El mundo de hoy parece estar lleno de sádicos (lo digo así, en masculino, porque la mayoría de ellos son hombres). Tampoco se trata de un fenómeno tan nuevo ni tan extraño puesto que la historia humana también está colmada de sadismo (y me refiero a “la historia” como aquel período en el que se suponía ya habíamos logrado dejar atrás la brutalidad natural).
La expresión latina que sirve de título a este texto –“el hombre es un lobo para el hombre”- fue reactualizada por Hobbes (1588-1679) para explicar que la convivencia humana en “estado de naturaleza” era una guerra permanente de todos contra todos, debido a la tendencia innata a la violencia y el egoísmo propia de los seres humanos, en tanto que entes naturales. Hobbes concibe entonces al Estado moderno (el Leviatán) como una entidad capaz de ordenar y controlar racionalmente la vida colectiva, traspasándole todo el ejercicio del poder y la fuerza mediante un gran acuerdo o pacto social.
Hoy, 375 años después, ya podemos decir algunas cosas al respecto. Primero, que es injusto utilizar al lobo como un símbolo de lo salvaje. Los lobos conviven en grupos en los cuales la colaboración es un factor clave de su supervivencia, así es que cuentan con mecanismos muy eficientes para inhibir la agresividad y mantener la cohesión intragrupal. Exactamente lo contrario de lo que tendemos a hacer los seres humanos, que somos capaces de destruir pueblos enteros para obtener victorias pírricas, es decir, con costos tan elevados para todos los involucrados que en realidad equivalen a sendas derrotas.
Otro aspecto a considerar es el hecho de que en la naturaleza no existe el sadismo. Hay violencia, a menudo bastante cruel, pero siempre restringida a las necesidades de la supervivencia. El sadismo recién fue descrito a fines del siglo XIX, a partir de los escritos del Marqués de Sade (1740-1814), y se lo considera como una perversión sexual, cuando se experimenta placer en infligir dolor físico o psicológico no consentido a otros. Es probable que los bailecitos de Trump y la sonrisilla burlona de Netanyahu frente al dolor y la muerte que han extendido por los territorios bombardeados de Gaza. Líbano o Irán tengan ese origen. Pero lo más grave es cuando los pueblos que han elegido a esos líderes también los siguen en su perversa celebración, en vez de quitarles todo el apoyo con el que en su momento los validaron.
Lo más perturbador -como decíamos- es que este parece ser un fenómeno repetido a lo largo de la historia, hasta hoy. Es claro que las actuales agresiones perpetradas por Estados Unidos e Israel violaron el derecho internacional, pero ya la invasión a Irak del año 2003 fue también una violación flagrante por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña, justificándola además con argumentos y relatos falsos muy similares para manipular a los pueblos: las armas de destrucción masiva, el “enemigo” como “eje del mal”, etc. La Doctrina Monroe, hoy actualizada por Trump, fue el instrumento “legal” esgrimido por Estados Unidos para legitimar la intervención directa o indirecta en el proceso político-social de los países latinoamericanos durante dos siglos.
El devenir histórico de la humanidad está lleno de falacias similares utilizadas para justificar o, peor aún, validar la violencia y el exterminio. La Asamblea General de las Naciones Unidas acaba de aprobar una resolución que considera a la esclavitud y la trata de esclavos como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia, con la abstención de la mayor parte del bloque occidental, es decir, de los principales esclavistas hasta mediados del siglo XIX. En la famosa Conferencia de Berlín (1884-1885) los países coloniales europeos se repartieron África como si fuera una torta o una pizza y declararon a toda la región como “terra nullius”, es decir, tierra de nadie, justificando de ese modo la apropiación ilegítima de dicho territorio y la esclavización brutal de los pueblos que habitaban allí. Hasta hoy no se conoce ninguna forma de compensación efectiva hacia esos pueblos agredidos. Al contrario, se ha intensificado la persecución europea hacia los migrantes que provienen de esa maltratada región africana.
