Mientras se celebraba con euforia, en 1990, el llamado retorno a la democracia, se me ocurrió invitar a mis hijos al parlamento ahora reinstalado en Valparaíso. Quise que tuvieran la experiencia de observar una sesión legislativa y, sobre todo, escuchar a los flamantes representantes del pueblo después de tan prolongados años de interdicción ciudadana.

De niño, concurría frecuentemente a las sesiones de la Cámara de Diputados y del Senado a solazarme con la oratoria de muchos de sus integrantes. Escucharlos bregar entre ellos, pero siempre haciendo gala del buen uso de la palabra. Incluso para descalificarse. Me parecían absortos en su oficio, sobre todo porque en aquel tiempo no existían todos estos artilugios del presente para descubrir a los que dormitan o se ocupan de otros afanes sin importarles mucho de la materia en tabla. No había cámaras ni grabadoras tan indiscretas como las de hoy que hasta han sorprendido a algunos parlamentarios en una enajenada revisión de páginas pornográficas.

Las sesiones eran públicas y muy pocas veces los observadores espetaban a los legisladores sin que fueran rápidamente desalojados de las tribunas. Existía un respeto reverencial por la política y a todos nos enorgullecía contemplar cómo se hacían las leyes y la forma en que los diputados y senadores alcanzaban acuerdos. De esta forma, los jóvenes que contemplábamos estos ritos oratorios aprendíamos a valorar la democracia y la necesidad de coincidir muchas veces con el adversario, en lo que después se denominó eufemísticamente “política de los acuerdos”. Ahora pienso, sin embargo, que siempre fuimos muy pocos los que tuvimos esta experiencia y que la inmensa mayoría de los chilenos jamás pisó estos templos de la institucionalidad republicana, reconociendo a quienes los representarían solo en el tumulto de las concentraciones y en los afiches de propaganda, donde la demagogia y la mentira siempre estuvieron muy plasmadas. En todo tiempo y lugar.

En la crónica que escribí a mi regreso a Santiago aludí, entonces, a la frustración y vergüenza que sentí al escuchar una sesión en que ya no quedaba rastro de la grandeza del pasado. Mis hijos y yo pudimos ver a un conjunto de parlamentarios que poco o nada les interesaba lo que se estaba tratando. Embebidos en sus computadores personales y teléfonos portátiles bajo un sordo bullicio en que no se manifestaba respeto alguno por los oradores de turno. Incluso, los más descarados desplegaban los diarios sobre sus piernas o interlocutaban amenamente con secretarias y aquellos múltiples asistentes que les traían papeles, transmitían recados o les servían café, mientras que entraban y salían apresuradamente de la sala en que, por lo demás, se notaban demasiados escaños vacíos.

Así todo, permanecimos cerca de una hora allí y nos propusimos escuchar a unos cuatro o cinco senadores lo que finalmente resultaría un verdadero fiasco a mis intenciones podríamos decir pedagógicas. Lo que escuchamos fue un conjunto de obviedades y lugares comunes, frágiles argumentaciones y, en varios casos, hasta procazmente planteadas. Pareciera que ninguno de estos senadores, en este caso, había cursado siquiera las humanidades a juzgar por sus limitaciones en el uso del castellano y pobrísima solvencia intelectual sobre el tema. Lo peor es que entre todos estos el único que lo hizo lucidamente fue el senador de la UDI Jaime Guzmán, acaso el más pinochetista de todo el hemiciclo y al que hasta hoy se le atribuye la autoría de la Constitución de 1980.

A él, lo había conocido en mis tiempos de estudiante de la Universidad Católica militando ambos en trincheras muy opuestas, aunque siempre le había reconocido su talento, sentido del humor y carisma. Al menos hasta el Golpe Militar en que por los pasillos de la Casa Central de este plantel a viva voz advertía que “los únicos comunistas buenos eran los muertos…”. En un momento de extremo dolor y en que numerosos profesores y estudiantes concurrían penosamente a retirar sus pertenencias y a despedirse de su Alma Mater, en que recién asumía como rector delegado un efectivo de la Armada que lo primero que hizo fue depositar su pistola o revólver sobre el escritorio que habían ocupado las máximas autoridades del plantel.

Mi sorpresa se transformó en rubor por el contraste entre Guzmán Errázuriz y los demás oradores de la Cámara Alta, al grado que decidí retirar a mis hijos lo más rápidamente de allí para dedicarnos a recorrer la ciudad porteña con sus cerros y ascensores, panorama que al ellos y a mí nos resultó mucho más gratificante. En un lindo día de sol, por lo demás.

Jaime Guzmán fue el adalid de la extrema derecha y debemos reconocer que con su asesinato de apagó una de las más lúcidas figuras del Parlamento y la política. Efectivamente, gracias a su verbo, claras convicciones y perversos designios, llegó a ser la principal figura dentro de un sector que estaba saliendo muy a regañadientes de La Moneda. Porque a él, sobre todo, hay que imputarle la continuidad de los propósitos de la Dictadura, la larga impunidad de Pinochet y de sus secuaces en materia de violaciones de los Derechos Humanos, así como la extensión de un sistema económico y social que hasta ahora es el causante de esa enorme desigualdad entre los chilenos. Además de la escandalosa concentración de la riqueza y otros horrores escritos con letra de molde en la Carta Fundamental de 1980.

