Ucrania, la de verdad, la de antes, fue la República más privilegiada de la Unión Soviética. Sus 603 549 kilómetros cuadrados la convertían en el país más grande de Europa, heredando de la URSS el nivel de vida promedio más alto, un tercio de su potencial económico, las tierras más fértiles del continente, una insuperable ubicación geográfica entre Europa Central, Turquía y Rusia, un privilegiado clima continental y mediterráneo y para el momento de la declaración de independencia, éramos casi 52 millones de habitantes, todos bilingües, el 76% con educación universitaria, lo que nos ponía en el décimo lugar del mundo.

Ucrania como país ha sido un invento netamente soviético, dentro de la gran utopía de un estado socialista multinacional y multicultural, unido alrededor de los valores del internacionalismo y la hermandad entre los pueblos. En la primera década de la existencia de la URSS, el idioma ucraniano por primera vez en su historia fue reconocido como lengua oficial, en la República Soviética Socialista de Ucrania se inició la educación estatal en ucraniano con fuertes incentivos para el desarrollo de la cultura local, prohibida y perseguida en los tiempos del zarismo. Dentro de la Unión Soviética a Ucrania se le agregaron varios territorios, desde la región de Donbass (el centro minero de carbón más rico de la zona), Crimea (el balneario más famoso de Rusia), y los territorios de los Cárpatos (lugares de una gran belleza natural y una larga tradición cultural ucraniana que se encontraban antes bajo un largo dominio imperial austro húngaro y polaco). El gobierno soviético apostó por el desarrollo de la industria ucraniana y antes de independizarse, el país manejaba altísimas tecnologías espaciales y su fábrica de aviación “Antonov”, alcanzó a fabricar el avión de carga más grande del mundo AN-225 “Mriya” (“Sueño”). Esto sucedió en 1988 y existe solo un avión. Hace poco la OTAN renombró el “Sueño” en “Cossack”.

Dentro del desafío tecnológico en la Ucrania de entonces, se construyeron 5 centrales atómicas, entre las cuales está la de Zaporozhie con sus 6 bloques energéticos, siendo la más grande en Europa. Aunque la más tristemente célebre es la de Chernobyl, que en la noche del 26 de abril de 1986 sufrió un trágico accidente que expuso a la mitad del viejo continente a un riesgo de contaminación atómica sin precedentes. Lejos de la versión manipuladora de la famosa miniserie, las peores consecuencias posibles de la catástrofe fueron superadas gracias a la capacidad de movilización de un enorme país y a la participación voluntaria de cientos de miles de héroes anónimos de toda la URSS. Da miedo imaginar qué hubiera sucedido si el cuarto reactor de Chernobyl explotara hoy, en medio de tanta inoperancia, corrupción y la descomposición del poder.

Desde el momento de la seudoindependencia del país, con un empeño especial sus autoridades conmemoran las fechas del otro famoso “crimen del comunismo”: Holodomor, la hambruna del campesinado en los años 1932-1933, cuando por órdenes del gobierno soviético, en el campo se requisaban las cosechas enteras para proveer el proyecto de rápida industrialización del país, cuando los brutales errores administrativos en las decisiones tomadas por el poder centralizado coincidieron con años de muy malas cosechas; un verdadero crimen de estado que provocó entre 2 y 4 millones de muertos. La propaganda nacionalista del gobierno presenta esto como una “prueba” del genocidio del pueblo ucraniano por parte de los comunistas rusos. Pero pasó no sólo en Ucrania y no solo con ucranianos. En el mismo periodo una similar tragedia se vivió en una gran zona agrícola del centro sur de Rusia, Siberia y de Kazajstán. En vez del rigor histórico, en la narrativa se aplicó el cliché ideológico con el claro objetivo anticomunista y antirruso, que en Ucrania siempre van unidos.

