Con las elecciones de medio término encima, es hora de reflexionar fuertemente acerca del destino que nos cabe a los argentinos, votantes extranjeros residentes y a la ciudadanía en general. Una elección de medio término tiene dos ventajas insoslayables que colaboran a mantener el decoro de la forma democrática. Una es que debilita las chances deliberativas de los militares, pues cada dos años la gente debe preocuparse del debate electoral y no cae en los peligrosos letargos de períodos silentes que viven en el seno de otras naciones de la Región. La otra situación positiva es que la renovación de los legislativos nacionales, provinciales y departamentales hecha en fracciones del 50 por ciento cada 2 años, evita los cambios violentos de orientación de las mayorías de esos cuerpos. Obsérvese el desquicio que implica, por ejemplo, en Uruguay, un cambio de un día para el otro de las mayorías parlamentarias: un proceso de crecimiento de la economía y la seguridad social es destruido en minutos con la sanción de una megaley neoliberal de 500 artículos, 135 de los cuales son objetados y se supone generarán un pronunciamiento popular para su derogación en 2022. O sea, volviendo a nuestro eje, las decisiones de una cámara del Poder Legislativo Nacional son, en Argentina, mucho más conservables, dado que los cambios en la composición cameral son pausados con respecto al otro modelo explicado.

Luz sobre las elecciones de noviembre

Me cuestiono si los sucesos de las Elecciones Primarias de septiembre no terminarán en un cambio cuantitativo más vehemente a favor de la derecha (ultraderecha retrógrada, teóricamente fragmentada pero unida en su antiperonismo irracional, generando un engendro antipopular aliado a los designios del Imperio). De ello, la duda es si las conquistas de los trabajadores están amenazadas por el método que EEUU eligió para estas latitudes: mentira sistemática con prensa vendida repetidora de slogans inviables, sin usar una sola bala en este País. Antes yo pensaba que dicho plan era válido para todo el subcontinente; ahora comprendo que la represión chilena, la movilización de tropas ecuatoriana, el genocidio brasileño, el apriete destituyente peruano, el golpe boliviano y los asesinatos de líderes sociales colombianos, hondureños y guatemaltecos son un modelo de prestar las balas para que las disparen los esbirros. El resultado es el mismo: con mayor o menor civilidad y táctica, el militarismo inyectado desde el Norte se proyecta como una nube tóxica sobre nuestro futuro.

La representatividad de los elegibles

Mi segundo cuestionamiento es sobre el nivel de democracia que los sistemas representativos aportan hoy al común de las gentes. Porque rasgarse las vestiduras por la democracia no es la ruta que siempre lleva a la verdad. Si bien lo populoso de las naciones ha llevado a dejar en manos de algunos pocos el manejo de la cosa pública, la mayoría de esas personas han tomado decisiones inconsultas con sus representados, generando disconformidad y escepticismo sobre la importancia del Estado, y ello ha allanado el camino al oportunismo de la ultraderecha. Ya hablé anteriormente de Javier Milei; no le voy a dar más espacio. Si no fuera trágico, sería hilarante que estos detractores del Estado hablen de cambio. Claro, llevamos seis años con el repiqueteo de la palabrita “cambio”, que no es más que lo contrario: el retroceso a modalidades de sojuzgamiento de las mayorías con palabras de aliento para lo personal y desamparo para lo colectivo. El único cambio real que necesita Argentina y toda Latinoamérica es la imposición definitiva de una democracia participativa, ecologista, apoyada en la experiencia de los pueblos originarios y con una vigilancia legal férrea de las masas ante los riesgos de trustificación de lo producido (incluída la tierra en que se trabaja), marcación de precios en alimentos, salud e indumentaria, y operaciones financieras que desvían el capital hacia una salida no productiva.

¡Las lecciones ahora las dan los aplazados!

