Hossam Shabat tenía 23 años cuando lo mataron. Era periodista. Su arma era una cámara encendida y su munición era la verdad. Por eso lo mataron.
El 24 de marzo de 2025, un dron israelí disparó un misil contra su vehículo, marcado con los logos de prensa visibles que lo identificaban como lo que era: un comunicador, un civil, un hombre protegido por el derecho internacional humanitario. No hubo advertencia previa. No hubo error. El ejército israelí reconoció el ataque al día siguiente y lo justificó llamándolo terrorista. No presentó pruebas. No necesitó hacerlo. Nunca las necesita.
Hossam Shabat había nacido en Beit Hanoun, en el norte de Gaza, en 2001. Estudiaba Tecnologías de la Comunicación, estaba en tercer año, era miembro del consejo municipal de jóvenes de su ciudad. Tenía sueños de fundar su propia empresa de medios y marketing. Quería estabilidad. Quería futuro.
El 7 de octubre de 2023, con 21 años, ese futuro se fracturó para siempre. Y Hossam tomó una decisión que define a los periodistas más grandes: quedarse.
Sus padres huyeron al sur. Él se fue con ellos un trecho, y luego se detuvo. Su madre Amal lo recuerda así: lo llamaba desde el norte con regularidad, y ella le rogaba que se viniera. Él siempre decía que no. «Mamá, aunque me escondieras en tus brazos, si está escrito que me maten, me matarían igual.» Ese no era fatalismo. Era la convicción absoluta de alguien que ha decidido que hay cosas más importantes que sobrevivir.
Durante 18 meses documentó el horror. El norte de Gaza: bombardeos sobre familias enteras, masacres de barrios, columnas de humo, niños sacados de escombros. Lo transmitió en vivo para Al Jazeera Mubasher. Lo escribió para Drop Site News. Lo publicó en sus redes sociales, donde casi 600.000 personas lo seguían. Dormía en aceras, en escuelas, en carpas, donde podía. Pasó meses con hambre. Fue desplazado más de veinte veces. Enterró a colegas. Sobrevivió un primer ataque. Y siguió.
En octubre de 2024, el ejército israelí lo incluyó en lo que organizaciones de prensa describieron como una lista de objetivos, acusándolo junto a cinco colegas de Al Jazeera de ser militantes de Hamas y la Yihad Islámica. El Comité para la Protección de los Periodistas rechazó las acusaciones como una campaña de difamación sin sustento. Reporteros Sin Fronteras señaló que los documentos presentados por el ejército carecían gravemente de pruebas. Hossam respondió públicamente que eran expedientes fabricados para convertirlo, a él y a sus colegas, en blancos legítimos. «Nos están convirtiendo en objetivos asesinables», dijo.
Sabía lo que vendría. Y lo escribió.
Antes de morir, Hossam Shabat redactó una carta. Instruyó a su equipo para que la publicaran cuando llegara el momento. El 24 de marzo de 2025, unas horas después de que un misil israelí lo matara en la calle, su equipo cumplió ese encargo. Así comienza:
Este es el equipo de Hossam, y compartimos su mensaje final:
«Si estás leyendo esto, significa que me han matado — lo más probable es que fui un objetivo de las fuerzas de ocupación israelíes.
Cuando todo esto empezó, tenía solo 21 años — un estudiante universitario con sueños como cualquiera.
Durante los últimos 18 meses, he dedicado cada momento de mi vida a mi pueblo. Documenté los horrores en el norte de Gaza momento a momento, decidido a mostrar al mundo la verdad que intentaban ocultar. Dormí en aceras, en escuelas, en tiendas de campaña — donde fuera. Cada día era una lucha por la supervivencia. Soporté el hambre durante meses, pero nunca abandoné a mi gente.
Por Dios, cumplí mi deber como periodista. Me arriesgué a todo para informar la verdad, y ahora, por fin estoy descansando — algo que no he conocido en los últimos 18 meses.
Hice todo esto porque creo en la causa palestina. Creo que esta tierra es nuestra, y ha sido el mayor honor de mi vida morir defendiéndola y sirviendo a su pueblo.