Se trataba, como después de comprobó, de que nos costará mucho desandar lo recorrido mediante aquellos tramposos preceptos constitucionales que todavía nos rigen al escribir estas líneas. Sobre todo, si se reconoce que este texto y otros lograron seducir a las principales figuras de la Concertación, cuyos gobiernos cayeron de hinojos ante el legado de Pinochet durante estos últimos treinta años y cada vez que asumían un alto cargo juraban respetar irrestrictamente la Constitución del Tirano. No es extraño, entonces, que algunos de los admiradores de Guzmán, como el UDI Pablo Longueira, o el propio senador Gabriel Valdés, aseguraran seguir viéndolo en milagrosas apariciones del extinto.

Su rancia ideología era defendida y promovida con su refulgente oratoria. Ciertamente, hablaba de corrido, sin perder el hilo y parecía que cada cosa la traía bien pensada. Con él es con quien mejor comprobé la certeza de esa máxima evangélica de que “los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”. Claro, con su palabra sagaz me temía que hablaba en realidad el demonio y que su beata religiosidad no era más que una completa impostura. Sobre todo, al conocerse, después, episodios de su vida personal que nada nos hablan de que haya sido un santo varón, o un apóstol del bien, como han querido verlo sus fanáticos discípulos.  Hechos, sin duda, que no tienen que ver con el tema de esta crónica, ni menos cuando ya no puede defenderse por sí mismo. Aunque podrían legítimamente difundirse si se considera que “la vida privada de los hombres públicos, es pública”, tan como lo defendemos los periodistas.

Lo que no podemos dejar de reconocerle al fundador de la UDI es que se trataba de una persona bien instruida, que recurría con destreza a la historia y fue muy delicado con nuestra lengua para defender sus ideas. Hasta hoy, nadie en la derecha ha logrado igualar su verbo y mucho se cree que, si no hubiese sido ultimado, Sebastián Piñera no habría sido capaz de disputarle su liderazgo. Paradojalmente, con su muerte, todos los chilenos nos condenamos a los dos gobiernos de este voraz empresario, como a su discurso obsesivo y majadero. Plagado, además, de barbarismos y tosquedades que habrían mortificado mucho a Guzmán, quien sin duda tenía mucho mejor formación intelectual que este.

El líder de la Patria Joven

Eduardo Frei fue el primer presidente que materializó importantes cambios en el país, aunque estos no alcanzaron a ser profundos, irreversibles o revolucionarios. Su sexenio está lleno de realizaciones ulteriormente valoradas por sus numerosos detractores. Tanto que, después de haber sido uno de los principales instigadores y defensores del Golpe de Estado de 1973, se convirtiera en la principal figura opositora del régimen castrense. De no haber sido también asesinado, qué duda cabe que habría sido él nuevo jefe de estado con el apoyo irrestricto de demócratas cristianos, socialistas y comunistas y otra serie de referentes políticos y sociales.

La oratoria de Frei fue siempre pulcra y con propósitos siempre claros y determinados. El líder de la Patria Joven logró con su palabra encantar transversalmente a las generaciones de chilenos. Su palabra articulaba el pasado con el futuro y, aunque retóricamente no fue tan brillante, su voz transmitía seguridad, confianza y credibilidad.

Fuimos muchos los que pensamos que, con su triunfo, Chile se abriría a una nueva era en nuestra historia política. La multitudinaria marcha de miles y miles de jóvenes a Santiago, al final de su campaña presidencial, fue uno de los episodios más épicos y esperanzadores en el anhelo y la promesa de redimir los pobres, especialmente a los campesinos y obreros que vivían en la extrema pobreza. En ningún caso su administración fue un gobierno de simple continuidad, pero sin duda dejó mucho por desear. Hay que recordar que en la euforia demócrata cristiana se decía, entonces, que este partido estaría llamado a gobernar por unos treinta años. Sin embargo, solo pudo conformarse con seis, y ciertamente, abrirle rápida opción a la Unidad Popular.

Frei hablaba preciso y con sus notables inflexiones de la voz lograba conmover tanto como con sus contenidos y promesas. Adoptando, además, una entonación que siempre es indispensable en los buenos oradores y cantantes. Pero hay que reconocer que sus escritos son todavía más certeros y seductores que sus discursos improvisados; incluso, se dice mucho que sus mejores arengas las preparó con el aporte de sus buenos asesores y operadores políticos. Contrario a otros jefes de estado, Frei sí escuchaba y trabajaba bien con sus colaboradores.

Basta revisar todo lo que escribió en la revista Política y Espíritu para comprobar su talla intelectual, su gran capacidad para acoger el aporte de los grandes autores socialcristianos de la época, gracias a los cuales la propia iglesia romana se vio obligada a torcer su vacilante rumbo y destacar encíclicas sociales y pontífices mejor inspirados en el mensaje evangélico.