Hace un mes atrás (es decir, alrededor de 500 años después) el rey de España Felipe VI reconoció que durante la conquista y colonización de América “hubo mucho abuso”. Bueno, algo es algo…
Sin embargo, el fracaso más desastroso ha sido el de la famosa creación de Hobbes (de lo que ya había algunos antecedentes en Maquiavelo). Según esta concepción, el Estado opera básicamente reprimiendo a su población para inhibir la violencia interna y agrediendo a otros Leviatanes o defendiéndose de ellos. Esta teoría política basada en la acumulación de fuerza ha conducido al mundo hacia una carrera armamentista que nunca se ha detenido, sofisticándose cada vez más gracias a los avances tecnológicos. Hoy ya no se puede hablar de guerras. Más bien se trata básicamente de lluvias de misiles y drones teledirigidos que acosan a los pueblos atados a sus territorios ancestrales (y no a otros ejércitos), tal como lo vemos todos los días en el Oriente Medio.
También ya es evidente que los líderes políticos, encargados de administrar racionalmente esa enorme fuerza que el pacto social hobbesiano puso en sus manos, son tanto o más irracionales, locos y violentos que esos pueblos a los que debían controlar, pero con una enorme capacidad destructiva a su disposición. En vez del orden anunciado, solo se ha impuesto el caos ahora esgrimido como doctrina (en su último discurso, Trump amenazó con devolver a Irán a la Edad de Piedra). Por cierto, ya no se trata de líderes impuestos por la fuerza como el Príncipe de Maquiavelo, sino que han sido elegidos por votación popular, de lo cual puede deducirse que esos pueblos realmente quieren aquello que las dirigencias enardecidas les están dando.
Durante las últimas décadas se creyó que la humanidad había logrado superar para siempre estas tendencias sado-genocidas, gracias a la instauración del Derecho Internacional y a la creación de organismos internacionales capaces de asegurar la convivencia pacífica entre las naciones. Los acontecimientos recientes han desmentido esa esperanza y una vez más el mundo asiste al resurgimiento de la masacre como instrumento de predominio. Por otra parte, al interior de los países ha reaparecido el racismo y la discriminación como en nuestras peores épocas.
Desde una mirada humanista, ¿qué puede decirse al respecto?
Lo primero es que esta tendencia involutiva del ser humano debería estar en el centro de cualquier análisis antropológico al respecto y no queda claro porqué siempre se la tiende a eludir. También, es imperativo abandonar la “justificación animal” para tratar de explicar la conducta humana. Desde Hobbes en lo político al neoliberalismo en lo económico se ha utilizado siempre el mismo argumento, que alude a nuestra falta de libertad respecto de los instintos. Durante 400 años hemos escuchado los mismos discursos para justificar estos sistemas fracasados, ¿no sería hora de cambiar de óptica? Los seres humanos abandonamos el estado de naturaleza hace milenios y es penoso que grandes pensadores sigan tratando de validar sus tesis con estos argumentos. Si no hemos cambiado -puesto que sigue existiendo la violencia en todos los niveles de nuestra convivencia- es porque no queremos, no porque estemos obedeciendo ciegamente a ningún supuesto mandato natural.
¡La libertad, esa gran causa de todas las luchas! Pues bien, la principal libertad que hemos conquistado, en este largo proceso evolutivo es la libertad interna: ya no somos esclavos absolutos de nuestros reflejos ni del medio externo, como han querido hacernos creer, porque podemos ponernos de acuerdo para inventar realidades nuevas …si queremos. Tal vez haya llegado el momento de limpiar nuestras cabezas de las falacias con las que nos han mantenido atrapados unas pequeñas élites de poderosos que se resisten al cambio. Pero entonces ya no hablamos de libertad sino de liberación: liberarse de viejos fantasmas internos para construir esas nuevas realidades, tanto subjetivas como objetivas, materiales e inmateriales.













