La regla, el mes, el asunto, el período, la mens, “vino Andrés”, Juana la colorada, “me vino”, “estoy enferma”, indispuesta. Estás nerviosa: ¿estás menstruando? Estás histérica. A partir de la menstruación, te haces “señorita”.

La menstruación es una temática oculta y prohibida incluso, hoy en el siglo XXI. Si no es abordada por especialistas de la salud, las mujeres y las personas menstruantes no podemos decir nada porque se nos estigmatiza. ¿Cuánto tiempo más podemos dejar pasar este tema, sin hacerlo visible y hablar públicamente de lo que nos pasa? La sangre menstrual es un tabú; muchas mujeres sienten vergüenza de hablar de ella con total naturalidad. Es el sangrado vaginal normal que ocurre como parte del ciclo mensual de la mujer. Todos los meses, su cuerpo se prepara para un posible embarazo. Si esto no ocurre, el útero se desprende de su recubrimiento. A pesar de ser una parte natural del ciclo reproductivo, el concepto está cargado de una profunda contradicción: es sinónimo de fertilidad, pero también de vergüenza.

La civilización patriarcal tiene una marcada intención de encumbrarse en el poder para sojuzgar a las mujeres. Históricamente, la estigmatización sobre la menstruación está relacionada a la religión, ya que tanto en el Corán como en la Biblia se la asocia con la impureza. “Cuando a una mujer le llegue su menstruación, quedará impura durante siete días, el que la toque quedará impuro hasta el anochecer” (Levítico 15, Biblia).

Por lo tanto, nos enseñaron a odiar nuestros cuerpos y sus expresiones, a que nos sintiéramos avergonzadas de sus ciclos: la mujer no va al baño a hacer sus necesidades, no menstrua, nos da vergüenza ir a comprar protección, que nos escuchen pedir en voz alta un apósito o tampón, que se nos manche la ropa cuando nos sentamos, o porque realizamos alguna actividad física o nos dedicamos profesionalmente a un deporte. Ni hablar del gasto desproporcionado que nos lleva a ocultar los procesos de nuestra biología femenina: miles de niñas de todas partes del mundo que integran los grupos de riesgo, las más pobres, las de clase media desocupadas, tienen que dejar sus actividades escolares, recreativas o culturales por no tener dinero para comprar las toallitas, tampones o la “copa menstrual”. Pero este sistema, no bastándole con todo esto, además nos cobra un impuesto altísimo al cual se le llama: “el impuesto rosa”.

Este sistema económico nos impone a las mujeres y personas menstruantes un gasto excesivo y a los laboratorios que fabrican insumos de gestión menstrual, les suben las acciones en la bolsa según el consumo. A nivel mundial, las mujeres y las personas menstruantes estamos pidiendo que en este gasto se considere en la baja de los impuestos o que sea subsidiado.

A su vez, estos insumos generan toneladas de basura no reciclable y pueden tardar hasta años en degradarse. Son residuos patógenos que, en general, no se tratan adecuadamente y su fabricación tiene un gran impacto ambiental: requiere del uso excesivo de materiales plásticos, químicos contraindicados para la salud humana, agua, y el desmonte de los bosques nativos a escalas industriales. Existe la posibilidad de una gestión menstrual sustentable, con productos que por sus características puedan ser reutilizados en largos períodos de tiempo y disminuirían la generación de residuos no reciclables ni biodegradables.

Lo que le sucede a nuestros cuerpos se oculta, se invisibiliza por vergüenza o culpa, de esta manera el sistema aprovecha para generar modelos hegemónicos solo para sus fines violentos.

Gracias a las nuevas generaciones que lo visibilizan, estamos en una lucha permanente para modificar estas condiciones de vida.


Ref: Plan Nacional de Gestión Menstrual sustentable: https://twitter.com/danyvilar/status/1324018778137677825/photo/1
Ref.: Pérez San Martín, Paula. Manual introductorio a la Ginecología Natural. Buenos Aires, Argentina: Ginecosofía Ediciones, 2015.