Mejor todavía que su discurso público resultaba su palabra ante auditorios limitados, donde sacaba a relucir su rico vocabulario, sus nutridos conocimientos sobre el mundo de las pos guerras mundiales, así como su inspirada e irreductible visión de lo que se avecinaba en el campo del socialismo y del comunismo. En estos casos, lucía su vocación de maestro, y sus ideas parecían todavía más convincentes y fundadas. Había que masticarlas concienzudamente, después, si se quería descubrir sus flaquezas. Porque, de primera, su palabra parecía convencernos a todos los que lo escuchábamos. Sobre todo a los más jóvenes.

Estamos seguros de que, aunque obstinado, Eduardo Frei se dio cuenta de que su programa de gobierno perdió vigencia rápidamente en aquellos años de demasiada prisa o ansiedad por los cambios. De allí que su Reforma Agraria al poco tiempo se hiciera corta y conservadora, como que su “chilenización” (solo con expropiar el 51 por ciento) del cobre se estrellara a poco andar con la idea de nacionalizar, en realidad, toda nuestra gran minería.

Lo que hay que reconocer al respecto es que, en el discurso, en Frei no hubo oportunismo ni demagogia. Se quedó, desgraciadamente, en lo que había prometido, lo que condenaría a la postre a su Partido a ser rápidamente superado por las expresiones más vanguardistas tanto de su propia colectividad como del mundo político izquierdista. Ya había dicho que “ni por un millón de votos cambiaría una coma de su programa”, lo que resultaba fatal para un país que demandaba cambios revolucionarios. Consecuencia ideológica o capricho de Frei que, en todo caso, parece muy extraño a los habituales “acomodos” de la política.

Frei seguramente se equivocó mucho en su vida política. Se dice que fue mezquino con algunos de sus camaradas y obtuso respecto de quienes, al igual que él, abogaban por un Chile más justo. Pero resultó notable en su discurso en el Teatro Caupolicán con motivo del plebiscito convocado por Pinochet y que le resultara fatal al dictador en sus pretensiones de perpetuarse en el poder. Allí,  cada una de sus palabras fue precisa y convincente y posiblemente su contenido fue mejor que la forma ante un recinto lleno de sus viejos adversarios que, sin embargo, lo vitorearon con entusiasmo, abandonando el Teatro mucho más convencidos de que “Frei era el hombre”. Más todavía que muchos de sus camaradas que todavía no le perdonaban haber justificado ante el mundo la insurrección militar. Siempre he pensado que, más que diferencias ideológicas, es esa mezquindad la que no pudo superar Frei con el triunfo de Allende, su histórico contendor, pero de quien se sabe fue su amigo y colega en el Parlamento donde se los vio muchas veces coincidiendo. En lo que hoy se llama “amistad cívica”.

Debo agradecer la oportunidad que me dio la Fundación Frei de oficiar como uno de los editores de un conjunto de discursos, entrevistas y escritos del ex Presidente, lo que debiera convertirse en lectura obligada de los jóvenes que se incorporan a la política con tantos baches en su formación intelectual y, corrientemente, irrefrenables ambiciones personales y con un alto grado de soberbia. Desconociendo el legado de los tantos y auténticos servidores públicos que los antecedieron.

En estas Obras Escogidas del eminente político no solo están sus artículos, sino varias de sus entrevistas y cartas, como aquella que le enviara a Mariano Rumor, a la sazón presidente de la Unión Mundial de la Democracia Cristiana. Quizás este el más polémico texto de Frei por la justificación que hace del derrocamiento de Salvador Allende, aunque asegura que nunca su partido sería parte del Gobierno Militar y que todos los empeños de él como de su colectividad se concentrarían en la recuperación de la democracia.

En una larga entrevista que le otorgara a la destacada periodista Raquel Correa se aprecia este celo de Frei acerca de un conjunto de dirigentes políticos de su tiempo. En ellas se resiste a opinar de algunos camaradas como Rafael Agustín Gumucio y opta por decir que no conoce a algunos importantes líderes de la izquierda como el senador comunista Volodia Teitelboim, mientras se niega a opinar sobre Allende y a otros los fustiga abierta y ácidamente.

Curiosamente, respecto de Radomiro Tomic dice que “es un amigo de toda la vida, un demócrata cristiano leal y un hombre brillante” … Pero donde se prodiga en afectos es en relación a personajes mundiales como lo narra en su crónica respecto de su encuentro en Florencia con Giovanni Papini y en cartas que intercambia con Jacques Maritain y otros pensadores y líderes europeos como Konrad Adenauer, donde hace gala del conocimiento que tiene de la historia, de los recientes conflictos europeos, así como su admiración por los procesos de Francia, Alemania e Italia después de las guerras mundiales. Particular devoción expresa, además, por las encíclicas sociales de Juan XXlll y Paulo VI, en que testimonia su fe religiosa y admiración por los evangelios. Hace suya la frase también de Charles Péguy en cuanto a que la revolución es moral o no será posible… lo que marca buena parte de sus escritos y discursos.

Su brillante alocución al culminar esa asombrosa marcha de la Patria Joven es retóricamente su mejor discurso y en que hace un símil entre los jóvenes que llegaban por miles a Santiago y desde todo el país con aquellos chilenos que destacaron en los momentos más notables de la historia nacional, refiriéndose a la patria y a sus banderas como las mismas que se portaron de 1810, 1879 y 1891.

