«Atlas de los Sistemas Alimentarios del Cono Sur», es la nueva publicación de la Fundación Rosa Luxemburgo, producido junto a movimientos campesinos y sociales de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. Presenta no sólo un diagnóstico de la crisis alimentaria, sino también alternativas para superarla en manos de los movimientos populares.

Por Patricia Lizarraga y Jorge Pereira Filho

La crisis es la nueva normalidad. Desde los incendios en el Amazonas o en Argentina, bajantes históricas de los ríos o sequías inusuales, el aumento descontrolado de sectores que no pueden acceder a alimentos, protestas de agricultores y agricultoras en toda la región, resulta imposible seguir desviando la mirada de los estragos que han causado siglos de colonización y capitalismo para la tierra, las personas y la biodiversidad. Nos encontramos ante varias crisis, de naturaleza económica, sanitaria y climática, todas ellas interconectadas, con una intensidad prolongada y un alcance global.

Y es en un contexto de profunda crisis en el que iniciamos la escritura del Atlas de los Sistemas Alimentarios del Cono Sur. En el año en que el Covid-19 asoló el mundo, 118 millones de personas pasaron a convivir con el hambre aguda. Si fuese un país, ese contingente de hambrientos y hambrientas sería el 12° más poblado del planeta, con más gente que Egipto, Alemania o Reino Unido. Esos números, presentados por la Organización Mundial de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), en su informe divulgado en el año 2021, dan un panorama de la inmensa calamidad en la que vivimos.

Una realidad que solo empeoró aún más con los efectos de la guerra en Europa. Sin embargo, sería un error considerar que los orígenes del problema están relacionados exclusivamente a estas crisis coyunturales. Afirmamos esto porque la cantidad total estimada de personas con hambre en el mundo es mucho mayor: 811 millones. Sería el tercer país más poblado del planeta. El aumento del número de hambrientos, en el año en que el Covid se diseminó por el mundo, fue de 17 por ciento.

La pandemia ha presentado desafíos sin precedentes para los sistemas sanitarios, alimentarios y agropecuarios, que han dejado al descubierto la fragilidad y las fuertes contradicciones que tiene el modelo agroalimentario dominante. Si bien la desigualdad generalizada ya venía asolando al mundo desde antes, la pandemia ha provocado mayores niveles de desigualdad en múltiples frentes, que han exacerbado las divisiones entre el campo y la ciudad y han agravado las desigualdades raciales y de género.

Aún antes de poder conocer y comprender cuáles eran las reales consecuencias de la pandemia en el acceso a los alimentos, en los primeros meses de este 2022 una guerra nos puso nuevamente en jaque. Hoy, poblaciones enteras ven profundizada su inseguridad alimentaria. En el mundo, los precios de los alimentos alcanzaron máximos históricos en marzo-abril de 2022, afectando aún más países y poblaciones que se enfrentan a enormes dificultades ante el encarecimiento de los alimentos.

Esta tercera crisis mundial de precios de los alimentos en 15 años fue desencadenada por la guerra, pero se ha visto alimentada por los persistentes defectos y fragilidades subyacentes en las que se basan nuestros sistemas alimentarios, como la dependencia de las importaciones y la excesiva especulación con las materias primas.

Este momento que transitamos no solo ha puesto de manifiesto que los sistemas alimentarios y agropecuarios sumamente corporativizados no fueron capaces de proporcionar alimentos accesibles y nutritivos durante una pandemia, sino que también, la política alimentaria y agrícola en el mundo está diseñada para acrecentar de manera desproporcionada la riqueza de los propietarios de la tierra y el poder de las grandes corporaciones, a expensas del pueblo. Y ante la imposibilidad de elaborar economías agrarias soberanas, las consecuencias de las desigualdades sistémicas que comprometen el derecho a la alimentación de las comunidades más marginales, se sienten cada vez con más fuerza.

