Por Francisco Rio

En tiempos de acceso más democrático, todavía prevalece en nuestra sociedad la falta de entendimiento acerca de la real importancia de las universidades estatales y federales en un país continental, plural y tan desigual, como lo es Brasil. Escenario que sigue favoreciendo la difusión de creencias infundadas e innumerables distorsiones como el propalar que nuestras universidades públicas son para los “los hijos de ricos”; y que, por lo tanto, los recursos invertidos en ellas por los gobiernos estatales y el gobierno federal, presentan poco o ningún rendimiento para los más pobres.

De hecho, si observamos el sesgo de la función más evidente de estas instituciones para las comunidades, que es la enseñanza, porque es ampliamente publicitada por los medios de comunicación, veremos que las universidades públicas brasileñas aún están lejos del ideal, mas no del real, acceso de los sectores de la población. Si bien los exámenes de ingreso tradicionales que favorecen al “contenido” sobre otras habilidades de igual forma necesarias para que el buen rendimiento académico siga existiendo y prevaleciendo como la principal modalidad de acceso estudiantil de algunas universidades estatales. El escenario de ingreso estudiantil que hoy en día existe es muy distinto de aquel que existía décadas atrás.

En un país conocido, tan paradójico y desigual como lo es Brasil, entre otras tantas brechas sociales se encuentra el acceso democrático a la educación de calidad en todos los niveles de enseñanza, del básico al superior. En los últimos años ocurrieron importantes transformaciones en la forma de ingreso a las universidades públicas. Fueron cruciales los roles que desempeñaban las políticas internas de cotas para negros, indígenas, y graduados de escuelas públicas, adoptadas por innumerables instituciones federales y estatales, además del establecimiento gradual del Examen Nacional de Escuelas Secundarias (ENEM). Examen que comenzó a favorecer el equilibrio entre el contenido y los pre-requisitos que son de igual forma necesarios para un buen rendimiento académico y para la capacitación profesional, tales como la lectura crítica y humanizada de la realidad, y la capacidad de resolver problemas concretos.

Por lo tanto, generalizar que en la actualidad casi todos los estudiantes que ingresaron a las universidades públicas brasileñas provienen de las clases A y B es una distorsión sin medida, como también es desproporcionada la creencia de que el sistema de cota elimina las vacantes de estudiantes que no tienen cotas. La proporcionalidad del ingreso de alumnos de diferentes clases sociales a las universidades está condicionada por múltiples factores. El principal de estos continúa siendo la relación candidato-vacante. Las áreas menos concurridas tienden a concentrar un mayor número de estudiantes de las clases C, D y E. Esto sucede porque, en la teoría “profesionalmente menos lucrativa”, estas áreas tienden a alienar a estudiantes de las clases A y B. Esquemas sociales en los que aún prevalece la lógica de la educación como inversión- mercancía y que, por esta razón, la familia tiene gran influencia en las elecciones profesionales de los jóvenes.

De este escenario se derivan otras variables. Carreras como medicina y odontología, por ejemplo, a menudo requieren dedicación exclusiva porque están organizadas en planes de estudio de tiempo completo, además del alto costo per cápita en la adquisición de libros y materiales de estudio y de uso personal. Materiales que por desgracia no siempre están disponibles en suficientes cantidades para todos los alumnos en bibliotecas y laboratorios institucionales. Lo que termina desanimando a los estudiantes más necesitados. Sin embargo, es engañoso creer que está lógica solo es perentoria en las universidades públicas. Esta se repite y se agrava en las universidades privadas por las matrículas exorbitantes que a menudo no reflejan la calidad de enseñanza y las inversiones de laboratorios, bibliotecas, y el salario de profesores altamente calificados.

Uno de los muchos ejemplos posibles y plausibles de deconstrucción del mito infundado de que las universidades públicas brasileñas sirven solo a las clases más ricas proviene de la Universidad Estatal de Londrina (UEL), en Paraná. En el informe titulado “UEL en datos — 2019”, la universidad informa que el 6,56% de los alumnos matriculados en la institución en 2019 pertenecen a la clase E, que concentra a las personas con ingresos familiares mensuales de hasta un salario mínimo. El porcentaje aumenta de manera significativa con respecto a las clases D y C, respectivamente: el 34,75% de los matriculados informaron ingresos familiares mensuales de hasta 3 salarios mínimos y el 25,12% ingresos de hasta 5 salarios mínimos. La aritmética revela que, del número total de estudiantes matriculados en la institución en el año 2019, más de la mitad (exactamente el 66,43 %) pertenece a las clases C, D y E. De este total, el 59, 44% ingresó por medio de la modalidad universal. Es decir, sin recurrir a los múltiples sistemas de cotas adoptados por la institución; y el 25% optó por la modalidad cota para graduados de escuelas públicas. Deconstruyendo así, la idea errónea de que una de las universidades más importantes y concurridas de uno de los estados más ricos del país (Paraná) es una institución de élite que resulta inaccesible para los sectores más pobres de la nación.

