Familias ideológicas: el poder de las creencias

21.04.2016 - Lima - Javier Zorrilla Eguren

Familias ideológicas: el poder de las creencias
(Imagen de http://www.deguate.com/)

En su libro El jardín imperfecto: luces y sombras del pensamiento humanista [1], Tzvetan Tódorov construye una tipología que distingue entre “conservadores”, “cientificistas”, “individualistas” y “humanistas”. Tomando como referencia la obra mencionada y empleando la visión del humanismo universalista o nuevo humanismo, indagaré por las creencias básicas de esas cuatro familias. De esta forma comprenderemos mejor las actitudes a las que dan lugar. Tales convicciones, tomadas como la verdad misma, actúan como un “trasfondo” de interpretación, decisión y acción. Se trata de sensibilidades, ideas y valoraciones que suelen complementarse o repelerse entre sí. Estas imágenes condicionan posturas personales y políticas (liberales, neoliberales, anarquistas, socialistas, comunistas, nacionalistas, fascistas y humanistas). Reflexionar sobre cada uno de los cuatros tipos mencionados ayudará a entender mejor la diversidad humana, sus encuentros y desencuentros, convergencias y divergencias.

Los conservadores

El conservador ama la tradición. Apartarse de ella es salirse de la senda del bien. Recelan del cambio. La obediencia es la virtud principal y la rebeldía un grave pecado. La naturaleza humana está inclinada al mal. Creen que el ejercicio de la libertad degenera en libertinaje, en la depravación y al caos moral y social. La adaptación al orden imperante y aceptado es guía de conducta. Si el mundo está como está, tan mal, en crisis, es porque la humanidad se ha apartado de dios, de los mitos y libros sagrados, de la comunidad, de la tribu, de la nación, de la familia. Por lo tanto, el conservador justificará sus actos apelando a la defensa de estos valores superiores, aun cuando impliquen el sacrificio de la vida humana. En el campo político la postura conservadora ha alimentado a las teocracias, las monarquías, las aristocracias, los totalitarismos y los populismos mesiánicos de derecha, centro o izquierda.

Para Todorov, si los conservadores aman tanto a las tradiciones, es porque las consideran el depósito de la sabiduría colectiva, indudablemente superior a la razón individual. Creen que los hombres no son solamente imperfectos moralmente, son también intelectualmente débiles. Las tradiciones contienen una sabiduría que los individuos no pueden explicar, pero deben respetar. Es el juicio quien yerra y el prejuicio quien es sabio, porque es compartido por la comunidad o tribu. Los ancianos tienen la experiencia y los jóvenes solo tienen la razón; los primeros tienen ventaja. Un saber intuitivo se acumula en el seno de las tradiciones y ninguna razón alcanzará a reducirlo a principios y reglas.

Desde el punto de vista evolutivo podríamos decir que no sería necesario cambiar lo que bien funciona y sirve a la adaptación creciente que mejora la vida humana transformándola para bien. No se trata de cambiar por cambiar, sino de hacerlo solo en aquello que evidentemente no funciona. Pero si la propia matriz ideológica del sistema falla, será necesario reemplazar esa matriz. Pero al conservador le aterra el cambio sistémico y mental. Solo admitirá cambios parciales, nunca cambios sustantivos, a menos que viva una conversión de sus creencias básicas. Desde el punto de vista involutivo, el conservador tiende a defender la verdad aceptada y cierra su mente a las nuevas experiencias. Digamos que solo admite lo nuevo cuando no le queda más alternativa. Privilegia su creencia, aunque la experiencia le muestre que está equivocada.

El conservador sobrestima su propia postura y divide el mundo entre los buenos como él y los malos que no creen en lo mismo que él. Es fuertemente etnocéntrico y siente que su grupo o nación o religión es superior a los demás. Se ayudan entre sí y discriminan al resto por los que no sienten mayor responsabilidad como no sea para convertirlos o utilizarlos. A su fuente de verdad le atribuyen un origen divino superior y absoluto, y su dios se ha revelado de una manera única. Esta fe, llevada hasta su extremo, dará lugar al fanatismo. En versiones benignas aparecen como paternalistas y compasivos.

En política esta actitud puede expresarse como humanitarismo, populismo o clientelismo. En el fondo, el conservador desconfía de la capacidad de aprendizaje y autodeterminación de los ciudadanos para elegir según su voluntad. El conservador postula una universalidad que no admite la diversidad. En el plano familiar aparece como el patriarca, el aristócrata o el padre machista; en el plano político da lugar al Gran Conductor; en el plano económico aparece como el gran gerente en una línea de mando vertical. En el plano militar la figura emblemática es Napoleón, el gran general. Es aquel que con mano dura pone su orden en un caos. En el plano religioso adora a un dios externo, un mesías iluminado, un salvador, alguien que revela su mensaje a los profetas en los que hay que creer antes que en la propia revelación interior verdadera, buena y liberadora. Los conservadores niegan el carácter esencialmente activo, creativo y transformador de la conciencia humana. Pueden postergar lo humano y justificar genocidios en nombre de la cruzada religiosa y el “interés nacional”.

