Por Jaime Hales*
Conversábamos sobre IA y de ahí llegamos a la triste conclusión de que mientras avanzan las tecnologías, el ser humano sigue sumido en episodios constantes de violencia. Es la paradoja de quienes desarrollan técnica, ciencia y tecnología, pero no pueden liberarse de las profundas tensiones que acarrean acciones que dañan a otros, desde los espacios domésticos, los delitos individuales, los delitos organizados, hasta llegar a la peor de todas las formas de violencia: la guerra.
Cuando terminó la guerra mundial en 1945, las potencias vencedoras fundaron Naciones Unidas con otros 45 países con el objetivo de evitar futuras guerras. 81 años después hay una mirada crítica, porque no sólo ha fracasado en impedir guerras, sino que, pese a haber intervenido con sus “cascos azules” no ha sido capaz de detenerlas. Algunos sugieren que debe cerrarse la ONU y otros piden que se reformule, no sólo en sus objetivos y declaraciones más bien teóricas, sino sobre todo en su funcionamiento, ya que gasta tanto dinero en burócratas comparable al presupuesto social de muchos países.
Después de la caída de Berlín en manos de 4 potencias, quedó en evidencia que ninguna de ellas trabajaría por la paz si acaso no se daba en sus términos. Las fuerzas armadas de 4 países fueron las verdaderas ocupantes de Alemania. Desde el año siguiente Francia experimentó por 8 años la guerra de Indochina, de la que debió retirarse derrotada. Paralelamente, desde 1950, se desarrolla la guerra de Corea, con la intervención directa de Estados Unidos “a nombre de la Naciones Unidas” (guerra que desde 1953 está en armisticio). La invasión armada sionista en Palestina, iniciada con el apoyo británico y la anuencia de Francia desde la década de los años 20, seguida de la vergonzosa partición del Estado Palestino, que ha ido protagonizando una sucesión de guerras y manteniendo un estado permanente de
ocupación violenta con intención genocida indiscutible. Luego Vietnam, las guerras de liberación de África, conflictos en Centroamérica y en los Balcanes, las permanentes amenazas de China a la rebelde Taiwán, la guerra de Irak e Irán incentivada por Estados Unidos y las petroleras. Todo ello culmina en estos años con la invasión de Rusia a Ucrania, de Estados Unidos e Israel a Irán, de Israel a Gaza y las guerras en África.
Esta violencia es acompañada por los delincuentes del tráfico de órganos, de esclavas sexuales, de la droga y del tráfico de armas, además de los golpes de Estado de los últimos 50 años en diversos países, que llevó a tener a América del Sur prácticamente bajo la bota militar por muchos años.
Hoy, en 2026, la violencia arrecia tanto en el lenguaje como con las armas, incentivando a mucha gente a creer que tiene derecho a ejercerla. Los constantes atentados a balazos contra alumnos de colegios o universidades en Estados Unidos, que ahora por imitación se han extendido a Argentina y a Chile, la violencia policial frente a la situación delictual en Brasil, son testimonio de ello.
Los líderes desesperan por sostener su poder e invaden otros territorios y hay grupos que quieren eliminar a miles de personas y pueblos enteros para enriquecerse.
¿Y la paz será entonces una quimera de quienes fundaron Naciones Unidas? ¿O de ciertos líderes religiosos como el Papa católico? ¿O de ilusos que quieren ver lo bueno en todas partes?
No es una quimera: es la posibilidad real de ir construyendo espacios de paz y libertad, a partir de la acción constante de grupos y personas individuales que seguiremos tratando de crear organización, difundiendo la energía necesaria para hacer realidad este deseo de construir espacios seguros para toda la humanidad.
Lo importante será no cejar en los empeños, no rendirse, no abandonar el esfuerzo por erradicar las armas de todos, de paralizar el comercio de armamento y el fortalecimiento de las fuerzas militares, utilizando esos recursos en el desarrollo de la salud, la educación y el bienestar de los habitantes de nuestros países.
La paz es un estado social en que las personas reducen los conflictos mediante el esfuerzo de concordia, el encuentro creativo, la vida en común, buscando primero lo que nos une y no lo que nos separa.
El mundo camina hacia una nueva realidad y cada vez somos más los que trabajamos por un nuevo paradigma, en el que los humanos podremos vivir en libertad, con solidaridad, con justicia y con paz.
Los poetas, los creadores de arte, los agentes de la cultura, debemos levantar nuestra voz contra la guerra y ejecutar actos que muevan las energías hacia la paz.
¿Opondremos la palabra al fusil? Sí, la palabra, los actos creativos, los espacios sociales que podemos ir liberando de violencia. Y, si es necesario, llevaremos adelante acciones de protesta no violenta, como actuar de escudos humanos o instalarnos pacíficamente y en silencio frente a los cuarteles, tendremos que hacerlo. Así hicimos muchas cosas contra las dictaduras en nuestro continente.
Ya va siendo hora que nos levantemos.
*Escritor y abogado