Es imprescindible aclarar que las universidades públicas no se rigen solo por el principio de enseñanza. Lo que pocas personas fuera de la comunidad académica saben es que, junto a esta importante atribución de nuestras universidades federales y estatales, se encuentra la Investigación y la Extensión.  La primera está relacionada a las investigaciones de carácter científico que impulsan al descubrimiento y producción de nuevos conocimientos y tecnologías en nuestro país. La Extensión hace referencia a los servicios ofrecidos y brindados por las universidades públicas a las comunidades locales y regionales.

En el campo de la investigación, destacamos proyectos esenciales para el desarrollo social, económico, ambiental, tecnológico, y de salud; y esto revierte ganancias significativas a mediano y largo plazo para toda la población, en especial, la de bajos ingresos. La encuesta realizada en 2017 por la Coordinación para la Mejora del Personal de Nivel Superior (CAPES), fundación vinculada al Ministerio de Educación, concluyó que más del 95% de las investigaciones realizadas en Brasil provienen de las universidades públicas. Lo que significa que en el país son las instituciones públicas de enseñanza superior las responsables de impulsar y democratizar la ciencia. Dado que casi siempre desconocen la noción de lucro que rige y organiza los intereses empresariales, las instituciones públicas pueden centrarse en temas y objetos de investigación que sean de interés para toda la sociedad.

Sin embargo, es en el campo de la extensión que reside el impacto más grande, bello, y por desgraciada, menos conocido de la función social de las universidades públicas brasileñas. Es en esta que ocurre de manera más concreta, aunque indirecta, la inserción de los desfavorecidos a través de ofertas de actividades y servicios a los que las comunidades, incluso ciudades y regiones enteras nunca tendrían acceso. Dado que, además de la inherente función social, en algunos rincones del país, las universidades estatales y federales son las únicas instituciones de enseñanza superior que están presentes. No solo son responsables por el desarrollo técnico, sino social y económico de estas regiones.

Nuestras universidades públicas son, por lo tanto, las responsables por la democratización de la cultura en innumerables lugares a través de la gestión igualmente pública y sin fines de lucro, de importantes museos, archivos, bibliotecas, teatros, salas de cine, escuelas, guarderías, etc. También son responsables de iniciativas y talleres dirigidos a personas de la tercera edad, niños y adolescentes de escuelas públicas, y personas con capacidades especiales. Además de la disponibilidad de los llamados centros de idiomas que se encuentran presentes en innumerables ciudades del interior y capitales de cursos gratuitos o de bajo costo de inglés, francés, español, italiano, y hasta japonés.

Los estudiantes de las carreras de Ciencias Humanas, Exactas y Biología de estas instituciones, de igual forma participan en proyectos o pasantías de alfabetización y escolarización de adultos en prisiones y comunidades vulnerables. Son voluntarios o pasantes en el monitoreo de reservas ambientales y biomas amenazados. Se unen a los directores de las facultades de Ciencias Agrarias en lugares que son a menudo alejados y de difícil acceso, para proporcionar conocimientos y técnicas de gestión en agricultura y ganado ayudando a pequeños productores y a asentamientos de trabajadores rurales. Son los estudiantes y docentes de carreras como psicología, fisioterapia, odontología, enfermería y farmacéutica los que a través de las llamadas escuelas clínicas, brindan atención gratuita y medicamentos a los ciudadanos e instituciones como asilos de ancianos, centros de atención psicosocial, y orfanatos. También son nuestras universidades públicas las que, incluso a merced de severos cortes presupuestarios realizados en los últimos años por el gobierno federal y de un sin número de gobiernos estatales, aún administran hospitales veterinarios, hospitales universitarios y laboratorios médicos de referencia y excelencia a nivel de Latinoamérica.

 

En conclusión, hablar de elitización en y desde las universidades públicas brasileñas sin tomar en cuenta estos múltiples y complejos espectros es una falacia. Un argumento que teórica y empíricamente ya no es válido. Aún más grotesco es el proyecto llevado a cabo por algunos grupos que en la actualidad  están en el poder o que han actuado durante años detrás de escena, defienden y propalan la idea de que nuestras universidades son solo para los ricos, o  que los “elefantes blancos”  traen poco o nada de rendimiento para la población, y para las economías locales y nacionales, convirtiendo al pueblo en un fiador indirecto de un proyecto ideológico y político que atenta contra los propios intereses de la población y la democracia en Brasil. Intentando tercerizar la divulgación y la capilarización de falsas ideas y medias verdades, que junto con los recortes sucesivos, drásticos e injustificables en la transferencia de fondos públicos a instituciones de enseñanza superior, implementan la táctica inhumanamente mezquina de terra arrasada, precarizando la enseñanza,  la investigación y los servicios que al fin y al cabo benefician a todos los brasileños, para después justificar la entrega del “precio del plátano” de estos bienes al sector privado, cuyo compromiso nunca ha sido el social, sino el financiero.

Francisco Rio es educador, historiador y humanista. Colabora con Pressenza Brasil y Quatro V.


Traducción del portugués por Erika Rodriguez