“Y entiendo que somos eso, espejos. Que yo soy este centinela solitario cansado. Y que tú, Shogún, presentiste que yo era tú. Porque sabías que yo no era sino tu presencia, tu mismo brazo, tu misma palabra, tu misma sangre. Por eso dijiste: ‘¡Alto al fuego, no disparen!’. Ahora lo sé: quizá de niño fuiste un hombre de aguas adentro. Tal vez, como yo, fuiste un hombre que a su corta edad ya conocía el cauce de los ríos o las sombras de las tardes. Entonces, ese día, eras el jefe de la patrulla que evitó que las balas se incrustaran en mi cuerpo de recién capturado. Desde aquella vez he luchado con la memoria para que no se diluya en el tiempo esa imagen del teniente padre, para que sea como la semilla del trigo que nace para vivir, y muere para vivir. Me salvaste porque era tu reflejo. Otro, pero con la misma humanidad. Quizá, en realidad, te salvamos a ti.”

“Esa experiencia deshumanizante [el conflicto armado interno] nos debería hacer pensar en la historia reciente del Perú y en los duros procesos que afrontamos. ¿Por qué no podemos reconocer al otro como igual a nosotros, con las mismas preocupaciones y derechos? Lo que nos duele debería doler también en el cuerpo del otro: por eso, tu gesto de humanidad aparece ante los ojos de los hombres como un documento humano importante.”

Por: Erika Vicente

El conflicto armado interno en el Perú  (1980 – 2000) dejó heridas abiertas en la sociedad. En ese escenario de violencia, el libro Carta al Teniente Shogún de Lurgio Gavilán[1]  emerge como una obra imprescindible. No es solo un testimonio: es una reflexión profunda sobre la compasión, la memoria y la posibilidad de reconciliación en contextos extremos.

El libro es una carta: la voz de un niño campesino ayacuchano de 12 años, captado por Sendero Luminoso, que tras una emboscada es capturado y llevado a un cuartel militar. En ese momento, cuando todo indicaba que debía ser ejecutado, el teniente “Shogún” toma una decisión que rompe la lógica dominante del conflicto: decide no matarlo.

Este gesto adquiere especial relevancia al considerar el contexto. Durante el conflicto, tanto Sendero Luminoso como las fuerzas del Estado operaron, en muchos casos, bajo una lógica de eliminación del enemigo. En regiones como Ayacucho, incluso un niño podía ser considerado una amenaza. En ese marco, la compasión no era la regla, sino la excepción.

Gavilán, quien había sido reclutado siendo muy pequeño, era, simultáneamente, víctima y parte del grupo armado. Para muchos, no había matices: podía ser visto únicamente como enemigo. Por ello, lo esperable en ese contexto no era la compasión, sino la eliminación.

Los informes de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) dan cuenta de un periodo marcado por ejecuciones extrajudiciales, desapariciones y abusos por parte de agentes del Estado, así como de una violencia extrema ejercida por Sendero Luminoso contra la población civil. El resultado fue un escenario de profunda deshumanización.

Es precisamente en ese contexto donde los actos del teniente adquieren su verdadera dimensión.

No ejecutar al niño no fue un acto menor: fue una ruptura consciente con la inercia de la violencia. Fue una decisión individual que implicó riesgo, que desobedeció la lógica de la guerra y que reconoció en el otro a un ser humano. Este acto puede entenderse como un acto de humanidad radical y valentía. Con ello, se quiebra también el esquema los bandos.

El libro muestra cómo ese gesto no solo salvó una vida, sino que dejó una huella duradera. Marcó el recorrido de Gavilán, quien posteriormente pasó por el Ejército, la vida religiosa y la reflexión académica.

Uno de los aportes más valiosos del texto es la profundidad con que el autor transmite sus comprensiones y su experiencia interna. Del mismo modo, la figura del teniente no solo aparece como quien evita la muerte del autor, sino como una presencia cercana, cuya humanidad se revela y se vuelve reconocible a través de sus actos. Esta mirada, que es descrita  detalladamemte es profundamente humanista y constituye uno de los aportes más valiosos del libro.

El gesto de “Shogún” también puede leerse como un acto de desobediencia moral: una decisión tomada no solo desde el rol militar, sino desde el propio registro de lo humano en el otro. En ese instante, la empatía —la capacidad de sentir el sufrimiento del otro— se impone sobre la lógica de la guerra.

Gavilán señala, además, que este no fue un caso aislado. Existieron otros actos compasivos por parte de miembros del Ejército que quedaron en el anonimato. Sin embargo, fueron invisibilizados debido a la complejidad de las situaciones. Por ello, este testimonio adquiere una relevancia singular: permite visibilizar que incluso en los contextos más deshumanizantes, la posibilidad de actuar con humanidad no desaparece por completo.

Carta al Teniente Shogún muestra un ejemplo de mirar distinto, de reconocer al otro como un igual y, más aún, en un contexto extremadamente violento.

 

(*) Lurgio Gavilán, Carta al teniente Shogún (Lima: DEBATE, 2020).

[1] Lurgio Gavilán (Ayacucho, Perú) es antropólogo y escritor. A los 12 años fue reclutado por Sendero Luminoso; tras una emboscada, ingresó al Ejército, luego pasó por la vida religiosa y finalmente se formó como antropólogo. Es autor de Memorias de un soldado desconocido y Carta al teniente Shogún, donde reflexiona sobre la violencia, la memoria y la reconciliación en el Perú.