Humanismo y Religiosidad

11.01.2011 - Buenos Aires - Javier Tolcachier

Cuando alguien se enfrenta a semejante título, podría darse el caso que pensara que se trata de términos contrapuestos y antagónicos. Algún otro, por el contrario, podría inferir que este artículo versa sobre cuestiones sinonímicas. Así las cosas, podríamos estar ante miradas diferentes sobre un mismo tema que nos enseñan rápidamente que los significados no anidan exclusivamente en aquello que se mira, sino en el trasfondo de la mirada de quien observa.

Si pudiéramos mirar más profundamente esas miradas, como si las observáramos desde los trazos generados electrónicamente con los que vamos configurando nuestro texto, acaso descubriríamos un largo túnel que desanda los sinuosos y complejos carriles que la memoria ha ido tallando en nosotros. Y en aquella memoria no sólo veríamos lo que nos sucedió en el corto lapso de nuestra vida actual sino la acumulación de muchas generaciones y culturas precedentes.

En aquellos pliegues del pasado viviente, en aquella experiencia retroactiva, veríamos cuán variables han sido las significaciones dadas en el transcurso del acontecer histórico al Humanismo y a la Religiosidad. Hasta podríamos localizar épocas donde esas palabras no existían, pero donde eran denominadas de otra manera, aún cuando expresando sentimientos similares.

Por cierto que encontraríamos en aquellos tiempos precedentes, mensajes reveladores de verdades inefables como traducciones que no podrían escapar a los paisajes de las épocas en las cuales las experiencias de nuestros antepasados se desarrollaron. Y acaso en muchas de estas traducciones se encontrarían mezcladas significaciones interpuestas por situaciones sociales, políticas o de otra índole, todas pertenecientes a aquella “altura de los tiempos”.

Aclaremos un poco esta trama que tiende a ser compleja y por tanto, en cierto modo, a confundir. Decimos que el Humanismo, por ejemplo, no hubiera podido generar la misma imagen y propuesta de acción y relación en un tiempo donde la vida Humana se desenvolvía entre dificultades percibidas como insalvables, respecto de otra Era, donde la multiplicación y ampliación de posibilidades comenzaba a delinear un horizonte de libertad mucho más asequible y generalizado.

En el mismo sentido, en aquellos antiguos tiempos en el que el sojuzgamiento a las condiciones naturales aparecía como un imponderable definitivo, la Religiosidad se pondría también de manifiesto de acuerdo a esquemas del mismo tipo. Con mayor razón, si el absolutismo político y las desigualdades sociales alimentaban un tipo de imagen donde el dios era precisamente la justificación de dicho paisaje, encarnando de uno u otro modo en el poder epocal y dejando al Ser Humano la sensación de ser apenas un detalle animado en el Universo.

Lo cierto es que, en sus mejores perspectivas, el Humanismo pondría de manifiesto la Dignidad Humana en palabras, gestos u obras, la maravilla de un Ser conciente y transformador, resaltando lo eminente de su temporalidad y sus posibilidades de superación. La religiosidad por otra parte, aunque a menudo confundida y casi siempre oscurecida por lo religioso (en tanto formalización externa), apuntaría a mostrar aquel Horizonte trascendente, aquella intuición acerca de territorios Sagrados dadores de sentido y dirección al aparente absurdo de la impermanencia y la mortalidad.

Si ahora nos situáramos dentro del túnel del tiempo de la mirada que observábamos y nos sintiéramos impelidos por un viento hacia delante, podríamos saber que a futuro, aquellos conceptos podrían variar una y mil veces más, fluyendo en traducciones que nuestros sucesores de especie y sus circunstancias cincelarían.

Si volvemos al punto de partida, al momento actual, parecería – al menos en una primera y primaria observación – que en la actual Edad, poco ha quedado de Humanismo y poco también de Religiosidad. Legiones de sufrientes prisioneros de inquietantes condiciones de vida atestiguarían que el Humanismo podría ser un mito que nunca existió, que ciertamente no existe en la sociedad presente y que – en atención y como proyección lógica de los factores precedentes – jamás existirá.

En cuanto a la Religiosidad, tampoco es fácil rescatar en el mundo de las gentes de este tiempo aquellos gestos de compasión, de tolerancia, de paz y fraternidad que uno espera como consecuencia de la expresión de una religiosidad revelada en actos y formas de vida. Al parecer, nos encontraríamos entonces ante dos quimeras, ante dos estrellas caídas, perdidas o ensoñadas en el panteón de las fantasías incumplidas.

