Cuando se cumplen dos años de las muertes del Tarajal (Ceuta) y cuando asistimos a diario atónitos a tantas muertes y tanto sufrimiento, como consecuencia de las migraciones obligadas por guerras, miseria, persecuciones…, rescatamos el artículo de nuestro colaborador, Antonio Sempere, con motivo de la muerte de un inmigrante en el mar el pasado 20 de octubre . Las duras fotografías inéditas del rescate de un fallecido, por parte de miembros de la Cruz Roja, que acompañan este artículo fueron tomadas por el mismo Sempere el 31 de agosto de 2015.

 

La tragedia vuelve hoy a las portadas de todos los medios de comunicación, locales y nacionales, inundando de tristeza e inmundicia un día lluvioso y gris. Otra vida arrancada al calor de las olas del mar. Un hombre joven rebosante de ilusión por llegar a encontrar una vida digna entre los que hemos tenido la suerte de nacer a este lado del mundo, el primer mundo y el más oscuro. Un mundo que se nos antoja miserable y ruin, donde la sensibilidad no cotiza. Seguramente si la persona hubiese sido un influyente y próspero hombre de negocios, alguien benefactor de la comunidad local que tras un terrible accidente encontrara la muerte en su yate de lujo practicando la pesca, en estos momentos las redes sociales estarían cargadas de consternación por la pérdida. Solo unos pocos hoy reaccionan a la tragedia, personas anónimas sensibles al drama y a la injusticia cuyas voces no alcanzan la orilla. Como siempre la doble vara de medir, la comunidad reacciona de distinta forma para cada caso. La vida de cada individuo condiciona su forma de morir. Pero no, no ha venido la muerte lujosa, ha llegado en una patera. Un viaje sin retorno hacia el más allá. No habrá plañideras para dedicar unas lágrimas de pena o indignación ante el terrible final de un clandestino. Lo peor es que cada día es más desbordante. Nacemos para morir, ¿por qué no para vivir?

Porque ocurre que un grupo de personas sale de un país por los problemas políticos que hay allí, sin considerar que esos son problemas globales, no locales. Este éxodo motivado por la pobreza y su ya larga influencia en el África subsahariana se ha convertido en una ruleta rusa, aunque se supere el obsceno reto de no dar con la bala que acabará con sus vidas, si logran superarlo y consiguen cruzar, no serán bien recibidos. La indiferencia es un lastre demasiado pesado y desmedido incluso para aquellos que se atreven a desafiar el peligroso juego que la vida les pone a sus pies. Dejar a alguien abandonado a su suerte para morir en el mar sabiendo que está navegando en condiciones precarias es algo que se podría evitar si de una vez se actuara contundentemente contra las mafias que están traficando con seres humanos. Aunque esto no es de ahora, las sociedades modernas están construidas bajo el yugo de la esclavitud nutrida de países del tercer mundo, y el continente africano es un ejemplo de la expoliación que occidente practica desde la expansión colonial.

Hoy hay un muerto más por culpa de la pobreza y la guerra. ¿Hasta cuándo esta sinrazón?

 

 

 

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