Ni un paso atrás  

Radomiro Tomic fue siempre el principal contendor de Frei, aunque siempre dentro de lo que los falangistas llamaban “fraternidad demócrata cristiana”. No hay duda de que se trata de dos enormes líderes políticos prácticamente igualados en inteligencia, cultura, idearios y, por supuesto, con el don de la palabra. Era difícil que los dos cupieran en una misma organización sin que cultivaran recelos mutuos.

De brillante trayectoria y descollante oratoria en el Senado de la República, Tomic ya había recibido el reconocimiento de ser el mejor egresado de la facultad de Derecho de la Universidad Católica de Chile. Llegó al Parlamento antes que Frei, pero eso le dio tiempo y espacio a éste para llegar a La Moneda y nombrar, después, a su camarada como embajador en los Estados Unidos. En un tiempo en que se desarraigó mucho del país y cuando le tocaba suceder a Frei en la Presidencia no alcanzara a sumar los apoyos y votos necesarios para sobrepasar a Allende. La leyenda negra dice que Frei quiso tenerlo lejos de su Gobierno, receloso como siempre se demostró de su oratoria y capacidad de seducción. La embajada de Tomic fue a la postre una errónea decisión no solo para él sino para esa Democracia Cristiana que –como lo dijéramos- pretendía quedarse largo tiempo en el poder y que como colectividad siempre se planteó como una alternativa al capitalismo y a la derecha, como al marxismo y la Unidad Popular.

Este recelo entre los dos líderes se me hizo manifiesto en un concurrido almuerzo en que se celebró el Premio Nacional de Periodismo otorgado a Emilio Filippi donde la concurrencia obviamente esperaba que hablaran ambos dirigentes. Sin embargo, fui testigo de una nota que le envió Frei a Tomic, ambos en la mesa de honor, para sugerirle que ninguno de los dos hiciera uso de la palabra, lo que resultó muy extraño y poco fraternal con su camarada Filippi. A la salida del acto, Radomiro Tomic me advirtió que a Frei no le gustaba hablar donde también lo hiciera él, reconociendo que su palabra era capaz de avivar a los asistentes más que su verbo más reposado, considerando, además, en este caso su condición de Jefe de Estado.

Y en efecto Radomiro Tomic siempre era arrollador cuando hablaba. Derrochaba ideas y emociones. Era capaz de conmover a cualquier auditorio con su verbo culto y encendido. En los anales del Senado y en un libro que recoge sus principales discursos se puede apreciar esta doble condición, alimentada además por su inteligencia y fervor político. Cómo no considerar su famosa intervención en contra de La Ley de Defensa de la Democracia de González Videla (La Ley Maldita) que titulara “Capitalismo, Comunismo y Democracia Cristiana”, precisando con lucidez las diferencias entre estos tres caminos o macrovisiones, pero sobre todo en el ánimo de defender el derecho de toda la izquierda de participar en política. Un texto que siempre debieron tener presente quienes con los años proclamaron que “con Tomic ni a misa” o que “hacía pipí frente al viento”, cuando este planteó la necesidad de consolidar la unidad política y social del pueblo. Otra de sus lúcidas y visionarias ambiciones, a juzgar por el costo que Chile pagó por la división hasta hoy de las expresiones progresistas.

El ex senador DC Ricardo Hormazábal da cuenta en un libro de una conversación que tuvo con don Radomiro en que este se mostró muy dolido del rechazo y los fustigamientos que se le hicieron desde el Partido Comunista y en que le contó una conversación que tuvo con los años en La Unión Soviética con altos dirigentes del país quienes le aseguraron que, de haber sido elegido él como presidente de la República, no habría habido golpe de estado en Chile ni esfuerzo de la superpotencia por conspirar contra Allende.

Uno de los principales méritos de Tomic como orador fue su capacidad de visualizar el futuro y darle vigencia largo tiempo a sus ideas. Notable fue su esfuerzo por reclamar hasta la muerte la necesidad de recuperar nuestros yacimientos y empresas de cobre, advirtiendo que nuestro metal rojo sería tan estratégico como hoy podemos comprobarlo fehacientemente. Tanto que de haber tenido nuestro control y exigido un precio razonable nos tendría convertidos hace tiempo en una potencia mundial. Así como en el plano más político y contingente nos legara esa lúcida sentencia tan recurrida hasta hoy de que “cuando se gana con la derecha es la derecha la que gana…”

Durante el primer gobierno de la posdictadura, otra vez a Tomic se le pidió que abandonara el país y nos representara como embajador, ahora, en las Naciones Unidas de Ginebra. Su personalidad y solidez moral asustaban a los Aylwin, los Boeninguer, los Correa y otros concertacionistas, que se propusieron como objetivo co gobernar con la derecha, los militares y los grandes empresarios Calculando, sin duda, que personajes como él, el doctor Juan Luis González o el jurista Manuel Sanhueza, tres inclaudicables luchadores contra la Dictadura, les resultarían muy incómodos, al igual que la prensa disidente que se propusieron sepultar lo antes posible. De allí, entonces, que a los tres se les destinara a embajadas en Europa para mantenerlos lejos de la contingencia nacional.

