Acaso resulte algo difícil en las presentes circunstancias creer en la posibilidad del surgimiento de una civilización humanizada. Las guerras, la miseria, los desequilibrios climáticos, la discriminación, las violencias interpersonales, la crueldad y el descrédito de las élites en el poder, son escollos que parecen anular toda perspectiva de futuro digno. Pero son esas mismas circunstancias, las que anuncian que algo ha tocado a su fin y preanuncian el nacimiento de algo profundamente nuevo. Radicalmente nuevo.
Como en cada momento del proceso humano, de manera casi imperceptible para la inmediatez sensorial – aquello que algunos ingenuamente y otros con mucha menos ingenuidad llaman “realidad” – hay intentos que apuntan a construir modelos de futuro. Esas propuestas, que el sistema moribundo y sus cultores descalifican como “utópicas”, son nada menos que eso, las utopías que claman fervientemente por mostrar, como siempre ha sido, que finalmente nada puede interponerse a la evolución de la vida humana.
Esas señales constituyen imágenes y prácticas que se dirigen al corazón humano para elevarlo y posibilitar la superación del derrotismo y la angustia situacional. Son el embrión del mito que se eleva desde la profundidad para convocar a los pueblos a depositar en él su fe inconmovible, abriendo el paso a un nuevo capítulo de la Historia.
Las señales
El Maestro Silo, fundador de la corriente del Nuevo Humanismo, explicó hace unos veinte años, en el transcurso de una conversación recientemente rescatada, que desde los tiempos más remotos los conjuntos humanos, para sobrevivir y avanzar hacia mejores condiciones de vida, debieron dar respuesta a tres interrogantes centrales.
La relación que establece la comunidad con el entorno medioambiental, el tipo de relación entre los mismos seres humanos y la relación consigo mismo que proporciona creciente satisfacción, han sido y son las cuestiones cardinales que, de ser correctamente respondidas, permiten el desarrollo evolutivo en cada momento histórico.
Para obtener respuestas adecuadas, algunos miembros de aquellos grupos humanos se disponían de distinta manera a recibir señales desde espacios insondables y sagrados, señales que en diferentes etapas fueron el núcleo de poderosas creencias religiosas y en otras, impulsaron vendavales creativos de transformación científica, artística, filosófica, social y política.
Las distintas culturas, creciendo separadamente, dieron sus respuestas y fueron acuñando sus modelos de conducta, su moral y su organización social, intentando sobreponerse a los retos que el momento de desarrollo les impuso.
En la actualidad observamos cómo hay intentos loables, aunque quizás fragmentarios y reactivos, de aportar en esa dirección, respuestas parciales que dan cuenta de la decadencia, pero no abarcan el desafío con la potencia totalizadora que caracteriza al relato mítico fundacional.
Rescatando algunos indicadores de tentativas en ese sentido, vemos cómo es denunciada la irracionalidad y disparidad en el uso de recursos naturales y la parcialidad y mezquindad de los intereses particulares en las medidas que se toman (o declaman) frente a la degradación medioambiental global producida por la depredación capitalista. En ese sentido, las alertas a favor del cuidado medioambiental constituyen un avance, en tanto no coloquen el estado natural de las cosas por encima del ser humano, su supervivencia y evolución.
En esa misma dirección, podemos identificar en varias culturas el intento de revestir con cierta ritualidad antigua la necesidad de no destruir y alentar la reproducción de procesos favorables a la salud y la alimentación de los conjuntos humanos evitando que un grupo reducido se apropie del entorno tan solo para obtener réditos financieros de corto plazo. En modalidades de cultivo como la agroecología o en la sensibilidad muy presente hoy en amplios sectores juveniles de evitar o reducir el consumo de carne animal puede verse una señal compasiva, también presente en distintas formas espirituales surgidas en otras épocas históricas.
En cuanto a la relación entre los seres humanos, mientras el sistema dominante promueve y naturaliza la violencia, instalando la explotación y la competencia individualista, hay numerosas experiencias de colaboración, cooperación, solidaridad y empatía entre las personas y los pueblos.
Frente al hambre y la miseria, al armamentismo desenfrenado, al racismo y la discriminación, a la violencia contra las mujeres y los niños, ante la proliferación del discurso de odio, se levantan y organizan una vasta cantidad de colectivos y organizaciones que promueven alternativas para proporcionar una mejor vida a las personas en la sociedad actual. En ese campo destacan propuestas pioneras como la Renta Básica Universal, el concepto de Bienes Comunes, los modelos socialistas y cooperativos, la defensa de los sistemas de educación y de salud gratuitos, universales y de calidad, las iniciativas pacifistas, la protección de minorías discriminadas y, en general, todas aquellas que alientan la igualdad de derechos y oportunidades para todos.
Los Derechos Humanos, aun cuando restringidos todavía tanto en su formulación como en su aplicación, son un avance ejemplar de la especie en el camino para su propia superación.
