Señales

24.12.2013 - Javier Tolcachier

Un gran amigo me escribe: “¿Qué es todo esto? Los bolivianos envían un satélite al espacio desde una plataforma de lanzamiento china. Pocos días antes, los mismos chinos declaran el alunizaje de un artefacto propio en la superficie de nuestro único satélite natural.

Mi amigo termina su mensaje celebrando en secreto – pero exigiendo respuestas desde una simulada indignación retórica: “¿Qué es todo esto? ¿Adónde quedó nuestro mundo conocido? ¿Cómo es que hay chinos por todos lados y bolivianos enviando cosas al espacio?

En efecto, todo ha cambiado, querido O. Bueno, no todo, pero casi todo. O más bien todo, pero no en el sentido que quisiéramos, ¿verdad?

Y estas nuevas aventuras celestes de chinos y bolivianos me retrotraen, casi involuntariamente, a aquel año de 1543. El año en qué murió Nicolás Copérnico. El año, también, en que por primera vez se publicó su De revolutionibus orbium coelestium, que además de mostrar el movimiento de las “esferas celestiales” en órbitas heliocéntricas, mostró como mover la estructura mental de toda su época.

¿Y cómo se explica que un libro de tal magnitud recién fuera publicado a la muerte del autor? ¿Cómo se explica que ese libro, que requirió unos veinticinco años de elaboración, ya estuviera listo doce años antes de su impresión?

Se explica, en parte, por lo que sucedió setenta y tres años después, cuando fue incluido en el índice de libros prohibidos por la iglesia romana – aunque ya había sido previamente condenado públicamente por doctos católicos y protestantes, por “ser contrario a las sagradas escrituras”.

El problema no era en realidad, que el mundo girara. O que otros planetas dieran vueltas. O que el mundo no fuera el centro de todo. El problema era que la cabeza de las personas comenzaba a girar, sus pensamientos cobraban movilidad. La ciencia desmentía lo que los ojos veían y lo que otros querían que vieran. Por tanto, podía haber muchas más realidades que las hasta allí conocidas… y obedecidas.

Y este es el problema, querido O., con los satélites bolivianos y las naves chinas. Aquello que creíamos conocer ya no está ahí. El mundo que nos mostraron – giratorio pero fijo al fin – se evaporó y pareciera no sólo girar cada día más velozmente, sino comenzar a navegar el espacio hacia dimensiones desconocidas.

Es excelente saber que Bolivia envía señales hacia y desde el espacio sin intermediarios. Es bueno que chinos y otros puedan investigar y navegar más allá de lo conocido.

Pero quizás hay que ir mucho más allá. Pareciera que necesitáramos de una nueva revolución copernicana que nos ayudara a comprender que nuestra vida no tiene una órbita fija y que nosotros mismos podemos crearla. Y que la libertad es el único destino para nuestro viaje.

¿Qué tendremos que hacer para despegar definitivamente de la prehistoria humana? Acaso lo que hacen las naves espaciales. Desacoplar progresivamente aquellos elementos que en el transcurso del viaje ya no resultan útiles.

A saber: el primer “módulo” a soltar podría ser la creencia en una naturaleza humana fija, en un universo predeterminado, comprendiendo la poca utilidad de apegarse a la inmovilidad.

Desprendido eso y avanzando decididamente para librarnos de todo condicionamiento,  podríamos alivianar el recorrido mirando y aflojando los amarres de nuestros paisajes de formación, aquella memoria y proyecto antiguos que ya no se llevan bien con el mundo en el que nos toca actuar. Soltar esa fricción, dará mucho más velocidad a nuestra nave.

Seguramente haremos una parada en una estación interestelar que hoy se está fabricando en muchas conciencias, llamada “Nación Humana Universal”, donde podremos repostar y relanzar nuestro viaje hacia cada vez más ignotos horizontes.

Está claro que hoy ya hay muchos astronautas preparándose para esa nueva revolución en todos los lugares de la Tierra. Y también está claro que sigue habiendo muchos “doctos” tontos, que consideran esas posibilidades como un insulto a la “realidad” y las buenas costumbres. Ellos están en los gobiernos y sus parlamentos, en los canales de TV, en los libros de mayor tirada.  Y por supuesto – y como entonces – también en los púlpitos, intentando capturar las almas que pugnan por escapar de tan añejo redil.

Me disculpo, querido O. Hubiera querido dar conclusiones más científicas o al menos, de algún valor de análisis geopolítico.

Pero esto hubiera sido girar en órbitas fijas. Poniéndome a tono con la época, he preferido desafiarlas.

Categorías: Humanismo y Espiritualidad, Opiniones
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