Educar sobre la memoria de las víctimas de la esclavitud, la trata transatlántica de esclavos y sobre los cuerpos de las mujeres, es uno de los grandes retos de la humanidad actual, frente a una realidad que persiste en términos de las violencias y desigualdades históricas

El Día Internacional en Memoria de las Víctimas de la Esclavitud y del Comercio Transatlántico de Esclavos, que se conmemora el 25 de marzo, constituye un hito fundamental en la agenda de las Naciones Unidas para hacer frente a una de las violaciones más graves de los derechos humanos de la historia moderna. Instituido por la Resolución 62/122 en diciembre de 2007, este día conmemorativo no solo rinde homenaje a las personas esclavizadas, desplazadas y asesinadas durante los cuatro siglos de comercio transatlántico, estimadas entre 12 y 15 millones de seres humanos [1], sino que ensalza el valor añadido de esta conmemoración, en la medida en que constituye un mecanismo para la educación histórica, la reconciliación y la justicia reparadora. La fecha elegida coincide simbólicamente con el bicentenario de la Ley de Abolición del Comercio de Esclavos del Imperio Británico (1807), aunque, como subrayan algunos estudios críticos, la abolición formal no puso fin de inmediato a la esclavitud ni a sus prácticas ilegales, que persistieron durante décadas [2].

El significado de esta fecha se amplió en 2026 gracias al liderazgo de Ghana que, bajo la presidencia de John Dramani Mahama, impulsó la adopción de la Resolución A/80/L.48 en la Asamblea General de la ONU, aprobada con 123 votos a favor. Su impacto es sin precedentes, ya que declara oficialmente el sistema de esclavitud racializada y el comercio transatlántico como “el crimen más grave contra la humanidad”, destacando su magnitud, duración, brutalidad sistemática y consecuencias duraderas que perduran a través del racismo estructural, las desigualdades socioeconómicas y las dinámicas imperiales en las economías globales.

El reconocimiento de este trauma histórico trasciende la idea del memorial y resuena como un proceso psicosocial determinante para procesar el trauma colectivo. Incluso algunos estudios sobre las conmemoraciones del bicentenario, celebradas en 2007, demuestran que las iniciativas que entrecruzaron públicamente cuestiones patrimoniales y acontecimientos históricos, aunque limitadas, habilitan espacios cruciales para la inclusión multicultural, así como para el cuestionamiento de las narrativas nacionales con tintes glorificadores [3]. Estos esfuerzos en el ámbito del memorialismo obligan a las instituciones de nuestra sociedad a abordar las verdades incómodas, en particular, la complicidad histórica con la esclavitud y el comercio transatlántico.

La escasa presencia de gestos significativos, como disculpas oficiales o reparaciones materiales, ha dado lugar a ceremonias públicas dotadas de un papel compensatorio que, según Oldfield, integra una forma de reconocimiento “for past suffering” [del sufrimiento pasado (traducción nuestra)] [4]. Esa avidez por el aura de alineación con la ruptura de los traumas fue visible en museos y monumentos transformados en arenas donde, en cierta medida, se renegociaron aspectos de la memoria (trans)nacional, desafiando las paradojas de las identidades construidas sobre la explotación y la liberación [2].

Este acto de recordar está intrínsecamente ligado a la necesaria revalidación de la paz. Este acto de recordar está intrínsecamente ligado a la necesaria revalidación de la paz. Lo afirmamos teniendo presente que la literatura sobre estudios de la paz establece claramente que “construir la memoria” y “construir la paz” son procesos interdependientes [5]. En el caso concreto de la esclavitud transatlántica, la recuperación de los hechos memoriales pone de manifiesto tres funciones relevantes para este proceso:

1º – Asumir la verdad y reconocerla: romper el silencio histórico es un requisito previo para el duelo de los traumas del pasado, ya que la negación y el ocultamiento perpetúan los daños psicológicos y sociales [6].

2º – Prevenir la amnesia histórica: la elección consciente del acto de recordar es un compromiso moral para evitar la repetición de tales atrocidades [4].

3º – Abordar las desigualdades contemporáneas: la memoria debe favorecer los vínculos entre el pasado y el presente, reconociendo que las estructuras de opresión creadas por la esclavitud siguen moldeando globalmente las experiencias de las personas de ascendencia africana [7].

La reciente resolución de la ONU impulsada por Ghana, encarna esta tercera función, al vincular explícitamente la memoria histórica con un programa concreto de justicia reparadora que incluye disculpas formales, la restitución de los objetos culturales saqueados y reformas institucionales diseñadas para combatir el racismo sistémico.

En este contexto, es inevitable mencionar la educación como pilar fundamental de esta reivindicación. Es cierto que las conmemoraciones celebradas en 2007 dieron lugar a un conjunto variado de actividades educativas. De hecho, fue la difusión a escala mundial de algunas propuestas de esta iniciativa, desde exposiciones locales hasta proyectos nacionales, lo que reconfiguró la percepción pública de las situaciones en cuestión [8]. Gracias a ese espíritu, podemos afirmar que una educación eficaz en este ámbito promueve una conciencia humanista y una visión histórica crítica, en virtud de los estímulos que se ejercen sobre los alumnos para que, por un lado, comprendan cómo las injusticias del pasado conforman las estructuras de poder actuales. Y, por otro lado, fomente la empatía y la conexión humana, al centrarse en las experiencias y la agencia de personas como Frederick Douglass y Harriet Tubman, con el fin de contrarrestar las representaciones deshumanizadoras [9] y vincular el pasado con el presente, mediante razonamientos que trazan líneas directas entre la explotación histórica y las formas modernas de trata de personas, discriminación racial y desigualdad económica [10].

