Si finalmente el grupo de expertos censura la advertencia de que el capitalismo es insostenible o si los gobiernos se niegan a acatar este diagnóstico, nos abocarían a una guerra de una minoría contra toda la vida actual y futura.

 

Por Manuel Casal Lodeiro¹/Ctxt

 

Las recientes filtraciones del próximo informe del IPCC, realizadas por parte de la comunidad científica encargada de su elaboración,  pueden dar lugar al hecho político más trascendental, a escala internacional, al menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Si alguien considera esto como una exageración, que se detenga un momento a pensar en lo que va a suceder cuando se publique la versión oficial de dicho informe. Pese a que ya se habían dado algunas filtraciones en anteriores informes, las implicaciones de lo revelado en esta ocasión y lo rápido que se están extendiendo las noticias al respecto –lo que hará muy difícil que se pueda pasar por alto– nos colocan ante una incógnita cuya resolución, cuando se haga público el AR6, supondrá una encrucijada histórica.

Básicamente, podrán pasar dos cosas cuando acaben de ver la luz las diversas partes que componen este Sexto Informe de Evaluación, algo que sucederá tras el verano de 2022. Una sería que las versiones finales y, sobre todo, el ‘Informe de síntesis’ mantengan el mensaje que se ha filtrado desde los grupos de trabajo II (impactos del cambio climático, del que se ha conocido el resumen) y III (mitigación, de momento, solo ha salido a la luz un capítulo de esta parte del informe). Dicho mensaje viene a decir que para evitar un caos climático que lleve a la extinción de nuestra especie (o que acabe con buena parte de ella) resulta imprescindible abandonar el sistema socioeconómico actual que obliga a las economías a crecer continuamente. En otras palabras, poner fin al capitalismo. Llamaremos a esta posibilidad el escenario Integridad.

El otro escenario, Censura, se daría si los responsables del IPCC que tienen la última palabra en la elaboración de las conclusiones –las que tienen en la práctica relevancia política y mediática– optan por escorarse hacia las opiniones más optimistas y maquillar el resumen para asegurarse la aprobación unánime necesaria de todos los gobiernos o directamente amputan las conclusiones más incómodas, de tal manera que se oculte, elimine o diluya dicho mensaje, indultando así al sistema capitalista y su adicción al crecimiento. Las filtraciones que se han producido buscan, precisamente, impedir que se produzca este escenario que rebaje el mensaje radicalmente nuevo contenido en las versiones actuales del AR6 y que numerosos medios han enfatizado (France PresseCTXTThe GuardianLaSexta TVAl JazeeraDer Spiegel, etc.). Lo sucedido con anteriores informes es aviso suficiente para saber que las presiones gubernamentales sobre dichos Summaries for Policymakers existen y que solo se pueden dificultar dando a conocer previamente los documentos originales elaborados por los científicos. “Hemos filtrado el informe porque los gobiernos –presionados y sobornados por la industria del combustible fósil y otras, protegiendo su fracasada ideología y eludiendo rendir cuentas– ya han modificado las conclusiones otras veces antes de que los informes oficiales viesen la luz. Lo hemos filtrado para mostrar que las personas de ciencia estamos dispuestas a desobedecer y correr riesgos personales para informar al público”, han explicado quienes han adelantado el contenido del informe.

Si el IPCC publica el próximo año algo netamente diferente de lo que ahora los propios autores han filtrado, borrando las menciones a dejar de crecer y a abandonar el capitalismo, las consecuencias a corto plazo en el terreno político podrán parecer escasas, pues les proporcionará a los gobiernos del mundo el alivio de una especie de carta blanca para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, es decir, a efectos prácticos… nada. Al menos nada de lo que sería obligado para frenar nuestro viaje demencial hacia el abismo climático. No obstante, de producirse esta situación, se habría causado una ruptura irreparable: el escándalo destruiría definitivamente la credibilidad del IPCC como organismo encargado de marcar la ruta de salvación de nuestra especie ante el cambio climático que ella misma ha provocado. Si los miembros del grupo encargado de hacer el informe final de síntesis, dirigido a la sociedad y a los gobiernos, o los economistas del grupo de trabajo III –en su inmensa mayoría pertenecientes a la hegemónica escuela neoclásica, y como tales, no científicos– eligen cercenar este incómodo mensaje científico previamente revelado por los y las mayores expertas en el clima, habrán declarado de facto una guerra total a la especie humana, de la que ellos también forman parte, y lo habrán hecho con el beneplácito y responsabilidad última de los gobiernos que los pusieron a cargo de dichos informes.