Difícilmente haya otro político chileno que advirtiera con la misma lucidez y convicción de Tomic el inminente quiebre institucional de 1973. Contrasta su esfuerzo con el de muchos militantes de su partido que desde la primera hora del gobierno de la Unidad Popular se dedicaron a alentar el Golpe de Estado y la tragedia después desastrosa. Pese a los desaires que había recibido desde la izquierda marxista, constan sus cartas y discursos en favor de que su partido se comprometiera con un proceso “socializador y democrático” en convergencia con las fuerzas socialistas para objetivos de largo alcance “.  “En la larga lucha por sustituir las estructuras capitalistas, decía, hay un largo trecho que puede ser recorrido en común…”.

Notable fue su carta al presidente de la Democracia Cristiana, Patricio Aylwin, en que le señala que buscar la unidad de acción entre todos los opositores a Allende (es decir con la derecha) sería “un error fatal para la DC y mortal para la democracia en Chile. “Ello cerrará definitivamente, le advierte, toda posibilidad de diálogo con el Gobierno y sellará el enfrentamiento violento y sangriento como único desenlace…”

En su calidad de católico y chileno le envía también una última misiva al cardenal Raúl Silva Henríquez en que le agradece el llamado de los obispos para evitar el enfrentamiento armado y la guerra civil en nuestra Patria. “Como si se pudiera destruir al adversario, señala, sin destruirse así mismo cuando se pertenece a un solo pueblo”.

Después de 1990, tuve el privilegio de recibir regularmente todas las intervenciones de Tomic en aquel Foro Internacional de Ginebra, donde pronunció discursos de una enorme clarividencia y en los que advirtió muy dramáticamente lo que podría sucederle al mundo de no concretarse los objetivos de cooperación para acabar con los abismos de desigualdad entre las naciones como al interior de nuestros pueblos. Ciertamente que desde fuera de Chile le resultaban muy perturbadores y desilusionantes los espurios acuerdos cívico militares, aquella acotada “justicia en la medida solo de lo posible” (Aylwin) y la misma corrupción alimentada tanto por el olvido o postergación de las convicciones políticas y éticas. Es decir, todo ese tiempo que vino y en que han quedado prácticamente relegadas del lenguaje político las palabras “pueblo” y “revolución”

Tuve la enorme satisfacción, también, de trabajar, junto a Radomiro Tomic, en una compilación de sus discursos, en un texto (“TOMIC, testimonios”) en que desgraciadamente no se incluyeron estos últimos aportes en Europa que se habrían hecho tan necesarios para fijar rumbo en nuestros países, cuanto avivar nuestra hermandad latinoamericana y tercermundista. En tiempos que el imperialismo sigue mostrando tanta avidez por los bienes ajenos y tanta devoción por la guerra.

Las anchas alamedas

El nombre de Salvador Allende está inscrito entre los Padres de la Patria. Al igual que O’Higgins, José Miguel Carrera y otros próceres de nuestra Independencia será siempre recordado como uno de los líderes y pilares de la República de Chile. Con esto queremos decir que controvertidos como lo fueron, finalmente la historia les reserva un sitial especial en la memoria y en el ejemplo de lo que hicieron por dignificar al país y servir a sus habitantes. Podríamos decir que a la muerte de todos ellos eran numerosos sus enemigos y detractores, pero mientras más tiempo transcurre son más los que reconocen su valía, fortaleza moral y fructífero legado.

Allende fue derrocado por un cruento y cobarde alzamiento militar. En La Moneda enfrentó más de cuatro horas de combate con los uniformados que se sublevaron criminalmente contra el orden vigente y la voluntad de los chilenos por darse un futuro de justicia social y auténticos preceptos democráticos.

Pinochet y todos sus secuaces le debían respeto y obediencia a Salvador Allende, pero lo traicionaron instigados por los poderosos empresarios, la derecha política y aquellos partidos, dirigentes y medios de comunicación que nunca han creído realmente en el ejercicio de la soberanía popular. Todos muy financiados y asesorados, como bien se supo después, por el gobierno de Richard Nixon, cómplices ejecutores como Kissinger y sus sumisos aliados o subordinados internacionales.

Salvador Allende decidió perder su vida en una confrontación que sabía muy desigual desde el momento que llamó al pueblo a no resistir la embestida armada, a “no dejarse provocar ni acribillar”. Como muchos lo temían, Chile bien pudo haber derivado en una guerra civil, pero el Presidente quiso evitar el baño de sangre fratricida, lo que lo convierte en uno de nuestros héroes y mártires. La versión oficial que se ha prolongado en el tiempo señala que se suicidó, aunque hay muchas razones para pensar que en realidad fue asesinado, como lo acreditaron en su momento algunos jóvenes oficiales que llegaron a Estados Unidos a informar y vanagloriarse sobre lo acontecido en Chile, asegurarse la impunidad y encontrar protección para siempre en este país. Es habitual que la historia oficial tergiverse los verdaderos acontecimientos

En cualquier caso, ello no es tan relevante, aunque en todos los gobiernos que lo sucedieron hasta aquí ninguno haya emprendido un estudio riguroso de lo que realmente aconteció ese 11 de septiembre de 1973. En todo caso, la versión que se entregó le facilitó mucho las cosas a los conspiradores y a los que se propusieron justificar ante el mundo el llamado Pronunciamiento Militar de 1973.

