Por: David Condori Huayta.

 

Cuando el Ministerio de la Mujer señala que las lesiones en el cuerpo (aún con evidencias fílmicas) no son pruebas suficientes para detener al agresor, es porque algo marcha mal en el Estado; pero cuando rehuimos a pensar sobre nuestras propias decisiones, es porque algo anda mal en nosotros.

“Está loca”, dije en mis adentros cuando la escuché recriminar contra su propia hermana —un día después del incidente ocurrido en La Victoria—  por haber presentado la denuncia contra su pareja Julio César Rojas Mogollón (48) que la noche del 15 de enero intentó quemarla viva en plena vía pública. Era insólito, pero cierto: Brigitte Flores Luna (31) lo defendía. “Es mentira”, “yo no he sido agredida”, “ha sido un problema de pareja”, dijo entre otras exculpaciones. En cambio, Rojas Mogollón no desaprovechaba la oportunidad, al ver una cámara, para amenazarla desde el interior de la comisaría Apolo: “si salgo, la voy a matar”.

Sin embargo, la Briggitte —nada de lágrimas y mucho de euforia— que declaraba hacia un medio televisivo no era la misma Briggitte nerviosa que todos vimos a través del registro de una cámara de seguridad.  La anterior huía de su agresor; esta, parece que lo defendía. La anterior, sin decirlo, pedía auxilio; esta, reclama que la dejen en paz y que nadie se meta en su vida. La anterior no dudó en denunciar a su pareja, «sí, lo voy a denunciar porque me ha agredido. Estoy manchada de gasolina, me quiso prender fuego con encendedor; gracias al chico que estaba ahí [Juan Zuleta Gómez] pude salir corriendo»; esta, niega todo lo ocurrido. Entonces, algo cambió mientras era trasladada a la comisaría para presentar la denuncia. ¿Quién es esta nueva Briggitte?

Tal vez ninguna, sino el mejor artificio inventado del “aquí no pasó nada”. O simplemente la mujer que sabe lo que acontecerá mañana. Sucede que cuando pienso en el caso de Brigitte y en otros casos similares —como el caso de Karen Rocío del Pilar, ocurrido la madrugada del 3 de enero en el distrito de Chilca (Huancayo), que de igual manera negó los hechos acontecidos. No obstante, las imágenes de la cámara de seguridad, al interior del hostal, eran irrefutables: Karen fue arrastrada de los cabellos por su pareja y llevada hacia el centro del estacionamiento para, segundos después, estallarle en la cabeza una botella de cerveza -todo se vuelve un espejismo-. Los rostros distintos, pero las llagas replicadas en su exacta medida. El barro de las ciénagas embadurnadas a sus cuerpos. Los huesecillos rotos.  El dato perturbador en la memoria: 169 víctimas de feminicidio el año anterior. En resumen, un cuerpo que necesita mudarse de piel.

Y si esta fuera la casa que se necesita para estar a salvo y sanar las heridas, todo estaría bien. Pero bien sabemos que no es así. El sistema no ha cambiado un ápice para proteger a las mujeres. Las últimas cifras que ha publicado el portal web de América TV sobre feminicidio es solo el preámbulo de un año que recién empieza: más de 20  intentos de feminicidio, y cinco mujeres muertas en lo que va del año. En los últimos días, las cifras habrán aumentado.

Ahora, en el contexto de un nuevo Congreso de la República, no quedaría más que esperar de parte de nuestros electos congresistas la lucha frontal contra la violencia a la mujer. Pero tampoco es así. Pues 10 candidatos, que participaron en la contienda electoral, registraban fallos judiciales por violencia familiar, siendo el caso más mediático el del ex ministro del Interior, Daniel Mora, que ocultó la denuncia de su esposa realizada el 20 de marzo del 2019. La revelación tuvo como consecuencia la renuncia de su candidatura.

Sería importante recordar aquí que así como la “violencia se aprende”, la “no-violencia también” y que un problema latente como el feminicidio requiere medidas valientes para desterrar este problema social, además de la participación de toda la sociedad en su conjunto.

A veces las circunstancias nos imponen elegir entre dos opciones, que en un inicio no elegimos, pero que de pronto comenzamos a cuestionar: ¿Por qué diablos tengo que hacer todo lo que a él se le apetezca? ¿Qué papel cumplo en esta relación? ¿Es esta la vida que necesito? Cada quien, como Briggitte, tendrá sus propias preguntas y sus propias respuestas.

Rosa Montero, días antes de la navidad, escribió en el diario El País: “yo creo que nadie es lo suficiente viejo para divorciarse (…), en estos días navideños en los que tanto se ensalza a la familia, pensemos si esa familia es de verdad un nido por el que luchar o una condena”.

Decisión difícil, cada una con la fuerza de un río, pero necesaria para vivir bien: reafirmarnos en nuestro camino o doblar hacia otra senda.