Entonces, a dos semanas de una elección legislativa, las preguntas que debe hacerse el votante no son sobre la continuidad de las personas, sino sobre la mantención de las conquistas de los sectores asalariados y el mejoramiento de la vida de quienes no tienen un trabajo estable. A partir de un discurso irracional y mediático, hoy resulta que los mismos que rebajaron el Ministerio de Salud de la Nación a Secretaría pontifican en sus medios amigos cómo debieron testearse y vacunarse los ciudadanos. Los mismos que se endeudaron en mi nombre en 2018/19, ahora andan por sus televisoras obsecuentes explicando, nunca se sabrá cómo, que hacer desaparecer la indemnización por despido traería mayor contratación de trabajadores. Lo gracioso es que los periodistas (porque de algún modo hay que llamarlos) olvidaron lo que les dijeron en la primera clase sobre “entrevistas”: no repreguntan; todo lo que dice el caradura de turno es así y punto. Lo peor del periodismo fascista está instalando en la población la idea de que los comercios y empresas pequeñas fueron a la quiebra por el largo de la cuarentena; que el teatro, la música y los gimnasios cerraron sus puertas por capricho de médicos indolentes. Los que hasta 2019 no podían superar el circuito “prueba y error”, ahora se doctoraron en Harvard y La Sorbona.

El gran tema de la presencialidad escolar es otra edición de la caradurez de la derecha. Nunca les importó un bledo el funcionamiento de las escuelas, cerraron todos los cursos nocturnos que pudieron, una gobernadora dijo que para qué había tantas universidades en la Provincia de Buenos Aires si los pobres no van a la universidad, dos personas volaron en pedazos por una mala instalación de gas en un colegio de su misma jurisdicción, y ahora prometen ir a buscar uno por uno a los chicos que dejaron la escuela. La mayoría de los chicos que abandonaron sus estudios lo han hecho porque ellos le sacaron las computadoras que antes del 2015 le habían otorgado y porque sus secuaces presionan y se tiran de los pelos si el Presidente dice que la conectividad es un derecho humano y no puede subir libremente de precio. Claro, siempre hay tiempo para amenazar con “si no aumenta, el servicio va a ser defectuoso”.

Aviso de embarque para todos y todas

Cuidado: los responsables de no tragarnos la píldora somos nosotros. Se necesita ser muy torpe para no ver que un gobierno recién instalado, lidiando con una deuda monstruosa que no contrajo, necesitaba una cuarentena larga para reorganizar un sistema de salud fláccido e indolente. Lo que hoy se pide a la coalición que gobierna es que haga lo que dijo, y eso no es más que la lógica de la promesa. Es la respuesta a un Presidente que abrió su ciclo diciendo “si no cumplo, háganmelo saber”. Es que recién hoy es momento de analizar a fondo temas como el valor del salario, las jubilaciones, la autoridad sobre los precios, la soberanía portuaria y marítima, y otros temas como las reformas judiciales. Si la movilización callejera de infinidad de pequeños grupos populares organizados en disidencia con las actitudes del gobierno es para que se entretengan los periodistas de la derecha, deberían los dirigentes buscar otra forma de visualización que no permita el crecimiento de los medios fascistas. Si no les importa contribuir a la derrota electoral de la coalición de gobierno, avísenme. Porque yo no soy sólo un observador, vivo aquí y tengo alguna experiencia en el camino de la derecha latinoamericana. Y a todos los disconformes, les quiero recordar que es el último aviso de embarque para zarpar hacia la recuperación. Presionen al Presidente pero no permitan el regreso de los neoliberales ni el crecimiento de los nuevos fascistas disfrazados de agnósticos del Estado. No estoy con ninguna fracción del oficialismo, pero no quiero dejar este Mundo viendo a los burgueses brindando con el sudor de los trabajadores. No por mí, sino por la sangre ya derramada en el Mundo en honor a mis principios. El último vuelo al optimismo sale de la clase trabajadora. Después, el viaje será hacia el sofisma. Y en el sofisma sólo se puede lograr dolor, desatención, resignación y sobre todo sentirse un estúpido engañado. Señor, muéstreme su boleto.