Claudio Rossetti, un proyecto de vida en Chiapas

08.03.2019 - Anna Polo

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Claudio Rossetti, un proyecto de vida en Chiapas
Niños del barrio de Altamirano en Chiapas. (Imagen de Claudio Rossetti)

¿Qué te motivó a dejar Italia después de graduarte en Psicología del Desarrollo y Comunicación?

Ya había hecho voluntariado, había estado en Sudamérica y estaba interesado en hacer prácticas en el extranjero. El profesor con quien me gradué me había dado un contacto con la asociación de ‘Psicologi per i popoli’ (Psicólogos para los pueblos) de Turín, con quien he tenido el honor y el placer de colaborar en Chiapas y en El Salvador.

¿De qué te ocupabas?

En Santa Marta en El Salvador y en el barrio de Altamirano en Chiapas trabajé con los miembros de la Asociación de Turín para diseñar mapas comunitarios identificando los diferentes recursos humanos, los puntos peligrosos y los puntos de agregación, analizar las realidades psicosociales presentes en los territorios y entrevistar a personas con roles socialmente activos. También en esta primera fase, junto con los miembros de la asociación de Turín, nos encargamos de realizar cursos de capacitación para enfermeras en un hospital y para grupos de personas sensibles a problemas de salud mental. La idea era formar un grupo operativo de promotores de salud mental que activaran los recursos ya presentes en el territorio y construyeran una red social preventiva con respecto a varios problemas psicosociales.

La segunda fase la pasé en cambio, en contacto cercano con la población local y me ocupé de profundizar la cosmovisión indígena tzeltal y aprender sobre las realidades psicosociales presentes en las comunidades rurales (es decir, pueblos) dispersas por todo el territorio. Algunas veces las personas me pedían directamente que las visite en casa debido a problemas relacionados con problemas sociales o las realidades psicosociales presentes. Después de una serie de invitaciones recibidas para visitar a las familias, y después de haber establecido una relación de confianza con los lugareños, ingresé a las profundidades de los vecindarios. Gracias a la invitación, el consentimiento y el trabajo hombro con hombro con las personas de las diferentes áreas periféricas del país, hemos construido proyectos sociales destinados a involucrar a diferentes grupos de edad, promover la cooperación y el contacto entre ellos y construir una red social que prevenga problemas psicosociales como el suicidio, el alcoholismo, la drogadicción, la violencia familiar, etc.

Junto con las personas se escogen los proyectos que se implementarán (por ejemplo, un horno comunitario que ayuda a crear una red social e impulse a las mujeres a salir de sus hogares y volverse un poco más autosuficientes económicamente). Yo intento no imponer nada, sino más bien practicar a «escuchar empáticamente» y recomendar el diálogo. Intento hacer prevención, razonar y explicar la situación, pero luego son las personas las que deciden. Luego me dedico, en la medida de lo posible, a trabajar en la identidad indígena debido a la fuerte discriminación y el racismo que afligen a estas realidades.

Más tarde comencé a trabajar con un médico, representante mexicano de la ONG Doctors for Global Health que me involucró en las realidades de las comunidades rurales zapatistas. Me ha ayudado mucho a desarrollar una conciencia crítica de las realidades que nos rodean y de mí mismo. Junto con él me ocupo de los cursos de capacitación a promotores de salud de las diferentes comunidades, cursos que duran varios días.

¿Esto te ha permitido aprender más sobre la situación en Chiapas?

Sí, sin duda alguna. El doctor trabaja solamente en las comunidades zapatistas (mientras que yo me muevo tambien en las otras). Ahora vivo en una habitación en su casa, lo que debido a la simplicidad y la ausencia de ciertas comodidades me empuja a pedirles a las familias locales algo que comer. Esta situación me permitió profundizar mi conocimiento de las dinámicas familiares y culturales y establecer un vínculo humano muy profundo.

Tuve la oportunidad de conocer, en parte, la realidad zapatista y, por lo poco que he percibido, puedo decir que intentan construir un mundo diferente, aunque yo pienso que la verdadera revolución es interior; el mejor mundo, creo yo, hay que comenzar a construirlo dentro de nosotros mismos, para poder avanzar hacia afuera con conciencia. Los compas, como se llama a los zapatistas, tratan de ser independientes del sistema capitalista mexicano; sus comunidades a veces son desalojadas y en algunas hay tensiones constantes con las comunidades no organizadas. Sus clínicas y escuelas no están reconocidas por el estado mexicano, mientras que las comunidades no autónomas reciben fondos, proyectos y materiales del gobierno.

