¿Cómo es que la violencia está siempre presente en las interacciones sociales humanas, en cambio la noviolencia es una excepción, casi una rareza? En principio, esta pregunta tiene una respuesta muy simple: porque la “Madre Naturaleza” nos ha enseñado, después de millones de años de evolución, que la violencia es el medio para conseguir todo. Supervivencia, comida, pareja, predominio, territorio, todo se obtiene a través de alguna forma de violencia. En cierto momento de ese proceso, la cooperación grupal sustituyó en parte a la competencia individual, pero eso no significó la erradicación de la violencia como recurso para sobrevivir.

Este tipo de respuestas es instintivo, es decir, están genéticamente condicionadas y no pueden ser eludidas. Hay muchísima investigación de campo con especies cercanas al homo sapiens, como los chimpancés y los bonobos, orientada a describir esas conductas. Por ejemplo, en el caso de los bonobos, que viven en la ribera sur del río Congo, los recursos alimenticios son abundantes y no tienen competencia. Esas ventajas les permitieron llevar adelante un proceso que ha sido definido como autodomesticación por los primatólogos: las hembras se fueron confabulando, generación tras generación, para desplazar a los machos alfa de la conducción del grupo. Uno de los resultados evolutivos de ese predominio femenino es que las tensiones internas comenzaron a resolverse a través del juego y el sexo, no de la violencia1.

Con el crecimiento de la corteza cerebral prefrontal recién la especie humana pudo empezar a desobedecer el mandato instintivo, desarrollando el pensamiento complejo, el lenguaje simbólico, la ampliación del horizonte temporal, la respuesta diferida, la empatía y, en definitiva, la cultura. Pero son progresos evolutivos recientes, tal vez no suficientemente asentados, por lo que en el curso de nuestra historia hemos retrocedido muchas veces. El sigo XX, que parecía iba a constituir un momento cúlmine y glorioso de esos grandes avances evolutivos, estuvo colmado de guerras atroces, genocidios y barbarie.

En el siglo actual también ha reaparecido el fantasma de la regresión. Ahí están otra vez los machos alfa vociferando sus consignas a través de los medios de comunicación y las redes sociales, para justificar el exterminio de los pueblos vecinos. Ahí están las sociedades paralizadas (¿por temor?) frente a ese despliegue maligno y destructivo, dada la tecnología armamentista con la que cuentan hoy esos países agresores. En algún momento en Latinoamérica surgió el término “gorila” para referirse burlonamente a los dictadores, tan habituales en la historia de esa región. Sin embargo, al final los mismos déspotas terminaron asumiendo el mote con orgullo, validando así el regreso al primitivismo.

Y nótese que este retroceso va más allá del uso masivo de la fuerza bruta. Hoy se ha puesto de moda lo que se ha dado en llamar “la batalla cultural”: no más “ismos” (feminismos, ambientalismos, animalismos), no más transgéneros, no más “woke”. Se reivindica el regreso a “lo natural”. El género es un mandato natural, no puede ser modificado. La desigualdad es natural, la competencia es natural, la codicia es natural. Lo natural es que el rol social de la mujer sea la maternidad, lo natural es que el más fuerte dirija a las sociedades, lo natural es conquistar territorios, lo natural es destruir al enemigo. Es evidente que uno de los orígenes de esta concepción “cultural” es el fundamentalismo cristiano estadounidense, del cual forma parte activa (y militante) nada menos que el Secretario de Guerra Pete Hegseth. Pero si la gente está votando a la ultraderecha en todas partes, ¿es porque este es el mundo que se quiere?

¿Qué dice el humanismo al respecto? Dice que somos seres históricos (es decir, la vida humana no tiene una naturaleza fija, es puro devenir), capaces de cambiar hasta nuestra propia naturaleza (es decir, intervenir nuestro cuerpo, que es lo que tenemos de natural). De aquí se desprende que querer devolver la vida humana a un supuesto estado de naturaleza (como lo llamó Hobbes) es profundamente antihumano. Habrá que ver cuándo seremos capaces de recuperar esa libertad procesal a la que hoy estamos renunciando en todos lados.

¿Y qué pasa con la noviolencia?

