Tragedia ambiental en Chile

05.09.2018 - Santiago de Chile - Roberto Pizarro

Tragedia ambiental en Chile
(Imagen de prensa.presidencia.cl)

En los últimos días las ciudades de Puchuncaví y Quintero, en la región de Valparaíso, han sido invadidas por una nube tóxica, con elevada presencia de nitrobenceno, isobutano y metocloroformo, químicos que producen daño hepático, hormonal y muerte celular en los seres humanos. Como consecuencia de ello 350 personas, especialmente niños, tuvieron que ser atendidas por cuadros de intoxicación y envenenamiento por efectos de la contaminación.

La irrefrenable ansiedad que caracteriza presidente Piñera lo llevó a visitar la denominada “zona de sacrificio”, el Chernovil chileno, según Green Peace. Pero, le fue mal. No era la primera vez que sucedía una crisis ambiental y la credibilidad de las autoridades estaba por los suelos.

El 2011 ya había ocurrido una grave emergencia que afectó a los niños del sector La Greda de Puchuncaví y que gatilló una serie de investigaciones y recomendaciones, con medidas urgentes. Entre ellas, un trabajo de la experta de la Universidad de Harvard, Eva Madrid, que indicaba altos índices de cáncer, relacionados con la contaminación en Quintero-Puchuncaví. Como suele suceder, no se implementaron las medidas correspondientes.

Adicionalmente, un informe de la Secretaría de Salud de Valparaíso destacaba, con preocupación, que entre 2010 y 2015 los promedios de concentración de arsénico en la “zona de sacrificio” superaron en hasta 23 veces la norma europea. Y, es de conocimiento público que el arsénico se ha relacionado con cánceres de vejiga, pulmonar, al riñón, hígado y piel.

Así las cosas, el presidente Piñera no fue bien recibido en la zona. Globos negros y lienzos desplegados mostraban la indignación de los ciudadanos contra la autoridad. Los habitantes querían conocer las empresas que contaminaban y las sanciones que se aplicarían.

En cambio, la autoridad cometió dos graves errores. El presidente acusó de violentistas a los que protestaban, mientras la ministra de Medio Ambiente, Carolina Schmidt, sin mayores antecedentes, acusó a la Empresa Nacional de Petróleo (ENAP) como la culpable del desastre. Con ello la ministra apuntaba a una de las pocas empresas públicas existentes en Chile y salvaba de responsabilidad a una gran cantidad de empresas privadas instaladas en la “zona de sacrificio”.

Los dirigentes locales le dijeron al presidente que la única violencia era la del Estado chileno que protegía a las empresas y no a los habitantes de la zona. Y el cansancio induce a la protesta. Los ciudadanos de Quintero-Puchuncaví no son violentistas, sino que están enojados porque las empresas contaminantes no rectifican. Y la historia se repite.

Por otra parte, la ministra, al salvar a las empresas privadas de toda responsabilidad, no sólo mostraba su ideologismo en contra de la empresa pública sino, al mismo tiempo, ocultaba la eventual responsabilidad de Oxiquim. Esta empresa química, dirigida por Fernando Barros, socio de su esposo y también abogado del presidente Piñera, tiene una presencia de larga data en la zona. Se ponía de manifiesto, una vez más, los vasos comunicantes entre el mundo político y los negocios.

Pasó apenas un día y la empresa ENAP, sobre la base de análisis independientes, entre ellos la universidad Federico Santa María, descartaba completamente su responsabilidad en la emisión de los gases que dieron origen a la nube tóxica. La ministra Schmidt ha quedado en el peor de los mundos.

Desde hace largos años las empresas emiten gases contaminantes en la zona y evacuan residuos a la bahía de Quintero. Pero, ya lo sabemos, las leyes del mercado son ciegas frente al equilibrio ecológico. Cuando la pasión empresarial por el lucro no es regulada debidamente destruye la naturaleza y condena a los más débiles a asumir los costos del crecimiento.

Sabemos cómo marcha este mundo. En Chile hay un pequeño grupo de grandes empresarios, con el respaldo de la clase política, que se ha llevado la parte del león de los beneficios del crecimiento económico. Pagan bajos impuestos, no cumplen con las leyes laborales, utilizan tarjetas usureras para vender con altos precios a la gente modesta, convirtieron la educación y salud en un negocio, y tienen a los jubilados con pensiones de hambre. Es el “modelo de crecimiento” que favorece las desigualdades y que no trepida en destruir el medio ambiente y la salud de las personas si ello sirve a la acumulación de sus ganancias.

El Estado en Chile es condescendiente o timorato frente al poder económico. En Quintero y Puchuncaví ha quedado una vez más de manifiesto. Se ha priorizado la ganancia empresarial por sobre la salud de las personas.

Desde hace largo años las empresas emiten gases contaminantes en la zona y evacuan residuos a la bahía de Quintero. Cuando la pasión empresarial por el lucro no es regulada debidamente destruye la naturaleza y condena a los más débiles a asumir los costos del crecimiento.

La institucionalidad medioambiental, como tantas otras veces, no ha estado a la altura de las circunstancias. La situación de Quintero-Puchuncaví es una tragedia que debiera servir para colocar, de una vez por todas, en el centro de las políticas públicas la protección de los recursos naturales y del medio ambiente.

Nuevamente, las organizaciones civiles han sacado la cara por la democracia. Su movilización en defensa de la vida y del entorno en que viven las comunidades es un referente para otras regiones del país.

No interesa un crecimiento ciego, que beneficia sólo a unos pocos grandes empresarios. La ciudadanía anhela un crecimiento responsable con el medio ambiente, con la salud de las personas y que beneficie a toda la sociedad.

Categorías: Ecología y Medio Ambiente, Opiniones, Sudamérica
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