Casi todos son agricultores y las condiciones sanitarias son escasas, con agua contaminada, casos de desnutrición, malaria y muchos otros problemas siempre de origen social.

¿Cómo fue la inclusión en la comunidad?

Aprendí en parte un idioma maya local, el tzeltal, porque quería entender el contexto local más allá de las barreras culturales, pero al principio no pude evitar un cierto juicio debido a mi apariencia occidental. Aprender un idioma para mí es sinónimo de conocimiento de la cultura local; además, se aprende a usar otras herramientas, otros esquemas de pensamiento con los que percibimos la realidad circundante y nuestro mundo interno. En fin, se aprenden otras formas de pensar. La curiosidad, el interés y la apertura me ayudaron a entrar en su cultura, a adaptarme y trabajar con ellos. Poco a poco se ha establecido una relación de confianza, como mencioné antes, lo que me llevó a insertarme cada vez más, tanto que ahora formo parte de la asamblea de la Teología India Mayense. Pude conocer figuras relacionadas con la medicina tradicional, curanderos, huesoros, hierberos, parteras, etc. y contribuir a un trabajo de rescate de su cultura. Ahora continúo con los proyectos activos en el país, las actividades con los promotores de salud, dedicando, sin embargo, más tiempo que antes.

¿En qué consiste esta actividad?

Los promotores son figuras elegidas por la comunidad, hombres y mujeres que visitan a las personas en el hogar. Ellos deciden el tema de los cursos según las necesidades. Dormimos en sus casas y este contacto profundamente humano me ha ayudado a superar las barreras que tengo dentro de mí y a comprender que las divisiones, el racismo, las fronteras existen porque están dentro de nosotros y existirán hasta que encontremos las raíces y las transformemos en lo opuesto.

¿Qué te dio y te da esta experiencia?

Un gran crecimiento interior, una evolución espiritual, la posibilidad de sentirme útil, de ayudar a los demás y de ser una mejor persona, una persona feliz. Para mí, este es un proyecto de vida, la expresión de mis valores más profundos de amor, cooperación y humanidad, y también es un deber. Debemos establecer conexiones entre quienes comparten estos valores; sólo de esta manera – y no delegando – se puede crear un mundo mejor.

Las fotos y las leyendas relacionadas que se muestran a continuación completan la entrevista con explicaciones y detalles.

Momento de reunión entre personas de las comunidades tzeltales alrededor del altar maya, representante de la cosmovisión indígena tzeltal. El altar se divide en cuatro secciones que se distinguen por los cuatro colores que representan los cuatro puntos cardinales y simbolizan la conexión entre la Tierra y el Cosmos y la acción de dar y recibir. En su interior hay los frutos de la tierra que se ofrecen al Cosmos, al Dios católico y a los antiguos; estos últimos, representados por el sonido de las sonajas, participan en las asambleas y vuelven para llevar su consejo a los participantes de las reuniones. El sincretismo con la cultura cristiana es evidente en la presencia del crucifijo y la Biblia y en las invocaciones durante los rituales de apertura y cierre de las asambleas. Siempre presente en los altares mayas está la foto de Jtatik Samuel, ex obispo de la diócesis de San Cristóbal, un firme defensor de los derechos de los pueblos originarios. Los diferentes platos son ofrecidos por la comunidad a los participantes de la asamblea.

Grupo de indígenas tzeltales participan en los cursos de capacitación para promotores de salud mental del barrio de Altamirano.

Familia de campesinos indígenas tzeltal. La curandera anciana del barrio Candelaria es una figura de referencia para muchos enfermos y afligidos de diferentes comunidades. Su esposo es uno de los principales del movimiento autónomo, una figura que tiene un papel social relevante. Sin la bendición y la oración de los principales, las asambleas no pueden comenzar ni terminar. Su hijo Carlos lucha contra el lupus, que lo ha debilitado durante años, gracias también al amor de su esposa Tenchi.


Traducido del italiano por Michelle Oviedo

Categorías: América Central, Entrevistas, Norteamérica, Pueblos Originarios, Salud
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