La juventud iraní tiene poco tiene que ver con la generación anterior y está impulsando nuevas conductas que pueden cambiar al país.

Por Patricia Almarcegui para eldiario.es

A pesar de la elección del presidente moderado Rohani en el año 2013 y a pesar de la polémica ejecución de  Reyhaneh Jabbari hace unos días, Irán ya no es lo que era. Y no lo es porque Rohani haya intervenido en la Asamblea General de las Naciones Unidas o haya reconocido el momento delicado por el que pasa el país, con un 30% del descenso de los ingresos, sino por la juventud iraní. Ese 60% de la población poco tiene que ver con la generación anterior y en pocos años formará la nueva clase media, tan necesaria para organizar una estructura social.

Con los años, se aprende que cuando un país o, más bien, un Gobierno, desea mostrar una determinada imagen de sí mismo, lo consigue. Así Irán se identifica desde hace 35 años casi exclusivamente con la revolución islámica que tuvo lugar en 1979. Y EEUU identifica a Irán con la construcción de armas nucleares; como si no hubiera otros países de Oriente que las tuvieran.

¿Y qué ocurre en el interior de Irán? En primer lugar, un descontento generalizado sobre el que los jóvenes de entre 20 y 35 años hablan en público y privado como no sucedía anteriormente. El régimen islámico se ha materializado en cortes de energía, devaluación de la moneda y una mala gestión, de las que ellos son amplios conocedores y se sienten víctimas.

En segundo, iniciativas ciudadanas contrarias a las normativas vigentes que, gracias al apoyo abierto y declarado de la prensa (en una ciudad como Shiraz se publican más de cuatro periódicos diarios) se ven obligadas a alterar. Un descenso de los matrimonios debido al posicionamiento de las mujeres, quienes, en su mayoría con estudios universitarios, empleo y conocimiento de otros idiomas, se preguntan para qué y por qué hacer lo mismo que sus madres. Un fluir de grupos de turistas occidentales impensable hace muy poco meses. Y una intensa actividad en las redes sociales, prohibidas o no, que sitúa a la juventud al mismo nivel y le concede la misma accesibilidad a los problemas e inquietudes mundiales que cualquier otra.

Irán conserva su pasado histórico y convive con él. Bajo el imperio persa, fue la primera superpotencia del mundo antiguo. Esto, sumado a su situación geográfica especial y estratégica, hizo que las lenguas, los sistemas de escritura y las religiones proliferaran y crearan un pluralismo acérrimo imposible de barrer de un día para otro. Como recuerda Robert D. Kaplan, Irán no es una invención impuesta por una familia o ideología religiosa como otros países de Oriente Medio, sino un régimen clerical con un grado mucho mayor de institucionalización que cualquier otro espacio del mundo árabe.

La revolución islámica no desmanteló dicho Estado fuerte sino que se sumó a él. De ahí que sea uno de los más avanzados también tecnológicamente –a la par que su cultura y política- y haya construido, por ejemplo, centrales hidroeléctricas, carreteras y ferrocarriles en los países del centro de Asia con los que prevé comunicarse, además de contar con amplias reservas de petróleo y gas natural. Eso le hizo objeto del intervencionismo más exacerbado por parte de EEUU y Gran Bretaña a lo largo del siglo XX. Poco antes de morir, Woodhouse, responsable norteamericano de la operación del golpe de Estado que devolvió al poder al sha en 1953 tras el derrocamiento del Gobierno elegido democráticamente de Mossadeg, se preguntaba hasta qué punto había llevado de forma indirecta a la República Islámica de Jomeini.

En definitiva, parece que se aventura un cambio. Y no porque los órganos de poder lo hayan decidido, sino porque se están viendo obligados por la población y la realidad del país. La represión brutal del régimen junto con la lucha interna que mantienen los diferentes aparatos políticos conviven entre sí en el día a día iraní. Si en el año 2005 la elección de Ahmadineyad fue una sorpresa y en el 2009, la población se manifestó en todo el país contra su supuesta reelección, en la actualidad, se podría ir produciendo y contaminando un cambio de abajo a arriba que, quizá, quién sabe, alcanzará los máximos poderes.

Patricia Almarcegui acaba de recibir las becas Endjavi Barbe Project y PICE-MEC de residencia en Irán.

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