Y sin embargo, sin embargo… podría ser que estuviéramos en el ocaso de una civilización y en este estertor, se sintieran los habituales efectos de aquellos positivos fracasos históricos que preceden y anuncian una nueva Revelación.

Sin duda que el sentir religioso se hace fuertemente presente en tales situaciones, como un clamor profundo que asoma en la conciencia humana exigiendo respuestas al manifiesto malestar. Pero en el mismo momento en que la Conciencia está a punto de abrirse a una nueva Comprensión, conviven también en ella aquellos paisajes antiguos que parecen querer forzarla a una involución. En aquellos instantes, el proceso humano parece haber perdido el rumbo desdichadamente y se invoca al pasado previo al desvío como única fuente a partir de la cual el correcto sendero podría ser retomado. De esta manera, aún en los elementos más avanzados de la crisis, aparecen escenarios remotos de salvación o paisajes ingenuamente límpidos pero en verdad corrompidos por añejas creencias que disimuladamente intentan proyectarse hacia el nuevo momento.

Está claro que, en esa “vuelta al pasado” o contrabando del pasado hacia el futuro, cualesquiera sean sus proporciones, se pretende invalidar el aporte de tantas generaciones que han puesto su esfuerzo en el ascenso y se magnifica el factor desviatorio condenando por completo su dirección. Se soslaya o niega en tal visión lo mejor de aquella dirección anterior y no se advierte que aún lo peor del momento que se pretende superar, contribuirá al nuevo momento.

¿Cuál será entonces aquella Revelación ante la que nos encontramos, que no pretenda destruir sino incluir, que potencie y dé continuidad creativa al despliegue eterno y creciente del Universo?

¿Cuál será la traducción inminente que indique al Ser Humano los mejores caminos a seguir?

¿Será acaso un Humanismo Trascendente, que no agote su visión en el mero avance tecnológico o social que acalla en su deslumbrante chisporroteo el fragor de la siempre inminente finitud? Seguramente, la certeza profunda acerca de la espiritualidad humana, acerca de la posibilidad de saltar por sobre el cerco que tiende la Muerte al futuro, será un componente indispensable de la nueva Civilización que emergerá de las cenizas de un materialismo decadente y ya obsoleto.

Sin embargo, si dicha Revelación es novedosa por completo, deberá dejar atrás los antiguos panoramas de Ominisciencia personalizada, de sujeción a Voluntades divinas lejanas y poco comprensibles. Si dicha Revelación se ajusta a los nuevos tiempos, no deberá ser apenas un complemento trascendente de aquella rebeldía humana apenas tolerada y poco coherente con esquemas rituales provenientes del temor y la propia nimiedad.

Nos parece que, si aquella Revelación pudiera trasladarnos y acompañarnos a un nuevo Momento, sería necesario que ella nos mostrara una única tarea posible: aquella de Humanizar lo trascendente, de proyectar al Ser Humano como mascarón de proa del proceso Universal en su triple componente física, anímica y espiritual.

De esta manera, no sería ya el Ser Humano quien debiera ajustarse a los cánones de dirigismos inmutables, sino que comprendería que en el ejercicio de su Libertad abriría al Cosmos aquellos caminos de lo Sagrado, produciendo los surcos con aquella divinidad inherente a la condición humana y proyectada ingenuamente tantas veces hacia fuera.

Nos parece entonces que ese nuevo Mensaje, esa proyección de lo Humano Trascendente sobre el campo de la Religiosidad, esa Humanización de la espiritualidad, modificará el contexto religioso profunda- y favorablemente, acercando lo mejor de las diversos credos y culturas. Y no sólo eso, sino que tal Intención, volando confiada en alas de un Destino adecuado y pleno de Sentido para la condición Humana, abrirá las puertas para que, sobre la faz de la Tierra, se enciendan por fin fuegos que celebren la paz, la igualdad de posibilidades, la sintonía entre los seres Humanos y sobre todo y por vez primera, hagan de la Libertad Humana, la primera de las certezas y la base de toda moralidad y toda trascendencia.

Categorías: Cultura y Medios, Internacional, Opiniones, Sudamérica

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