La noviolencia es la actitud vital más radicalmente antinatural que se ha concebido. Declararse no violento en un mundo signado por la violencia predatoria (tanto natural como humana) es una osadía nunca vista, ni antes ni después. La ahimsa (literalmente, no-violencia en sánscrito) es una doctrina que surgió hace aproximadamente 3.000 años proveniente del jainismo, una corriente religioso-filosófica sin dioses originaria de la India. También fue asumida como base ética por el budismo y el hinduismo. Aunque de familia hindú, Gandhi la tomó del jainismo, porque en la región de India donde nació existía una gran influencia jainista. Después la transformó en noviolencia activa, el satyagraha, una forma de desobediencia civil que aplicó en sus luchas por la independencia de la India y que referenció a muchos luchadores sociales noviolentos posteriores.

El fundamentalismo eliminó a dos de los más grandes referentes de la noviolencia en la historia reciente. A Gandhi lo asesinó un nacionalista hindú. A Martin Luther King, un personaje extraño que cuando quiso declarar que formaba parte de una conspiración, nadie le creyó, como suele suceder en Estados Unidos (recuérdese el caso del presidente Kennedy).

El punto es que los actuales conflictos violentos que asolan al mundo apestan a supremacismo 2: supremacismo reivindicatorio en el caso de Israel y supremacismo blanco-machista-cristiano en el caso de los Estados Unidos de Trump. Hemos vuelto, una vez más, a las viejas luchas territoriales y especistas propias de la vida natural, ascendiente del que intentamos liberarnos a lo largo de toda nuestra corta historia. Si no hubiera tanto dolor involucrado, podría ser hasta divertido: algo así como resbalar en la misma cáscara de plátano todos los días.

Sin embargo, el verdadero origen del caos actual es que los pueblos han sido y siguen siendo permanentemente engañados y manipulados por sus líderes. La mentira siempre ha estado asociada al poder, pero ahora es más eficaz gracias a la sofisticación de los medios de comunicación modernos.

Por ejemplo, la famosa “trampa de la miseria” descrita por Malthus al final del siglo XVIII quedó obsoleta cinco minutos después gracias a la revolución industrial y los avances tecnológicos posteriores, que continúan hasta hoy. Aunque lo que caracteriza a nuestra época, en cuanto a recursos disponibles, es la abundancia, la economía ha sido concebida como si viviéramos permanentemente amenazados por la escasez, una mentira difundida por un puñado de poderosos para justificar su avidez acumulativa. Pero si los pueblos lo creen, eso justifica la beligerancia como “recurso de supervivencia”. Es decir, tenemos un problema mental más que material: liberarnos de creencias muy arraigadas, algo que a menudo es tan difícil de resolver como los mismos problemas materiales.

Otro de los sabios mandatos del jainismo es el Anekantavada, un equivalente mental de la noviolencia. El término se refiere a “la doctrina de los múltiples aspectos” (ana: muchos; ekanta: un lado; vada: doctrina), es decir, la realidad es tan compleja y vasta que nuestra mente limitada solo puede captar una pequeña parte de ella. No somos capaces de percibir la totalidad, de modo que nadie puede tener la verdad completa sino solo un ángulo, una perspectiva. Esta postura mental anula el dogmatismo e integra las aparentes diferencias.

Lo que nos transmite esta actitud es que para construir una convivencia genuinamente humana es necesario aceptar lo diverso y buscar su convergencia, no su anulación. Un principio exactamente opuesto al supremacismo imperante: del predominio de unos sobre otros a la complementación de distintas miradas y paisajes, de la geopolítica a la humano-política, de la violencia a la noviolencia, de la competencia a la colaboración, del poder en pocas manos al poder gestionado por los grandes conjuntos, de la subordinación a la coordinación.

Integrar la sabiduría de las distintas culturas humanas tal vez sea el primer paso para superar este largo período de pugnas y conflictos que hemos tenido que sobrellevar. Y puede que este intento llegue a convertirse alguna vez en una gran síntesis: la nación humana universal.

 

1 Ver las charlas de la primatóloga chilena Isabel Behncke.
2 Supremacismo: Ideología que defiende la preeminencia de un sector social sobre el resto, generalmente por razones de raza, sexo, origen o nacionalidad. Diccionario de la lengua española.