Paralelamente se hace oír con fuerza la exigencia de descolonización definitiva y reparación de las violencias, un paso imprescindible para forjar la senda de la reconciliación de las heridas que aun siguen lacerando el tejido y la memoria social. Los reclamos por un nuevo esquema igualitario de convivencia geopolítica y las menciones de un destino compartido de la humanidad representan destellos significativos en ese ámbito.
En el área de la información y la comunicación, la red Internet supone un gran logro en la dirección del Conocimiento compartido, más allá del violento intento de apropiación por parte de compañías del rubro, que pretenden acaparar el esfuerzo colectivo acumulado para favorecer tan solo sus intereses.
Finalmente, hay una fuerte búsqueda de los individuos y los conjuntos humanos para encontrar un sentido existencial que otorgue satisfacción y dirección a la propia vida. Al tiempo que se hace patente la perturbación, la vulnerabilidad, la frustración y el incremento de las afecciones mentales, millones de seres humanos ensayan o repiten – más allá de lograr su objetivo – diferentes fórmulas en el ámbito espiritual para sobrellevar la cerrazón de futuro y la situación de sufrimiento mental en la que se encuentran.
Todas estas señales, aunque se manifiesten de forma diversa y hasta opuesta, aunque se presenten como respuestas parciales a las problemáticas afrontadas, muestran la intención humana de conectar con caminos que ayuden a liberar a las personas de las penurias colectivas e individuales que atraviesan.
Es una intención profunda en cada ser humano y en el conjunto en el que está inmerso, que busca redirigir y depositar su fe interna en un objeto mental que de respuesta a esos grandes interrogantes. Dicha búsqueda, impulsada por la evidente necesidad, está en la raíz del surgimiento de un nuevo relato mítico que sentará las bases del futuro.
La Nación Humana Universal, el mito social de la primera civilización planetaria
El momento de proceso histórico actual presenta importantes diferencias con momentos anteriores.
Hoy la humanidad está profundamente interconectada, los procesos civilizatorios se entrecruzan e influyen mutuamente, ya no es posible pensar en desarrollos aislados y estancos.
En distintos ámbitos, crece una mirada mucho más integral sobre los temas a resolver. Las ciencias y el pensamiento, a pesar de la especialización y atomización de muchas investigaciones, más allá del imperio de cierta técnica utilitaria manejada por el interés empresarial, necesariamente tenderá a asumir un carácter cada vez más interdisciplinario y complejo.
Por otra parte, pese a la estructuralidad de los problemas, hay un fuerte rechazo y un gran fracaso en todo intento de centralización. La diversidad se abre paso buscando explorar nuevos territorios, desenvolviendo múltiples tácticas, emulando así el desarrollo de la Vida misma.
De allí que el nuevo mito fundante, lejos de concentrar la energía en una imagen rígida y unitaria, posiblemente deba ser incluyente y multiforme, permitiendo experimentar una sinfonía convergente con los mejores elementos desarrollados por cada proceso cultural.
Ese podría ser el significado emergente en una Nación Humana Universal, que posibilite el aporte sin exclusiones de los atributos positivos de cada pueblo y reconozca la diversidad como fuente de enriquecimiento, superando así todo atisbo de discriminación.
Una Nación Humana Universal que garantice igualdad de derechos y oportunidades de desarrollo personal y social para todos, que amplíe la libertad y la reciprocidad a través de la acción humana, que desconcentre el poder devolviendo soberanía a la base social y promueva la recomposición del tejido destruido por otros, son tópicos que están en el núcleo de esa imagen mítica.
Del mismo modo, es central afirmar la no violencia interpersonal y social como modelo de conducta recto a seguir. Acompañar la interacción en el mundo con una íntima reflexión sobre el sentido de la vida en una novedosa espiritualidad humanizada, sin imposiciones, dogmas y de libre interpretación y fomentar la reconciliación con uno mismo y con otras personas o bandos son condiciones esenciales de una actitud que reconoce la íntima unidad que nos conecta.
Asumir de manera consciente la rebelión contra la muerte como máxima desobediencia al aparente destino y afirmar la construcción de la trascendencia inmortal mediante la acción coherente es un trazo existencial del mito que proporciona certezas en el hacer cotidiano, cualesquiera sea el trasfondo psicosocial del que se proviene.
Más allá de este esbozo tenue, se abre así un inmenso mar de posibilidades creativas, de imágenes que guíen la acción en cada uno de los ámbitos de actividad humana y, sobre todo, que fortalezca el impulso para que el mito se manifieste e irradie con un fulgor poderoso a la especie.
En ello radica nuestra tarea. Para lo que será preciso abandonar la tentación mediocre del realismo y la cortedad de miras coyuntural, insuficientes para la condición humana. Tal como lo han hecho nuestros predecesores, la ruta a desandar colectivamente es imaginar y hacer posible lo imposible. Sintonizarnos en esa dirección para transformar lo contingente y crear lo nuevo, es un rumbo digno de nuestra especie.