Pero también, iniciada la crisis sanitaria del Covid 19, las organizaciones populares y campesinas construyeron esquemas solidarios de abastecimiento de alimentos, creando redes para hacer llegar alimentos sanos y a precios justos a toda la población. Surgieron nuevas formas de resistencia contra la captura corporativa del suministro de alimentos y la nutrición a través redes, ollas populares, cocinas y huertas comunitarias, circuitos de comercialización más soberanos y, sobre todo, la firme decisión de no especular con los precios de los alimentos.

Pero estas experiencias de abastecimiento ya existían desde hace muchos años en cada uno de los países, impulsados por cooperativas y organizaciones campesinas, y articuladas con las organizaciones urbanas. La pandemia visibilizó algo que desde hace mucho tiempo la concentración de una industria oligopólica no deja ver: que son los sistemas campesinos y populares de producción los que alimentan al pueblo planteando alternativas para un sistema alimentario soberano.

Desde la Fundación Rosa Luxemburgo, en una articulación entre las oficinas de Buenos Aires y San Pablo, nos propusimos mirar los cinco países más al sur de América, para analizar y presentar una radiografía de los sistemas alimentarios de la región; análisis que nos permita comprender la lógica de un modelo compuesto por mega empresas concentradas que, desde la semilla a los platos, controlan la producción y distribución mundial de alimentos en todo el mundo; quiénes definen qué comemos y a qué precio.

Buscamos abrir debates sobre un sistema que a lo largo de las últimas décadas transformó los alimentos en mercancías ultra procesadas, impactando de manera irreversible en nuestros cuerpos y en nuestros territorios. Y en nuestra capacidad de comer. Porque de lo que se trata es de un puñado de mega empresas que controlan uno de los recursos más importante del mundo: el alimento.

Sin embargo, lo que buscamos mostrar es que no es la única forma de producir alimentos. En el Atlas también, y sobre todo, presentamos diversas estrategias de producción y abastecimiento de alimentos impulsadas por movimientos populares y campesinos desde un modelo que se basa en la Soberanía Alimentaria y la Agroecología. Sistemas de producción que, ahora sí, desde la semilla al plato, buscan sobre todo producir un alimento sano, soberano y a un precio justo. Y se trata de un modelo atravesado por la solidaridad.

Durante la pandemia, iniciativas en toda la región articularon procesos políticos y de autoorganización para hacer llegar alimentos a las poblaciones más necesitadas, pero con un horizonte más amplio: recuperando procesos históricos de lucha –las ollas comunes, las cocinas comunitarias– crearon experiencias más integrales que apuntan al fortalecimiento de la soberanía alimentaria y toma de conciencia sobre quién nos alimenta realmente.

Sería imposible contar en este material las cientos de experiencias de los movimientos populares en la región que disputan a través de formas más justas de producción y comercialización de alimentos, la hegemonía del sistema alimentario. Lo que acá narramos son experiencias paradigmáticas que nos ayudan a comprender las estrategias impulsadas hace décadas por los movimientos populares, ya que la soberanía alimentaria como proyecto político requiere la construcción de otras formas de organización económica y política del sistema agroalimentario global vigente.

Finalmente, queremos dejar planteadas propuestas y las agendas de las organizaciones que aporten a las políticas públicas e iniciativas impulsadas para garantizar el derecho a la alimentación y la soberanía alimentaria. Y, sobre todo, queremos que este material circule entre los movimientos populares, los comedores en los barrios, por las escuelas de agroecología y las cocinas comunitarias, por las casas de semillas y las huertas, por los almacenes y las cooperativas campesinas. Por todo espacio en el que un grupo debata y reflexione sobre un modelo agroalimentario que produce hambre, que comer –y comer bien– es sobre todo un derecho humano básico, y que el único camino para que todo el pueblo lo tenga garantizado es la soberanía alimentaria.

El «Atlas de los Sistemas Alimentarios del Cono Sur» es una material de libre descarga desde el sitio de la Fundación Rosa Luxemburgo.

El artículo original se puede leer aquí