En cambio, si las personas responsables de elaborar la versión dirigida a la sociedad del Sexto Informe deciden cumplir fielmente su misión, salvar su credibilidad (y de paso, a la humanidad) y, sin temblarles la mano ante las consecuencias políticas que ello pueda acarrear, conservan la contundencia y la claridad de la condena a muerte contra el capitalismo y su canceroso funcionamiento biocida, entonces nos situaremos ante una segunda bifurcación decisiva en nuestro inmediato futuro. Llegados a ese punto podría suceder que los diversos gobiernos acepten el veredicto y demuestren que les importa más la supervivencia de sus ciudadanos que la supervivencia del capitalismo (escenario Integridad→Responsabilidad), o bien que se nieguen a acatarlo, con cualquiera de las disculpas habituales en estos casos (“Necesitamos seguir estudiando el asunto… Se necesitan más datos… No existe un consenso absoluto…”) o alguna de nuevo cuño ideada para mantenerse en su asesina procrastinación. Si sucede esto último (Integridad→Traición), se situarían como cómplices de nuestra destrucción y en contra de nuestro futuro.

Los responsables de las filtraciones han resumido el mensaje crucial cuya trasmisión oficial a la sociedad estará en juego el año que viene: “Debemos abandonar el crecimiento económico, que es la base del capitalismo”. Y explican también que el hecho de que “miles de personas de ciencia”, la mayoría de ellas gente privilegiada, de cierta edad y moderada, “estén de acuerdo en algo tan aparentemente radical demuestra la gravedad del momento actual”. Además, acusan a los que ostentan el poder de ser los verdaderos extremistas, guiados por el “culto a la muerte” de la economía neoliberal. “Arrasarán la Tierra hasta que no sea más que fuego y cenizas, a no ser que los detengamos”.

Así pues, tanto en el escenario de Censura como en el de Integridad–Traición, nos enfrentaríamos ante la declaración oficiosa de guerra global del capitalismo contra la vida (toda vida, no sólo la humana), una guerra que, en realidad, se viene desarrollando de manera no declarada desde hace décadas. Por contra, si los hechos trascurren por el camino que he denominado Integridad→Responsabilidad, estaríamos ante otro hecho histórico pero de signo totalmente contrario, algo más parecido a un armisticio entre la civilización humana y la biosfera. Sería la confirmación del fin del capitalismo –desahuciado, en realidad, al menos desde la década de 1970, aunque no quisieran reconocerlo sus adalides– y, en consecuencia, marcaría el ilusionante inicio de una fase de transición a otra pluralidad de modelos socioeconómicos integrados en los límites del planeta Tierra e, idealmente, mucho más justos e igualitarios. Sin duda, el reto más importante y hermoso que cabría concebir en nuestras sociedades.

El final de este momento histórico crucial que han abierto las IPCC-leaks debería pasar, pues, por la inmediata puesta en marcha de un nuevo tipo de economía, que cabría denominar de transición o de excepción (economía de guerra resultaría inadecuado, por el significado pacífico que acabo de describir), una desescalada económica dirigida por los Estados, con un elevado grado de control e intervención pública –a la altura del que hemos visto que es perfectamente posible no solo en periodos bélicos, sino también cuando se presenta una amenaza como la covid-19 (y, claramente, el caos climático es una amenaza para nuestra supervivencia de un nivel mucho mayor)– que permita reducir controladamente las economías sin quebrarlas.