En la Segunda Guerra Mundial, que para el pueblo ucraniano y todos los pueblos de la ex Unión Soviética, siempre quedará como la Gran Guerra Patria – a pesar de la prohibición de este término por parte de las actuales autoridades de Kiev – en Ucrania murieron una de cada 6 personas. El mayor ejercicio de exterminio de judíos por parte de los nazis de una manera directa, «manual», cuando todavía no usaban sus formas industrializadas para asesinarlos con gas, se hizo en una enorme quebrada de la capital ucraniana llamada Babiy Yar, en octubre del 1941, cuando los alemanes recién tomaron Kiev. En los territorios soviéticos ocupados, los fascistas aniquilaron cerca del 96% de la población judía. En Babiy Yar, los nazis y sus colaboradores nacionalistas ucranianos fusilaron entre 200 y 300 mil ciudadanos soviéticos. Una enorme mayoría de ellos fueron civiles judíos, mujeres, niños y viejos. Algunos años después, antes de abandonar Kiev, frente a la contraofensiva del Ejército Rojo, los genocidas durante varias semanas desenterraron y quemaron los cadáveres en Babiy Yar. Durante años el fondo de la quebrada no era otra cosa que grises metros de cenizas humanas.

Las actuales leyes ucranianas igualaron la ideología comunista a la fascista, prohibiendo las dos, aunque los neonazis ahora son dueños de los espacios públicos hasta con protección policial. Las calles de Kiev y algunas colindantes al territorio de Babiy Yar llevan nuevos nombres de los nuevos “héroes” de Ucrania, nacionalistas, antisemitas y colaboradores de Hitler. El presidente de Ucrania Volodymyr Zelensky es judío. Su gobierno igual que el anterior recibe y cumple órdenes de la embajada norteamericana en Kiev.

Hace tres décadas los políticos – ex dirigentes comunistas que optaron por mutar en capitalistas – pidieron el voto por la independencia, prometiéndonos en un par de años más, un nivel de vida como el de Suecia y todas las libertades ciudadanas.

Monumento de Lenin en Kiev, foto de Oleg Yasinsky

Pasaron 30 años de la liberación de Rusia que siempre nos oprimía, según la doctrina oficial de los últimos gobiernos ucranianos, y ya no somos 52 millones… Simplemente ya no sabemos ahora cuántos somos: Según unas fuentes somos 44 y según otras no más de 38 millones; con la mortalidad que sigue superando a la natalidad, la emigración laboral creciente. Lo que sí sabemos, es que vivimos en el país más pobre de Europa, cuya población cada hora disminuye en 47 personas y si seguimos así, la población del país llegará a finales de este siglo a 22 millones. El idioma natal de la mayoría de los ucranianos (el ruso) está restringido en su uso institucional por no ser el “idioma oficial”, y de 15 mil escuelas del país, solo 125 dan clases en ruso. Nadie prohíbe hablar ruso en la calle, pero con estas políticas las nuevas generaciones lo entienden cada vez menos. El sistema de salud estatal y gratuito está prácticamente destruido con las reformas neoliberales y ahora con el auge de la pandemia, según varios testimonios el tratamiento hospitalario de COVID en caso de gravedad media puede costar a la familia del enfermo cerca de USD 4500 y en el caso grave hasta USD 15000. El sueldo promedio mensual en Ucrania es de USD 530 y la pensión USD 140.

Para entender un poco lo que pasa ahora detrás de tanto ruido noticioso sobre una “inminente invasión rusa a Ucrania” retrocedamos un poco en la historia. Después de la proclamación de la independencia del país el 24 de agosto del 1991, que prácticamente puso fin a la existencia de la Unión Soviética, en el poder se turnaban gobiernos aparentemente democráticos, retóricamente reformistas, y lo único que les unía en su diversidad, fue que cada nuevo era un poco peor que el anterior. Es decir, un poco más corrupto, un poco más demagógico y lo más importante, cada vez con menos protección social para los ciudadanos. La vida se ponía cada vez más dura para la mayoría.