Como quiera haya sucedido, se trató de un nuevo magnicidio en nuestra historia. En este caso, del derrocamiento del primer gobierno marxista que llegaba al poder en el mundo bajo el ejercicio del voto popular. De allí que su muerte sea llorada hasta hoy por muchos pueblos y por todos los demócratas genuinos.  Especialmente donde se anhela y se lucha por la redención de los pobres y oprimidos.

Son una gran cantidad los países que le han levantado estatuas y bautizado con el nombre del doctor Allende, ciudades, plazas, calles, bibliotecas y hospitales.  La mayoría de los chilenos de hoy ni siquiera lo divisó en vida, aunque ahora son cientos de miles o millones los que lo siguen escuchando, leyendo y empapándose de su testimonio. Claramente, Allende se ha convertido en el rostro y el ejemplo más trascendental de nuestra historia. Así como es, también, nuestro principal referente a escala universal.

Allende fue fundamentalmente un gran político. Sobre todo, porque siempre honró sus convicciones y actuó con apego a la ética, compasión por los pobres y ejerciendo un liderazgo pleno de fuertes convicciones y sentido común. Fueron numerosos los colaboradores que le reprocharon su inquebrantable empeño en convertirse en Presidente de la República luego de varias derrotas electorales y renunciando en cada caso al uso de la fuerza, como algunos así lo querían o encontraban inevitable.  No es que rechazara de plano el camino insurreccional, solo que en el caso chileno él estuvo siempre convencido de que sería la voluntad ciudadana la que llegaría a ungirlo. Lo que terminó por demostrar, aunque después fuera traicionado a solo mil días de ingresar victorioso a La Moneda.

En cada trazo de su trayectoria se descubre siempre su enorme consecuencia. De ello hablan sus discursos, intervenciones parlamentarias, realizaciones y entrevistas. Recorrió incesantemente nuestra geografía desde el día siguiente de cada derrota, con una voluntad y optimismo que, pensamos, no ha sido igualado por nadie hasta aquí. Fue, además, médico, profesor y hasta ahora, en tiempos de pandemia, se le reconoce su imborrable contribución intelectual y moral al sistema sanitario chileno.

Y fue, por supuesto, un enorme orador. En todos sus días nos legó una infinidad de textos referidos a los más diversos tópicos. Su discurso adquiere un tono y un estilo distinto al de muchos otros líderes. Claro, a donde llegara, se le pedía que hablase haciéndolo siempre con lucidez y una alta motivación pedagógica. Allende a cada paso y palabra le enseñaba al pueblo, especialmente a los jóvenes y fijaba línea respecto de lo que debían hacer los que soñaban con el socialismo.

Son conocidas sus sabrosas historias con los estudiantes, los pobladores y trabajadores, con quienes buscaban incluso desafiarlo o competirle en audacia y oratoria, terminando convencidos por él, agradecidos siempre de la experiencia de haberlo conocido; impresionados, además, de su sencillez y cordialidad. En este sentido, es memorable un encuentro suyo con los universitarios de Concepción donde dio vuelta por completo una asamblea que lo había recibido hostilmente. Allí donde había surgido el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), muchos de cuyos militantes dudaban de que el poder se pudiera alcanzar mediante el camino electoral que seguía Allende y que con su heroica muerte se adelantara al martirio de miles de combatientes.

Dentro de la izquierda, nunca tuvo contendores del mismo peso. Ni entre socialistas o comunistas, aunque fueron muchos, como hasta hoy, los que buscaron  denostarlo o dejarlo relegado en el pasado. Lo acusaban de “pije”, por su afición a vestir elegantemente, porque nunca quiso recurrir a los empaques físicos y efectistas con que hasta hoy se disfrazan los que hacen aspaviento de ser izquierdistas. Tampoco logró amilanarlo la irreverencia juvenil, tan propia del vanguardismo impostado o “de la boca para afuera”.

A veces hasta parecía un predicador. Siempre recuerdo un extenso discurso suyo en una de las poblaciones más pobres y marginales de Santiago en que se tomó largo tiempo para instar a los hombres a comportarse adecuadamente en el hogar, a demostrarse querendones de sus esposas e hijos. Así como, en múltiples oportunidades a los universitarios les advertía que para ser revolucionarios debían, primero, ser buenos alumnos, instándolos a estudiar y justificar o ser dignos del cupo universitario privilegiado que tenían y se le negaba a cientos de miles de otros jóvenes.

Confieso que siempre me han producido admiración aquellos que pueden hablar con propiedad de muchos temas, por largo rato y deslumbrando con su emoción e inflexiones de su voz. ¡Vaya que es cierto aquello que para ser orador hay que ser también actor y, si se es político, también un buen improvisador! Allende fue una magnífica prueba de esto, por lo que podemos descubrir algunas intervenciones suyas que, leídas posteriormente, ya no nos parecen tan macizas en su contenido, aunque igual causaba fascinación escucharlo.

Visitando la Universidad de Guadalajara años atrás en México los huéspedes de esta casa de estudios nos dieron a conocer un registro completo del discurso que Allende pronunciara en diciembre de 1972 frente a los estudiantes del plantel, en una de sus primeras visitas de estado.