Tomando como referencia al Diccionario del Nuevo Humanismo, un conservador busca mantener el régimen existente, fetichizando las tradiciones y el pasado, renunciando a cualquier cambio en las relaciones económicas y sociales. Esta línea es propia de la élite dominante que no quiere perder su poder y riqueza, ni los privilegios conquistados. Históricamente, los conservadores y los liberales lucharon entre sí durante muchos años por el poder, aunque con frecuencia los liberales también ocuparon posiciones conservadoras cuando otras fuerzas amenazaron su dominio. El conservadurismo nació como un movimiento aristocrático y hasta clerical para salvar los privilegios feudales en épocas de la revolución burguesa, expresando los intereses de los grandes terratenientes y sus clientes. [2]

Los cientificistas

Así como la verdad tradicional revelada por los dioses a los profetas en aquel tiempo auroral es la verdad absoluta, de la misma manera la verdad descubierta por la ciencia tiene un carácter absoluto para los cientificistas. Son las leyes de la naturaleza que funcionan como un perfecto mecanismo las que gobiernan el mundo con la exactitud de un reloj. Para Todorov hay distintos tipos de cientificistas: están los cientificistas sociológicos que creen que las fuerzas deterministas son producto de las condiciones histórico-sociales y/o de las estructuras económicas; están los cientificistas biológicos que creen que el destino de los hombres lo decide su sangre, su raza o su herencia genética; y están los cientificistas psicoanalíticos que creen que la conducta del individuo viene determinada por fuerzas inconscientes originadas en la infancia. Según nuestro autor estos tres determinismos pueden excluirse entre sí o combinarse, pero todos comparten la creencia de que la libertad del individuo es una ilusión.

De acuerdo a lo anterior, podemos deducir que tanto las posturas neoliberales como las socialistas o comunistas son cientificistas en la medida en que suponen que las leyes del mercado o las de la lucha de clases debe regir la vida social. En el caso de la Alemania nazi vemos operar el conservadurismo nacionalista y el cientificismo racial que “demuestra” la superioridad de la raza aria y justifica su expansión imperialista. Entonces, se trata de transformar el paisaje humano para que encaje en esa mecánica universal, así sea por la violencia ejercida en dictadura o en una falsa democracia en la que el poder fáctico se apodera del Estado. Según Todorov, también en las democracias occidentales los profesionales y tecnócratas creen identificar las leyes del desarrollo social. Entonces los políticos y los moralistas incitan a la población a conformarse a esas leyes. El experto (el opinólogo) reemplaza al sabio y una cosa se convierte en buena por el mero hecho de ser consagrada por la ciencia (e impuesta por el poder económico y mediático). (Paréntesis nuestros).

Paradójicamente, la propia historia de la ciencia muestra cambios que han echado por tierra la validez universal y eterna de teorías vigentes solo para su época o ámbito de objetos. Los modelos cambian periódicamente y son variados de acuerdo al punto de vista para el que fueron diseñados. La historia de la ciencia también evidencia la superación de lo viejo por lo nuevo y demuestra que no existe una predeterminación absoluta, sea esta neoliberal, marxista o fascista. La realidad permanece abierta a un futuro siempre renovado que se va descubriendo por continuos actos creadores que tienen como sentido mayor liberar al ser humano del sufrimiento. Esta es la intencionalidad que subyace como una fuerza de creación continua de un conocimiento transformador que responde a los renovados retos de la existencia histórica y personal.

Huelga decir que conservadores y cientificistas comparten el virus absolutista que sirve de fundamento a los autoritarismos abiertos o encubiertos. Es más, puede haber conservadores en lo que hace a su vida personal y familiar, y cientificistas neoliberales o socialistas en lo económico y en lo político. En el caso del Perú, el fujimorismo ha estado muy cerca del poder religioso autoritario, mientras que en lo económico ha hecho gala de un cientificismo neoliberal, y por lo bajo practicaba un individualismo por demás corrupto. Esto demuestra que los tipos ideales no necesariamente funcionan puros y pueden complementarse entre sí. La tipología solo ayuda a la caracterización concreta caso por caso.