En el año 2013 el presidente Viktor Yanukovich – un corrupto oligarca de Donetsk, de orientación pro-rusa y con antecedentes juveniles penales de ladrón de gorros a los transeúntes, se apuntaba a presentar su candidatura a la reelección. Él era un tipo muy poco carismático, con alto nivel de rechazo en una gran parte del país, y sus asesores lo convencieron de abrir el espacio político a la ultraderecha nacionalista ucraniana, ya que solo compitiendo con los nazis él podría tener chance de ganar las elecciones. En ese momento Yanukovich ya era odiado por otros grupos oligárquicos del país, ya que siendo presidente no respetó ninguna de sus “reglas” y de la forma más brutal y cobarde tomaba control de todos los negocios que no le correspondían. Los viejos partidos políticos estaban totalmente impopulares y desgastados, y la pequeña izquierda muy dividida y poco influyente, -entre otras cosas producto de una eficiente propaganda anticomunista en todos los medios – así que casi la única fuerza joven, organizada y viva resulto ser la ultraderecha nacionalista, que de inmediato pasó a la ofensiva. Al principio del invierno del 2013 Ucrania discutía una posible entrada del país a la Unión Aduanera Euroasiática, creada unos años antes entre Rusia, Bielorrusia, Kazajstán y Kirguistán, como base para la construcción del Espacio Económico Unido, llamado a reestablecer los vínculos productivos y comerciales rotos por la desintegración de la Unión Soviética.

Los manifestantes anti-yanukovich unidos a los grupos nacionalistas exigieron al gobierno suspender la búsqueda de un acuerdo con la Unión Aduanera Euroasiática, insistiendo que la política de Ucrania tenía que girar hacia Europa, ya que “Ucrania es Europa” y debe liberarse de la “opresión rusa”. Las manifestaciones fueron apoyadas por las embajadas europeas y norteamericana y con un sutil manejo mediático de las protestas, el descontento masivo por la corrupción y la pobreza fue dirigido hacia la exigencia de un inmediato acercamiento político a la UE y la renuncia del Presidente. El epicentro de las protestas fue la plaza central de Kiev, Maidán de la Independencia, (la palabra turca “maidán” en ucraniano significa plaza). Las protestas masivas en el centro de Kiev duraron 3 meses, las exigencias se ponían cada vez más radicales y tras varios confusos accidentes, entre el 18 y 20 de febrero del 2014 las balas de francotiradores, desconocidos hasta el momento, mataron a cerca de cien manifestantes, según el actual gobierno ucraniano, fueron las “fuerzas del orden”, según el sentido común, a quien menos convenían esas muertes era al presidente Yanukovich, que sabía que significarían el fin de su legitimidad. Acto seguido, la renuncia y la fuga del legítimo presidente Viktor Yanukovich a la ciudad rusa de Rostov-na-Donu y la toma del poder en Kiev, por los manifestantes y los grupos nacionalistas armados, que no escondían sus ánimos antirrusos, acusando a Moscú de todos los problemas de Ucrania. Algo similar, pero con mucho menos violencia pasó en otras ciudades ucranianas, pero no en todas.

Es importante entender, que Ucrania es un país de una gran diversidad geográfica y cultural, y si su parte occidental, más campesina, históricamente siempre habló ucraniano y fue base de los movimientos nacionalistas antisoviéticos, la parte del sur y sobre todo del oriente (el actual Donbass), más industrializado, siempre habló ruso y culturalmente se sentía mucho más cerca de Rusia que de Europa. En general, en el país existen varios dialectos del ucraniano, que se diferencian bastante y en tiempos de paz hubo una larga y entretenida discusión: cuál de los dialectos debería ser considerado como la «norma» literaria. El riquísimo folklor mitológico y musical ucraniano desde hace siglos fue una fuente de inspiración para los más grandes artistas y escritores rusos. Antes del 2014, Ucrania parecía un ejemplo de una pacífica convivencia dentro de tantas diferencias y hasta los políticos más irresponsables entendían los riesgos de contraponer una parte del país a la otra. Pero el golpe de estado nacionalista en Kiev, presentado a los medios como “La Revolución de la Dignidad”, no fue aceptado por los habitantes de Donbass y varias ciudades del sur y oriente del país que tomaron, o intentaron tomar, los edificios administrativos expresando su rechazo a este cambio del poder. De ahí en adelante la prensa occidental los llamará “prorrusos”.

Pintura de los patriotas en Kiev, foto de Oleg Yasinsky.