Después de 20 años, la Universidad de Guadalajara de México hizo pública la que es acaso la más eximia intervención de Salvador Allende. Muy pocos habían conocido o recordaban este discurso improvisado que tuvimos la oportunidad de descubrir y que obedeció a una espontánea solicitud de los estudiantes y de las autoridades universitarias de esa prestigiada aula. Pues bien, nuestra mayor sorpresa fue ver a Allende en un archivo verdaderamente histórico sin recurrir a ningún guión preestablecido, ni al más mínimo apunte para lograr una clase magistral realmente admirable, tanto en su contenido como en su retórica. Un verdadero ensayo, en realidad, sobre las obligaciones que debían asumir los estudiantes revolucionarios en México, Chile o cualquier país del Continente

En esta espontánea intervención frente a la comunidad académica tapatía, Salvador Allende despliega toda su visión acerca de la misión y tarea de los izquierdistas de América Latina para liberarse de la hegemonía estadounidense y consolidar su independencia económica y cultural. Con pocas y contundentes cifras dio un panorama de la realidad de nuestros países, de los 30 millones de desocupados de entonces, de las carencias sanitarias, de los déficits de vivienda, de los cien millones de analfabetos y de otros graves trastornos. “Un obrero sin trabajo no importa que sea cristiano o marxista, sino un hombre que requiere trabajo”, dijo allí, afirmando la necesaria convergencia con quienes siguen la palabra de Cristo.

Además de lo que debieran hacer es emocionante su llamado a los jóvenes a actuar de ariete de los cambios en favor de la dignidad de los pueblos. Magistralmente reúne en su discurso toda su ideología y ruta latinoamericanista, junto con definir los métodos legítimos de lucha para lograr tal objetivo, poniendo énfasis en que cada país tiene el derecho a definir su propio camino. Sin dogmatismo y sectarismos. Para ilustrar quello recurrió a la dedicatoria que le había puesto en un reciente libro el Che Guevara: “A Salvador Allende que, por otros caminos, persigue lo mismo…”

De allí que buena parte de su intervención en Guadalajara la dedique a definir el perfil de quienes se asuman de izquierda y revolucionarios, instándonos reiteradamente a ser, antes que nada, los mejores estudiantes, a abrir los ojos a la historia, así como a trabajar por la unidad continental. “La revolución la hacen los pueblos, esencialmente los trabajadores”, les indicó, pero ser joven implica una gran responsabilidad. “Se necesitan profesionales que no se dediquen a engordar en los cargos públicos” aseguró, en una sentencia que debería escucharse hasta nuestros días.

Este discurso se puede revisar en el enorme archivo de Google, así como otras de sus intervenciones. Sin embargo, respecto de este texto vale la pena ver los comentarios que decenas de lectores le han agregado y con los cuales le dan plena vigencia a su pensamiento, además de rendirle honores a su calidad de orador.

El muchacho del siglo XX

Se nos ocurre que en el Partido Comunista el dirigente que descolló por su oratoria y acervo cultural fue Volodia Teitelboim, de quien tengo el honor de haber sido amigo y ferviente admirador. Entre los fundadores de esta colectividad muchos dan cuenta del liderazgo de Juan Emilio Recabarren, Elias Lafferte y de varios otros, como el propio Luis Corvalán, líder popular innato y orador de masas. Pero con Volodia estamos ante un intelectual pleno, una figura rara dentro de un partido que hacía gala de ser popular y representante de la clase obrera. Por lo mismo que ninguno de los que fueran académicamente muy bien formados, o pertenecieran a la clase media o alta, podía, constituirse en su secretario nacional.

Larga es su trayectoria política como diputado, senador y por largos años exiliado. Lo notable es que en esta vorágine se dio tiempo para escribir varias novelas, publicar ensayos y oficiar de editor de una notable revista cultural y política como Araucaria, una verdadera joya de nuestras letras y que fuera editada en París durante su exilio.

El más destacado mérito de Volodia es su oficio de escritor, pero quienes lo escuchamos podemos dar fe de que también era un enorme orador. Para los periodistas era una suerte reportearlo y difundir su palabra. Como se dice corrientemente, “hablaba de corrido”. Como si estuviera pensando en la necesidad de ser bien interpretado o traducido. En ritmo lento y marcando con las inflexiones de su voz cada punto, cada coma y todos los signos ortográficos. Muy recurrente, por supuesto, a los adjetivos calificativos, pero preciso en el uso de cada término. Sin eufemismos de ninguna especie para llamar al dictador y a los militares por su condición de traidores. Cuando hablaba se le notaba siempre su rabia y emociones, pero nunca se alteraba en la forma de expresarlo.

Sus creaciones literarias eran políticas. Siempre llevaron el sello de sus convicciones y por lo mismo no demostró envidias o rencores hacia los distintos creadores. Aunque, por supuesto, siempre prefirió a los que asumían compromisos políticos y éticos en su literatura. Por lo mismo, fue uno de los mayores admiradores de las obras de Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, a quienes les dedicara importantes textos y conferencias respecto de sus biografías y obras. Pero escribió también de los escritores soviéticos, sobre Borges y sobre personajes como Siqueiros, Picasso y un sinfín de otros artistas latinoamericanos y europeos.