Desde el punto de vista evolutivo, se puede rescatar la actitud científica porque valora la descripción fiel de la experiencia y considera que la razón se debe esforzar al máximo para comprender la vida humana, identificando problemas y soluciones. Pero se debe evitar que el conocimiento se cristalice y se convierta en una ideología autoritaria que deba ser impuesta al costo de la libertad y de la diversidad. Según el Nuevo Humanismo,[3] por desgracia, muchos conocimientos científicos se utilizan más para la destrucción que para la creación. Las altas tecnologías, por regla general, se concentran en el complejo militar-industrial y las ciencias sociales son aprovechadas para manipular la conciencia social y la conducta de las masas, fortaleciendo el poder oligárquico y las instituciones burocráticas. Entre tanto, toda la cultura, educación, socialización de la personalidad y progreso social, dependen del nivel del desarrollo de la ciencia, y a la larga, de su orientación humanista o antihumanista[4].

Los individualistas

Para Todorov los individualistas creen que el individuo humano es una entidad autosuficiente. No niegan la libertad, como los cientificistas, ni lamentan ni temen sus consecuencias como los conservadores. La moral, la vida en común y el yo coherente son ficciones. El ser humano es fundamentalmente solitario y egoísta, y todas sus acciones están motivadas por su amor propio y por su interés personal. En combinación con el cientificismo se dirá que el interés personal es la ley general de la naturaleza: el hombre es un ser egoísta que no conoce más que sus propios intereses. El hedonismo y el utilitarismo terminarán de completar a un yo individualista que concibe la felicidad como un para mí consumista y crematístico.

El aspecto positivo del individualismo se manifiesta en su defensa de la libertad, en el desarrollo de un criterio propio y en el despliegue de un máximo esfuerzo personal, sin esperar mayor ayuda exterior. En la perspectiva anarquista se acerca al humanismo, ya que deriva en la convicción de que el individuo puede ejercer mejor su libertad en términos comunitarios, apelando a la participación, a la cooperación, al consenso y sin el dominio opresor externo estatal o corporativo.

El aspecto negativo del individualismo se manifiesta en el egoísmo y el menosprecio de los intereses de los otros. Incluso puede justificar la actitud delincuencial o la autodestructiva cuando el sentido trascendente de vida ha quedado sepultado bajo un escepticismo total (si todo termina con la muerte qué más da que el individuo sea un héroe o un villano). La amoralidad de los individualistas cientificistas es muy grande, puesto que el fin particular justifica cualquier medio, así se perjudique al resto. Después de todo, estamos en competencia, devorándonos los unos a los otros y solo sobrevive el más hábil o el más fuerte. Se trata de una “selección natural” que hace evolucionar la historia privilegiando a unos pocos y eliminando a muchos, en especial a los más débiles, a los incompetentes o los pueblos “atrasados”. Pruebas al canto. Según OXFAM: “el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. El poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres. El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares. Para combatir con éxito la pobreza, es ineludible hacer frente a la crisis de desigualdad”[5]

Los humanistas

Resumiendo a Todorov, los humanistas creen que autogobernarse no significa la disolución de la sociedad, la moral o el yo. Confían en que cada ser humano se encuentra en el origen de sus actos y que pueden considerar alternativas por reflexión y voluntad. Consideran que el hombre decide sobre su destino. Para este autor el credo humanista reza así: yo debo ser la fuente de mi acción, tú debes ser su objetivo; ellos pertenecen, todos pertenecemos a la misma especie humana. El lema de la revolución francesa, libertad (autonomía del sujeto), igualdad (unidad del género humano) y fraternidad (tratar a los demás como si fueran nuestros hermanos), representa bien los valores del humanismo.

Según el Nuevo Humanismo no hay oposición entre lo personal y lo colectivo, porque el interés social se realiza solamente a través de la actividad de los seres humanos concretos y no a través de entes sobrehumanos.[6] El humanismo se aleja igualmente de la pretensión de que el Estado o la corporación o el mercado se haga cargo de todo como si los ciudadanos necesitaran de una fuerza externa que oriente su destino. También se aleja de la autosuficiencia individualista, reconociendo la importancia del trabajo conjunto y el sentido trascendente del diálogo y la comunicación. La responsabilidad es social en la medida en la que el individuo no puede prescindir de los otros para vivir bien, con protección, afecto, subsistencia, conocimiento y sentido humano. Y es individual en la medida en la que ese mismo individuo tiene que internalizar ese hecho para que su acción genere beneficios para otros. La felicidad personal no se logra sin la de los otros (de eso se trata el proyecto vital humano en la interpretación del Nuevo Humanismo). No se logra la felicidad humana en el absurdo de un mundo con islas de riqueza en mares de miseria.