Pocos meses después del triunfo de la “Revolución de la Dignidad”, cuando dos pequeños territorios del extremo oriente se proclamaron “repúblicas independientes”, el 14 de abril de 2014 el gobierno provisorio de Kiev inició la operación militar contra Donbass rebelde, llamándola oficialmente ATO (“Operación Antiterrorista”), acusando a sus adversarios de ser “terroristas rusos”. La primera etapa de resistencia de Donbass fue bastante improvisada, con muy pocos recursos, pero luego llegó la ayuda militar rusa, con tecnología, armas, algunos instructores militares y muchos voluntarios revueltos entre aventureros y románticos de la lucha antifascista. Del dado ucraniano, aparte del ejército nacional combatieron grupos paramilitares de ultraderecha, con presencia de voluntarios y mercenarios de otros países. La aviación ucraniana bombardeó las ciudades ucranianas de Donetsk y Lugansk, causando varias muertes entre civiles. Los combates de los primeros meses fueron especialmente sangrientos.

Un poco antes de la “Operación Antiterrorista”, en marzo de 2014 en la Península de Crimea, entregada a Ucrania en 1954 por Nikita Khruschev como símbolo de la “eterna hermandad entre el pueblo ruso y ucraniano”, se produjo una situación extremadamente tensa. La gran mayoría de los crimeanos, que son de la etnia e idioma ruso, no aceptaron el nuevo gobierno de Kiev y empezaron a recibir amenazas de los nacionalistas de enviar a la península “trenes de amistad” con paramilitares armados. Justamente en la ciudad de Sevastopol en Crimea está la base más importante de la flota militar rusa en el mar Negro, que es la única salida al Mediterráneo. Las autoridades autónomas de Crimea junto con el gobierno ruso, en cuestión de semanas organizaron un referéndum por la “reunificación” de Crimea con Rusia. Según los datos oficiales, en la votación participó el 84% de la población y casi un 97% de ellos votó a favor de volver a ser parte de Rusia. Incluso si estas cifras fueran exageradas y estuvieran calculadas con muchos elementos de fraude, nadie pone en duda que la mayoría de los habitantes de Crimea realmente apoyaron la idea de volver a Rusia.

Al contrario, para los nacionalistas ucranianos la anexión de Crimea por Rusia, fue la mejor “prueba” de que las “intenciones de Putin era acabar con la independencia ucraniana”. Por mucho tiempo, la situación con Crimea se convirtió en el centro de la propaganda oficial ucraniana y la mejor excusa para las sanciones económicas europeas contra Rusia.

En medio de muchas tensiones y una total incertidumbre para legalizar el nuevo poder ucraniano el 7 de junio de 2014 en Ucrania se realizaron elecciones presidenciales saliendo como ganador Petro Poroshenko, ex ministro, millonario, dueño de la corporación alimenticia “Roshen”, fabricante de los mejores chocolates del país. Putin reconoció el resultado de estas elecciones. Una de las principales promesas de Poroshenko fue devolver la paz a Ucrania. Aparte de no cumplir, bajo su mandato Ucrania profundizó su dependencia política de los EEUU, aumentó la retórica oficial antirrusa y cortó todas las comunicaciones terrestres y aéreas con Rusia. A pesar de eso las fábricas de Roshen siguen trabajando en Rusia y en las tiendas rusas como siempre se venden sus productos. Con el gobierno de Poroshenko, junto con la guerra en Donbass, se destruía el resto de la economía nacional y la población pasaba de la acostumbrada pobreza a la miseria de un país del “Tercer Mundo”. El principal culpable de todos los males de Ucrania era el omnipresente Vladimir Putin y su “guerra hibrida” contra Ucrania.

