenzara el actual conflicto, 847.000 menores de cinco años sufrían desnutrición aguda, una cifra muy alta». «La situación entre los menores es extrema», termina Cobas.

Los avisos de las organizaciones humanitarias están cayendo en saco roto. Una semana después del comienzo de los bombardeos saudíes y de otros países, los enfrentamientos no muestran signos de agotamiento. Según la experta Samaa al Hamdani, citada por El Mundo, el conflicto podría prolongarse medio año con una ofensiva terrestre de por medio. Así que, a la luz de los vaivenes diarios, en el momento en el que está terminando esta crónica sobre la situación humanitaria en Yemen, los números, las valoraciones y las previsiones podrían quedar obsoletas.

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