Es precisamente de acuerdo con la lógica expuesta y, en aras de la transparencia, la reparación y la educación restaurativa, que un análisis verdaderamente integral de este legado, exige examinar con detenimiento una dimensión, a menudo marginada: el papel específico de las mujeres negras, en particular de las mujeres esclavizadas y el control ejercido sobre sus cuerpos. Subrayamos, a partir de esta mención, que el sistema esclavista no sólo explotaba el trabajo físico, sino que también instrumentalizaba la reproducción femenina como un recurso económico.

El principio jurídico del partus sequitur ventrem [“el hijo sigue la condición de la madre (traducción nuestra) fue un dispositivo central en esa lógica extractivita, transformando el cuerpo femenino en un lugar de producción de capital humano. Este principio legal codificó la subordinación materna, garantizando que todos los niños nacidos de una mujer esclava fueran inmediatamente apropiados por el esclavista, independientemente del progenitor [11]. Esta política de reproducción forzada, convirtió a las mujeres negras en agentes cruciales para el mantenimiento del sistema en cuestión, así como en los retos posteriores a la abolición de dicho sistema, cuyas políticas a menudo ignoraron sus necesidades específicas [12].

La medicina, por su parte, ha tratado históricamente los órganos reproductivos de las mujeres negras como una fuente apta para la extracción de recursos, en lugar de una fuente de cuidado y de vida, aunque lo primero aún resuena en algunas disparidades en materia de salud [13]. Por lo tanto, la búsqueda de la justicia reparadora y de una memoria orientada a mitigar la amnesia histórica debe, necesariamente, abordar los temas en cuestión desde el punto de vista de las posibilidades de reparación, a través de una nueva perspectiva de las historias relacionadas con la violencia ejercida contra los géneros y las etnias.

En este sentido, consideramos aún en fase exploratoria, que una de las propuestas de solución al alcance de los educadores, profesores y políticos puede encontrarse en la enseñanza y el estudio de la ficción especulativa. Esta surge aquí como un espacio potente para imaginar futuros alternativos, donde las narrativas de resistencia, agencia y dignidad corporal de las mujeres negras puedan realizarse plenamente, ofreciendo no solo una denuncia y una crítica al pasado, sino un guion visionario para la superación de situaciones traumáticas reflejadas de forma intergeneracional, para la justicia equitativa y para la concepción de la posmemoria, tal y como se alude en obras como las que aquí sugerimos: Parentesco, de Octavia Butler y Beloved, de Toni Morrison.

 

Referencias bibliográficas

1 – Turner, P. J., Cannon, S., DeLand, S., Delgado, J. P., Eltis, D., Halpin, P. N., Kanu, M. I., Sussman, C. S., Varmer, O., & Van Dover, C. L. (2020). Memorializing the Middle Passage on the Atlantic seabed in areas beyond national jurisdiction. Marine Policy, 122, 104244.

2 – Tibbles, A. (2008). Facing Slavery’s Past: The Bicentenary of the Abolition of the British Slave Trade. Slavery & Abolition, 29(2), 293-303. https://doi.org/10.1080/01440390802028200

3 – Gwyn, M. (2011). «Memorialisation and Trauma: Britain and the Slave Trade.» Museum International, 63 (1-2), 79-90.

4 –  Oldfield, J. R. (2012). Repairing Historical Wrongs: Public History and Transatlantic Slavery: Public History and Transatlantic Slavery. Social & Legal Studies, 21(2), 243-255.

5- Kidron, Carol A. (2020). The “Perfect Failure” of Communal Genocide Commemoration in Cambodia: Productive Friction or “Bone Business”? Current Anthropology. 1-57.

6- Deveau, J.-M. (2006). Silence and reparations. International Social Science Journal, 58(188), 245–248. https://doi.org/10.1111/j.1468-2451.2006.00616.x

7.- Howard-Hassmann, R. E. (2022). Should the USA offer reparations to Africa for the transatlantic slave trade? Society, 59(4), 339–348. https://doi.org/10.1007/s12115-022-00682-3

8 – Oldfield, J., & Wills, M. (2020). Remembering 1807: Lessons from the archives. History Workshop Journal, 90, 253–272. https://doi.org/10.1093/hwj/dbaa016

9 – Duncan, K. E., & Simmons, C. (2025). Distorted images: Black women’s representation in elementary social studies texts. Critical Studies in Education, 1–18. https://doi.org/10.1080/17508487.2025.2502628

10 – Gross, A. J., & Thomas, C. (2017). The new abolitionism, international law, and the memory of slavery. Law and History Review, 35(1), 99–118. doi.org.

11 – Paton, D. (2022). Gender history, global history, and Atlantic slavery: On racial capitalism and social reproduction. The American Historical Review, 127(2), 726–754. https://doi.org/10.1093/ahr/rhac156

12 – Rosa, M. (2020). Filial freedoms, ambiguous wombs: Partus Sequitur Ventrem and the 1871 Brazilian free womb law. Slavery & Abolition, 41(2), 377–394. https://doi.org/10.1080/0144039X.2019.1606518

13 – Smith, L. E. (2025). Performance and making material histories of racialising violence in medicine. Medical Humanities, 51(2):medhum-2024-013103.