En medio del absurdo del gobierno del chocolatero Poroshenko, la tv ucraniana tenía un show humorístico de muy buena calidad, del equipo de “24 kvartal” (“Barrio 24”), que con un chispeante sarcasmo social criticaba al poder, a la guerra, a los oligarcas y a los burócratas. La gente admiraba la valentía y el humor de los jóvenes que se atrevieron en este momento a decir las duras verdades del país. El nombre del director artístico y el más destacado actor de este show era Volodymyr Zelensky. Por eso el país recibió con tanto entusiasmo la decisión de su artista favorito de querer participar en las elecciones presidenciales de 2019 para derrotar al oligarca nacionalista y militarista Poroshenko. Volodymyr Zelensky prometía el fin de la guerra, un gobierno con la gente y para la gente y la persecución judicial a los gobernantes corruptos, empezando por su antecesor. En la segunda vuelta Zelensky obtuvo más del 73% de los votos. Su partido “Servidor del Pueblo” sacó un 43% de los votos. El nombre del partido es el de una famosa película ucraniana hecha por el “24 kvartal” unos años antes, en ésta el actor Zelensky representa a un sorpresivo Presidente del país, soñado por millones, que rompe las reglas del juego de la clase política mafiosa y hace a su pueblo avanzar hacia un futuro europeo y civilizado.

Uno de los nuevos héroes Simón Petliura, nacionalista y antisemita , foto de Oleg Yasinsky.

Según el análisis zapatista en estos tiempos existen dos etapas de la conquista capitalista de los nuevos territorios: la primera consiste en la destrucción y el despoblamiento del territorio enemigo y la segunda, es la reorganización y el reordenamiento de la tierra conquistada para los intereses del nuevo dueño. A Petro Poroshenko le tocó la parte más sucia de la guerra que sirvió como una excusa y una coartada para la destrucción de la industria, la ciencia, la educación y la salud del país, poniendo sus ruinas humeantes aún, en manos de sus nuevos amos. Volodymir Zelensky está a cargo de lo que sigue: la ley sobre la tierra, que es una anti-reforma agraria para que las corporaciones puedan privatizar la tierra, avances tecnológicos e IT, para poner el país al servicio de los flujos financieros internacionales, la entrada de las transnacionales, la destrucción de los medios de comunicación críticos y los últimos ajustes legales para consolidar el control total del poder y hacer irreversible el dominio de los capitales extranjeros.

No fue Poroshenko, fue Zelensky, quien se negó a cumplir los acuerdos de Minsk para terminar la guerra en Donbass. También fue su gobierno que sin juicio ni ley cerró tres canales de la televisión opositora y varios medios que le incomodaban. Es su gobierno que cada mes fabrica largas listas de sus enemigos para quitarles sus derechos y propiedades, congelar las cuentas y dejarlos sin nada. No hay ni un solo político corrupto preso, pero está el Presidente y sus «servidores del pueblo» encabezando las cifras de evasión de impuestos en los Papeles de Pandora. Hay asesinos nazis con crímenes comprobados, que son liberados de las salas de los tribunales y personas detenidas y procesadas por usar un gorro con una insignia de la hoz y el martillo. Las páginas de internet rusas prohibidas y bloqueadas, los libros rusos prohibidos, el cierre de los medios y multas a los periodistas solo por poner en duda “la agresión rusa”. Los planes de los nuevos muros en las fronteras con Rusia y Bielorrusia y los conflictos diplomáticos con la mayoría de los vecinos, asesinatos de políticos y auto-atentados de los socios en el poder y un etcetera largo y triste. Un país destruido, saqueado y profundamente enfermo, donde los medios, día y noche mienten sobre la guerra con Rusia y el apoyo a Ucrania por parte de todo el mundo.

Prendiendo la televisión en Kiev, donde no paran los maratónicos debates de los políticos sin debate y sin política, uno se puede enterar de cosas surrealistas. Un experto afirma que por fin el mundo civilizado está rompiendo con China y la misión histórica de Ucrania es reemplazar a la China como proveedor de productos y servicios para este mundo civilizado, otro le interrumpe gritando que el Presidente es muy ingenuo y en los próximos días hay que armar a todo el pueblo para romper el culo al enemigo igual que siempre en nuestra historia, el siguiente dice que antes de atacarnos con tanques, Putin seguramente lanzará misiles y los patriotas deberíamos infiltrar al ejército ruso, uno más, grita que nuestros aliados occidentales no entienden que somos el único escudo del mundo civilizado para defenderlo de la barbarie asiática rusa y si no nos quieren en la OTAN por cobardes, por lo menos nos deben enviar suficientes armas y dinero… Con este tipo de pensamiento la televisión está regando al pueblo ucraniano desde el 2014. Sé que parece exagerado, pero lamentablemente no lo es.

