La cultura indígena es el fruto de una relación entre el hombre y la naturaleza que lleva siglos atesorando la belleza de ese encuentro ancestral y necesario con que la humanidad supo evolucionar y encontrar ese camino que ha sido forjado hasta nuestros días. Por ello no comprendo como en lugar de aprender de su sabiduría, en Canadá y en otros lugares del mundo, se ha intentado todo lo contrario, borrar sus lenguas, sus costumbres y en definitiva su historia.

El 29 de mayo de 2021, han comenzado a aparecer tumbas sin nombre en internados canadienses donde, desde 1863 hasta prácticamente nuestros días (1998), más de 150.000 niños indígenas fueron separados a la fuerza de sus familias y llevados a centros de internamiento donde fueron víctimas de abusos, violaciones y toda clase de vejaciones, con el objeto de asimilarlos a la cultura canadiense, donde no se les permitía hablar en su idioma ni seguir cualquiera de sus costumbres ancestrales. Un Guantánamo de destrucción cultural indígena, de esclavitud horrorosa, de odio a los pueblos originarios, de un racismo incomprensible y condenable. Pero lo más grave, si cabe, es que estos internamientos, centros de detención ilegal, verdaderos campos de concentración, eran dirigidos casi en su totalidad por la Iglesia Católica y financiados por el propio gobierno canadiense. Una religión donde se supone que debe emanar el amor, la paz y el reconocimiento de la igualdad, se convirtió en estos centros en un motor de desprecio a la vida, de asesinatos, violaciones y abusos, enterramientos sin nombre como si las vidas de esos miles de pequeños no tuvieran ningún valor para el Dios de quien alardeaban servir.

La Iglesia por el momento calla. El Vaticano sigue en silencio sin reconocer hasta ahora las grandes injusticias y asesinatos realizados en nombre de Jesucristo. En esos internados católicos, la cruz era la espada de muerte y represión. El perdón no basta para pasar página. La Comisión para la Verdad y Reconciliación (CVR) financiado por el propio gobierno y cuyos componentes pertenecen a la Federación de Naciones Indígenas Soberanas de Canadá, estima que unos 6.000 niños habían muerto en los internados. La intención es clara. Como no lo podían hacer con los mayores, se intentó que los niños olvidaran de donde venían y su cultura, forzándoles abrazar una religión que no era la suya ni una forma de vida que tampoco compartían. Un genocidio cultural indígena entramado por el gobierno de entonces y la iglesia.

Hoy, como tantas veces he denunciado, se siguen persiguiendo a los pueblos originarios de cualquier punto de nuestro planeta. Sus líderes en el momento que levantan su voz, son asesinados. Sus pueblos siguen siendo expulsados de sus tierras en nombre. Los Gobiernos y las multinacionales que operan en sus tierras, siguen empeñados en aniquilarlos. Son un estorbo para los intereses económicos. La Comunidad Internacional calla o como mucho, de vez en cuando, lanza Naciones Unidas una nota a favor de ellos pero que de inmediato se pierde en las redes y no son oídas por nadie.

Pero yo no quiero olvidar. No se puede silenciar estos actos, ni ocultarlos en agujeros negros para su olvido. Debemos aprender que estos hechos abusivos solo nos llevan irremediablemente a olvidar nuestro propio origen.

Se siguen encontrando más tumbas en los más de 130 centros administrados por la iglesia católica. Por el momento ya se han localizado 1.148 tumbas sin nombre. El pasado 29 de mayo de 2021 se encontraron 215 tumbas en la Escuela Residencial India Kamloops. El 25 de junio actual 715 tumbas en la Escuela Residencial Indígena Marieval y el 30 de junio se localizaron otras 182 tumbas en la residencia Escolar de St Eugene Mission School. Y las investigaciones por parte de la CVR continúan y posiblemente se encontraran cientos de nuevas tumbas sin nombre.

El pasado 2 de julio, Día de Canadá, se originaron numerosas protestas entre los pueblos indígenas llegando a derribar las estatuas de la Reina Victoria y la Reina Isabel II en la ciudad canadiense de Winnipeg. Líderes indígenas declaran que no puede ser un día de celebraciones, sino de luto. Crece la ira por distintos puntos de Canadá y una vez más, los pueblos indígenas son los perdedores. No se les reconoce su cultura milenaria que tanto nos aportaría. Existe una desigualdad donde las minorías étnicas se enfrentan a la violencia, pobreza y tazas de desempleo más altas que las personas no indígenas. Una marea de camisetas naranjas, el color que representa a los supervivientes de los centros de hacinamiento católicos, se manifestaron en honor a las víctimas en Ottawa y Toronto.

150.000 niños indígenas que pasaron por esos internados, sufrieron todo tipo de abusos y violaciones de los derechos humanos. Se tendría que abrir un proceso en el Tribunal de Estrasburgo y Corte Europea de los Derechos Humanos para juzgar lo ocurrido a miles de niños en manos de una institución católica irresponsable y cómplice de este nuevo genocidio que acabamos de conocer, junto a un gobierno que lo financió y sabía lo que estaba ocurriendo y el motivo final de los internados, destruir una cultura milenaria.

No podemos permitir que este genocidio consentido y planificado durante 165 años quede en el olvido como una mera noticia más. No debemos de olvidar a sus culpables ni tampoco a los autores ideológicos de tan tamaña brutalidad. La Iglesia debe personarse ante los tribunales como denunciante y depurar toda la responsabilidad internamente de lo ocurrido en estas escuelas independientemente de la sentencia de los tribunales. Si no lo hace, será cómplice del silencio una vez más.

Para las generaciones futuras, la historia debe ser clara pese a quien le pese, una historia limpia de intereses políticos, sin ocultar nada y sin ser manipulada por unos y otros dependiendo del país que lo cuente. La cultura indígena ha de ser respetada y los gobiernos tienen el deber de protegerla como un bien cultural de incalculable valor.