Volodia no escribió para ganar premios y reconocimientos. Pero de todas maneras recibió el Premio Nacional de Literatura, galardón que siempre es extraño cuando se le confiere a un comunista o un chileno muy radical en este país que se le rinde tributo a los tibios o moderados. Ello habla del reconocimiento universal que recibió su testimonio y su prosa, así como sus propios versos, por lo cuales no tuvo tanta fama como sus dos grandes contemporáneos citados.

Difícilmente se puede encontrar a otra persona con el enorme archivo que Volodia guardaba en su memoria, por todo lo vivido, leído y escuchado. Hechos, circunstancias, lecturas y cavilaciones que mediante su inteligencia los hacía lucir, cada vez que hablaba o escribía. Volodia fue un gran cronista del mar, el desierto y la ciudad. Era emocionante leerlo y escucharlo sobre las batallas épicas del salitre y las gestas sociales en que se derramaron tantas lágrimas y sangre en toda nuestra geografía. Con su crónica nos enseñaba y nos hacía vibrar de emoción.

En sus últimos escritos y conferencias dio cuenta del mundo que le tocó vivir. Autobiográficamente habló de aquel “muchacho” y “soñador” del siglo XX, dos obras que recomiendo vivamente. Pero en realidad es demasiado amplio y rico su legado, pero felizmente hoy se puede recurrir desde el computador a casi toda su obra.

Tuve también el privilegio de atenderlo dos o tres días en Ciudad de México viniendo de los Estados Unidos y, desde luego, le improvisamos una nutrida concurrencia para que hablara de lo que quisiera. Lo que efectivamente hizo junto con referirse a su reciente visita al país del norte para entregarnos lúcidas impresiones sobre aquel país como si hubiera estado allí por largos meses y no solo por solo unas cuantas horas. Lo que más aprecié, entonces, cuando ya su vida declinaba por los años y la enfermedad, fue la actualidad de su pensamiento y la disposición a prescindir de toda suerte de sectarismo o visión unidimensional, superando el defecto de no pocos de sus camaradas. Hasta hoy, jamás he escuchado de otras personas mejores reconocimientos sobre el papel cumplido por la Iglesia Católica en materia de Derechos Humanos. Lo que habla de la nobleza de sus sentimientos y gratitud.

Después en Chile, en mi casa del campo, hablamos largo sobre Dios y nos expresó la envidia que sentía por quienes tienen fe religiosa.  Como para cortar una conversación que sin duda lo inquietaba o incomodaba, terminó por decirnos que le abismaba la facilidad que tenían los cristianos de tutear a Dios. “Es increíble como tratamos a tanta gente de usted y a Dios, sin embargo, ustedes lo tutean, se lo echan al bolsillo”.

En esa oportunidad debo dar fe de algo que me impresionó mucho. El vino a mi casa porque quería ver los programas del Teleanálisis, experiencia de la cual había recibido muy buenas referencias, pero cuyos programas no había podido seguir. Y así fue como estuvo largas horas en una concentración prodigiosa recorriendo las duras imágenes de ese magnífico registro en video. Y varias veces, estando junto a él, lo vi lagrimear, contradiciendo aquello que era de los políticos más severos, fríos e insensibles. Aunque toda su obra y palabras hablan de su enorme calidad humana. Como aquellos episodios conmovedores de su vida privada que hablan de su humanidad y más que responsable paternidad.

Epílogo

Sería muy injusto que concluyera esta crónica sin reconocer la suerte que me dio el periodismo de conocer a tantos otros políticos y oradores destacados. Por cierto, que aquí me he referido solo a cuatro casos, reconociendo que existen muchos más que pudiéramos destacar por su verbo y lucidez. Pienso, por ejemplo, en un Enrique Silva Cimma y su gran legado como dirigente y uno de los más destacados oradores del Partido Radical. Así como de mi querido amigo Julio Subercaseaux, quien me confesara que para llegar a hablar bien se lo pasaba horas frente al espejo para mejorar su dicción, ya que padeció desde niño una severa tartamudez y ello no fue obstáculo para convertirse en un gran orador.

En el extranjero, creo que la suerte de haber escuchado muy de cerca a Fidel Castro, a Rafael Caldera y otros ilustres políticos latinoamericanos fue una oportunidad enorme. Por referirme solo a los que se expresan en buen castellano. Desgraciadamente, en el mundo político no tenemos grandes ejemplos de grandes oradoras, nada más que por lo tarde que se ha incorporado la mujer a las actividades públicas. Aunque sabemos que, en España, Dolores Ibárruri, la Pasionaria, es un ejemplo contundente al respecto, como lo fue en Chile la ibañista y peronista María de la Cruz, tildada de loca y desaforada por sus colegas parlamentarios.

Añoro que entre las jóvenes que están destacando en estos nuevos tiempos, podamos descubrir a nuevos valores y grandes oradores. Solo puedo constatar, por ahora, que en mis largos años de docencia universitaria pude apreciar en las mujeres mucho más oficio de oradoras con convicciones muy bien definidas, además, para lucir con la palabra, como cada día lo vienen demostrando tantas escritoras y periodistas.