Con el pasar del tiempo se hace cada vez más evidente que la Ucrania actual no es otra cosa que un proyecto de los grandes grupos económicos occidentales para desestabilizar al gobierno ruso, con el fin de llevar al poder en Rusia a otras fuerzas que no se opondrían al control total de las Corporaciones sobre sus enormes riquezas naturales, si es necesario dividiendo y enfrentando regiones rusas en varias guerras locales. Por eso, esta tarea de incomodar y provocar, buscando excusas para nuevas y nuevas sanciones y los escándalos mediáticos sobre su “natural agresividad”. Y lo segundo, tal vez mucho más importante que lo anterior: Ucrania es un laboratorio perfecto para todo tipo de ensayos en la desestabilización de Rusia por dentro. Prácticamente la misma cultura, con la misma mentalidad que reacciona de forma parecida a los mismos estímulos mediáticos y sicológicos. Para ensayar los futuros maidanes rusos, el mejor escenario es el Maidán de Kiev. En Rusia hay mucha injusticia y varios problemas sin resolver, así que para el descontento social no habrá problema. Al resto del proyecto lo complementan una lejanía del poder del pueblo y una enorme ingenuidad política de la gente, igual que en la Ucrania del 2013. El gobierno ucraniano se sostiene exclusivamente con el cuento antirruso, con mucha audacia instalado en los medios y la evidente falta de una sociedad civil madura y crítica. Muchos por razones económicas y políticas están fuera del país.

El gobierno de Zelensky es la mayor desilusión electoral del pueblo ucraniano. Del 73% de votos en las elecciones, su aprobación de hoy no supera un 25%. Entrando al invierno el país está enfrentando la mayor crisis energética de su historia: los recursos de carbón y de gas son mínimos, se prevén cortes de electricidad y calefacción sin soluciones claras, los precios de todo están disparados, y lo más grave y evidente es que no hay ningún proyecto a futuro. Ucrania sigue pidiendo más sanciones occidentales contra Rusia y Bielorrusia, mientras está comprando a Bielorrusia energía eléctrica de emergencia para evitar un colapso total. Esto cuesta aproximadamente 5 veces más que su valor normal. Pero no es todo. Hace un par de días se supo, que la energía eléctrica de emergencia no la compra el estado ucraniano directamente, sino que se revende por una empresa de Emiratos Árabes Unidos, según el esquema organizado por el jefe de la fracción de los Servidores del Pueblo David Arakhamia, donde al valor bielorruso se le agrega una comisión del 40%. Mientras, por los lejanos mares vienen hacia Ucrania los barcos con el carbón norteamericano, otra audaz acción patriótica cuya rentabilidad desconocemos todavía.

Está claro que en estas circunstancias un inminente ataque de Putin se ve inevitable. El Gobierno de Zelenski necesita la amenaza rusa como la única posible salvación de su gobierno de un desplome total. Incluso creando las reales situaciones de enfrentamiento, es decir, provocando y provocando. Secuestrando a los observadores militares en Donbass y luego atacando con dron turco, a pesar de todos los convenios y prohibiciones. Ahora hay una gran concentración de tropas ucranianas en Donbass y maniobras militares a lo largo de toda la frontera con Bielorrusia incluyendo provocativas incursiones de la técnica militar ucraniana a su territorio. Hace pocas horas un barco militar ucraniano violó la frontera marítima rusa y seguía su curso sin responder a las advertencias.

Rusia claramente no busca y no quiere este conflicto, pero obviamente respondería a un ataque ucraniano contra las repúblicas de Donbass, a la entrada de Ucrania a la OTAN y a la instalación de las armas de la OTAN en sus fronteras. El gobierno de Zelensky sigue ignorando estas advertencias, su ministro del exterior Dmitro Kuleba se destaca por su arrogancia y estupidez, prometiendo muerte a los “rusos si nos invaden” y rogando a la OTAN recibir a Ucrania. Y en los diarios tiroteos de Donbass sin paz y sin futuro siguen muriendo civiles y militares.