El humanismo se aparta del cientificismo al considerar el carácter histórico-social del ser humano y todas sus producciones, incluyendo a la misma ciencia. Tampoco reduce la experiencia del conocimiento al producido por la ciencia académica, sino que recoge la sabiduría contenida en las distintas tradiciones culturales y en la diversidad personal, promoviendo la meditación como forma directa de responder a preguntas fundamentales como ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿en qué condiciones quiero vivir?, ¿qué estoy dispuesto a hacer para lograrlo? Sin una respuesta meditada, íntima y personal a estas preguntas, es difícil intuir un sentido trascendente de vida.

Los humanistas no encierran al proceso histórico entre el socialismo y capitalismo o neoliberalismo. Repudian este maniqueísmo tan favorable al fanatismo, a la satanización y a la conservación de un esquema de poder antihumanista.

Los humanistas creemos que la verdadera libertad tiene que ver con el poder escoger entre posibilidades cada vez más ampliadas para todos. Esto es lo que se denomina el principio de opción. Si el piso de inicio no está parejo en la educación y la salud de calidad para todos, si no hay participación real en la toma de decisiones, será la cantidad de dinero la medida de las posibilidades y, por tanto, de una libertad excluyente.

Epilogo

De acuerdo a lo que crea, así se ira configurando mi mundo, mis relaciones, mis preferencias políticas. Si creo como los individualistas que el ser humano es un devorador de recursos naturales, sociales y personales, estaré preocupado de defenderme y atacar para no ser eliminado por el sistema competitivo. Si creo, como los conservadores, que lo único bueno en el mundo está en mi cultura, en mi nación, en mi clase, discriminaré a las personas y los grupos que no son como yo ni pertenecen a mi comunidad étnica, confesional o política. Si creo que la ciencia arroja verdades eternas, universales y absolutas, trataré de que todos se sometan a ellas, sin importar su voluntad, libertad y diversidad. Lo que vemos afuera en el paisaje humano actual se parece mucho a las creencias que dominan en nuestro paisaje interno. El humanismo universalista se presenta como una superación histórica de etapas anteriores que han terminado por poner en serio riesgo la diversidad humana y el equilibrio social y ambiental. Al impedir que la diversidad enriquezca la vida ampliando la libertad y la solidaridad los representantes de esas creencias y sus instituciones han puesto en serio riesgo al planeta y a toda la humanidad.

Por eso vale la pena recordar acá las afirmaciones iniciales del documento humanista: “Los humanistas son mujeres y hombres de este siglo, de esta época. Reconocen los antecedentes del humanismo histórico y se inspiran en los aportes de las distintas culturas, no solamente de aquellas que en este momento ocupan un lugar central. Son, además, hombres y mujeres que dejan atrás este siglo y este milenio, y se proyectan a un nuevo mundo. Los humanistas sienten que su historia es muy larga y que su futuro es aún más extendido. Piensan en el porvenir, luchando por superar la crisis general del presente. Son optimistas, creen en la libertad y en el progreso social. Los humanistas son internacionalistas, aspiran a una nación humana universal. Comprenden globalmente al mundo en que viven y actúan en su medio inmediato. No desean un mundo uniforme sino múltiple: múltiple en las etnias, lenguas y costumbres; múltiple en las localidades, las regiones y las autonomías; múltiple en las ideas y las aspiraciones; múltiple en las creencias, el ateísmo y la religiosidad; múltiple en el trabajo; múltiple en la creatividad. Los humanistas no quieren amos; no quieren dirigentes ni jefes, ni se sienten representantes ni jefes de nadie. Los humanistas no quieren un Estado centralizado, ni un paraestado que lo reemplace. Los humanistas no quieren ejércitos policíacos, ni bandas armadas que los sustituyan. Pero entre las aspiraciones humanistas y las realidades del mundo de hoy, se ha levantado un muro. Ha llegado pues, el momento de derribarlo. Para ello es necesaria la unión de todos los humanistas del mundo”. [7]

[1] Paidós, 2008, or. 1998.

[2] Silo, Obras completas, volumen II: definición de conservadurismo.

[3] Silo, ob. cit.: definición de ciencia.

[4] Antihumanismo: Toda posición práctica y/o teórica que tiende a sostener un esquema de poder basado en

los antivalores de discriminación y violencia (ibíd., definición de antihumanismo)

[5] OXFAM: https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp210-economy-one-percent-tax-havens-180116-es_0.pdf

[6] Silo, Ob. Cit., definición de individualismo.

[7] Silo, Cartas a mis amigos (carta seis).

Categorías: Humanismo y Espiritualidad, Opiniones
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