Los hombres y las mujeres, en un mundo a compartir, desde siempre ejercieron el derecho a pensar, investigar, informar e informarse, expresar ideas y opiniones y comunicarse en general, con otras personas. Trasmitieron información con esculturas o dibujando pinturas rupestres en las paredes de cavernas, covachas, abrigos rocosos o por petroglifos realizados grabados sobre piedra mediante percusión o abrasión; pasando por la comunicación mediante gestos de distintos tipos (con caras, ojos, manos, brazos, cuerpo, etc.); por pregoneros, crónicas orales o con tambores, señales de humo, banderas o silbidos.

por Miguel Julio Rodríguez Villafañe

También a través de formas escritas en ideogramas o manuscritos hechos sobre piedra, mármol, tablillas de arcilla o cera, metal, papiros, madera, pergaminos de cuero o papel de arroz o celulosa; y por las que se desarrollaban en obras teatrales o musicales. Luego, a través de hilos telegráficos y telefónicos, del espectro radioeléctrico y de modo digital, por Internet y mediante la world wide web (www o conocida como la Web), sus diversas plataformas y las tecnologías asociadas terrestres y satelitales.

Aquí cabe detenerse, ante la necesidad de rescatar desde siempre, de manera particular, los pensamientos, ideas, opiniones y expresiones de la mujer o sea la mirada “femenina”, no tenida en cuenta adecuadamente, apocopada y tampoco reivindicada en toda su importancia, en muchos momentos de la historia de la vida de las personas y los pueblos.

¿Cuántas veces científicas, artistas, profesionales, escritoras y tantas otras tuvieron que firmar con seudónimos masculinos sus obras o trabajos para ser consideradas? Muchas adoptaron un nombre de hombre para buscar el éxito o incluso para poder ser publicadas.

Gran cantidad de novelas, poesías o cuentos escritos por mujeres han sido muy importantes aportes al pensamiento y opiniones, a las ideas, a la información, al arte en general, etc. Baste recordar, por ejemplo, a Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant que fue una novelista y periodista francesa, a la que se la consideró como una de las escritoras más populares de Europa en el siglo XIX, pero adoptó para el mundo literario el nombre de George Sand, a los efectos de lograr editar sus obras. Falleció el 8 de junio de 1876.

Otra fue Caterina Alber, que se había presentado a un concurso literario, pero el jurado la descalificó, al conocer que era mujer, razón por la cual adoptó el pseudónimo de Víctor Catalá para sus obras. Ella fue una escritora española en catalán, conocida sobre todo por su novela “Solitud” (1905), (“Soledad” en castellano).

Recientemente, J.K. Rowling autora, en 1997, de la exitosa obra de “Harry Potter”, en un principio, la primera novela de la saga “Harry Potter y la piedra filosofal” se la presentó con iniciales y el apellido porque la editorial Bloomsbury no tenía confianza que pudiera venderse si aparecía con un nombre femenino, que era Joanne. Aún más, ella escribió otras novelas con el seudónimo masculino de Robert Galbraith.

A su vez, en el mundo musical cabe resaltar, entre otras a la ciudadana francesa de nombre Antonietta Paule Pepin-Fitzpatrick, nacida en 1908, en la isla de Saint Pierre et Miquelón, ubicada en la costa atlántica de Canadá. También conocida como “Nenette”, que fuera compañera de vida y obra de Roberto Chavero desde 1946, conocido éste popularmente como Atahualpa Yupanqui. Con él fue coautora de 65 temas, escondida en un nombre de hombre “Pablo del Cerro”. Sin su participación no hubieran sido posibles temas clásicos como “Luna Tucumana”, “El arriero va” y otras valiosas obras del acervo folclórico argentino.

Así, en las narraciones sobre la historia de los pensamientos, ideas y opiniones se las presentó como una actividad y presencia exclusiva del hombre o sea de la “masculinidad” y su visión.

Resulta un deber fundamental resaltar la inestimable, silenciada e indubitada presencia comunicacional de la mujer, desde siempre, en el desarrollo integral de la humanidad. Al respecto, me remito en este tema, como ejemplo, a una excelente narración que hizo Eduardo Galeano, que esclarece simbólicamente este perfil analizado desde los comienzos de la humanidad, titulada “La fundación de la belleza”, incluida en su libro “Espejos: Una historia casi universal”. Él dijo en su narración:

“Están allí, pintadas en las paredes y en los techos de las cavernas. Estas figuras, bisontes, alces, osos, caballos, águilas, mujeres, hombres, no tienen edad. Han nacido hace miles y miles de años, pero nacen de nuevo cada vez que alguien las mira ¿Cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos, pintar de tan delicada manera? ¿Cómo pudieron ellos, esos brutos que a mano limpia peleaban contra las bestias, para crear figuras tan llenas de gracia? ¿Cómo pudieron ellos dibujar esas líneas volanderas que escapan de la roca y se van al aire? ¿Cómo pudieron ellos…? ¿O eran ellas?”.

De esta forma, el escritor y periodista uruguayo rescata la situación, muy probable, de la importante participación de la mujer, con su manera valiosa de expresarse, ya en las pinturas rupestres de hace 12.050 años a. de C., existentes en la cueva de Altamira, en España.

A lo que hay que agregar, que la industria de medios tradicionales (televisión, prensa escrita y revistas, radio, cine, creación de contenidos, publicidad, etc.), como ahora, los nuevos medios construidos con la Internet, supieron instalar en las audiencias o públicos modelos o estereotipos desde lógicas patriarcales.

Lamentablemente, en ellos, se fomentó, muchas veces, un estereotipo femenino, en virtud del cual, las mujeres son necesariamente débiles, sumisas y dependientes. Además, por ejemplo, a las presencias femeninas, con frecuencia, se las mostraba haciendo tareas menores o en papeles secundarios, mientras que al hombre siempre se lo representaba como jefe, inteligente, profesional, seguro y cumpliendo funciones importantes.

A fines del siglo XX y en este siglo XXI, particularmente, se han producido importantes avances en el tema. Hay que educar para superar la configuración socio-cultural, propia de una sociedad patriarcal por la cual, se otorga al hombre el predominio, autoridad y ventajas por sobre la mujer, la que queda en una relación de subordinación y dependencia. Sin embargo, aún hoy, cuando se pide a alguien que presente una explicación bien elemental se dice que la formule como para “Doña Rosa”. De esta manera se fija como estereotipo que lo más elemental de la sociedad al que debe hablarse es a una mujer. ¿Por qué no decir que se explique para “Don Juan” o mejor sostener que es para “Don Juan y/o Doña Rosa”? Todo un desafío de superación cultural por llevar adelante.

Nota

[1] Pequeño extracto del libro del autor de reciente publicación titulado “Libertad de Expresión en la Era Digital. En un orden mundial multipolar y tiempos de pandemia”, Ed. Alveroni.

*Abogado constitucionalista cordobés y Periodista columnista de opinión.