Si no acaba sucediendo así, lo que se habrá quebrado irreparablemente será el contrato social que vincula a gobernantes y gobernados. A partir de ese momento, la ciudadanía consciente de estos gravísimos hechos –y ahí jugarán un papel crucial los medios de comunicación– tendría el legítimo derecho de autodefensa, de rebelión y de desobediencia para negarse a colaborar, en su propio exterminio, con un gobierno que se habría declarado su enemigo, que habría dado un golpe de Estado contra la posteridad para convertirse en el brazo armado de unas élites suicidas dispuestas a aferrarse a su poder con tal de flotar sobre la mierda en llamas de una biosfera devastada.

Por supuesto, no podemos ser tan ingenuos de esperar que estas élites acepten por las buenas el único escenario que sería positivo para la especie, el de Integridad→Responsabilidad, puesto que nos encaminaría hacia un nuevo tipo de sociedad en el que perderían necesariamente poder en un grado mayor o menor, y donde tendrían poco más que ganar que la supervivencia y la absolución de la historia. Pero ellos tampoco pueden esperar que la sociedad civil permanezca impasible cuando oigamos (lo recalcaré nuevamente: si los medios cumplen su función vital de transmitir los hechos) la declaración de guerra que implicaría cualquier otro escenario diferente. Nos abocarían inevitablemente a algo que solo cabría calificar de guerra civil mundial, una demencial guerra de agresión por parte de una minoría humana del presente contra toda la biosfera actual y, sobre todo, contra nuestro futuro. Y nuestros gobernantes, pillados en medio, pero con los suficientes resortes clave en sus manos para poder declarar una emergencia climática de verdad, con todas las consecuencias, que conlleve un adelgazamiento metabólico de urgencia que mantenga a salvo a la población y asegure al mismo tiempo sus necesidades básicas actuales y futuras –esto solo será posible mediante algún tipo de economía planificada, de tipo ecosocialista o como fuere–, se toparán de buenas a primeras con el momento más decisivo de sus vidas, por obra y gracia de unos heréticos documentos filtrados por un puñado de científicas y científicos.

Llegados a ese punto, todas y cada una de las personas que formen parte de gobiernos en cualquier país del mundo se verán obligados a demostrar inequívocamente su fidelidad última: a la vida y a la dura realidad mostrada por la ciencia, o al negacionismo capitalista, ecocida y genocida. A lo largo de los meses que tenemos por delante hasta ese momento decisivo, tendremos ocasión de mover todas las fichas precisas para evitar esta guerra o, en caso de que resulte finalmente inevitable, para atraer a nuestro bando a gobiernos, partidos políticos, medios de comunicación, sindicatos, confesiones religiosas y a todo tipo de agentes sociales, así como para coordinar la resistencia a escala internacional.

La COP26, convocada para noviembre próximo en Glasgow, promete ir revelando cuál de estos escenarios políticos descritos será el más probable y cuáles las posiciones de cada quien en el sendero hacia ese día D en que se publique el definitivo Sexto Informe y su determinante Resumen para responsables políticos. La segunda mitad de 2022 marcará, sin duda, el periodo más crucial que vivirá nuestra generación, y posiblemente el más importante de toda la historia de nuestra especie. Agosto de 2021 ha marcado el comienzo de la cuenta atrás y ha situado a todos los actores de este drama planetario sobre el escenario. El principio del libreto ya ha sido escrito por un puñado de valientes científicos de Scientist Rebellion, y ahora nos toca a toda la sociedad, a las élites capitalistas y sus medios de comunicación, a nuestros gobiernos y medios públicos, así como a los demás miembros del IPCC. Por dónde transcurra la trama de esta obra determinará cuál será el desenlace final: nuestra supervivencia in extremis o nuestra más trágica autodestrucción.


¹ Manuel Casal Lodeiro es padre, activista y divulgador. Autor de La izquierda ante el colapso de la civilización industrial Nosotros, los detritívoros. Coordinador de la Guía para el descenso energético, de la revista 15/15\15 para una nueva civilización y del Instituto Resiliencia.

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