Te pido ahora: no dejes de hablar de Gaza. No dejes que el mundo mire hacia otro lado. Sigue luchando, sigue contando nuestras historias — hasta que Palestina sea libre.
Por última vez,
Hossam Shabat, desde el norte de Gaza.»
Hay que detenerse aquí. Hay que leer esto despacio. Un joven de 23 años, en uno de los lugares más devastados del planeta, rodeado de muerte durante un año y medio, encontró tiempo y lucidez para sentarse a escribir una despedida. No era un acto de desesperación: era un acto de responsabilidad. Quería que sus palabras siguieran trabajando después de que él ya no pudiera hacerlo.
Esto es lo que hacen los periodistas en Gaza. Lo que ha llegado a ser una práctica corriente entre quienes cubren este genocidio desde adentro: dejar cartas listas, instrucciones para el equipo, mensajes póstumos. Porque la pregunta ya no es si los matarán, sino cuándo. Porque trabajar en una zona de conflicto ya es de por sí uno de los oficios más peligrosos del mundo, pero hacerlo en tu propio país, entre tu propia gente, mientras tu ciudad es arrasada, mientras identifican tu cara y tu nombre como objetivo militar, es algo para lo que no existe manual ni escuela de periodismo que prepare.
Hossam lo sabía. Hossam lo eligió de todas formas.
Horas antes de morir publicó su último artículo para Drop Site News. Describía lo que Israel estaba haciendo en Beit Hanoun — su ciudad natal, su tierra — tras romper el alto el fuego: tierra arrasada, bombas sin pausa, familias huyendo en la oscuridad. Esa mañana también publicó en sus redes la noticia de la muerte de otro periodista, su colega Mohammed Mansour, asesinado en Khan Younis. Mansour murió en su casa, junto a su esposa y su hijo. Hossam lo anunció al mundo, y una o dos horas después, el mismo ejército que había matado a Mansour lo mató a él.
El testigo ocular fue Ahmed al-Bursh, corresponsal de otro medio que estaba a cincuenta metros. «Hossam estaba entrevistando a un ciudadano antes de dirigirse al Hospital Indonesio para una transmisión en vivo. Un dron israelí lo apuntó directamente con un solo misil.» Al-Bursh añadió: «Yo iba a subir a su coche para ir juntos al hospital cuando ocurrió el bombardeo.»
Esa tarde, el portavoz árabe de las Fuerzas de Defensa Israelíes declaró en X que habían «eliminado al terrorista» Hossam Shabat, y adjuntó una planilla de Excel borrosa que supuestamente lo incluía en un batallón de Hamas. Sin pruebas verificables. Sin proceso judicial. Sin nada que se parezca remotamente a lo que el derecho internacional exige antes de ejecutar a un ser humano.
Su crimen fue informar. Su cámara fue declarada un arma. Y fue ejecutado.
Hossam no fue una anomalía. Fue el número 208 en la lista de periodistas y trabajadores de prensa asesinados por Israel en Gaza desde octubre de 2023. Un número que no ha hecho más que crecer.
Según el Comité para la Protección de los Periodistas, en 2025 fueron asesinados 129 periodistas y trabajadores de medios, la cifra más alta registrada desde que el organismo comenzó a sistematizar datos en 1992, siendo Gaza el escenario más letal: 86 de esas muertes — más de dos tercios del total — ocurrieron en el contexto de la ofensiva israelí. El CPJ concluyó que el ejército israelí ha llevado a cabo más asesinatos selectivos de miembros de la prensa que cualquier otro ejército gubernamental hasta la fecha. La Federación Internacional de Periodistas, por su parte, documentó 128 periodistas fallecidos en 2025, confirmando que el asesinato de periodistas se ha convertido en una herramienta aceptada de guerra, represión y control de la información.
El informe del CPJ también destacó un incremento alarmante en el uso de drones como arma letal contra la prensa: se documentaron 39 casos en 2025, frente a apenas dos en 2023. De esos 39, 28 fueron ataques israelíes en Gaza.
El CPJ señala además que el uso de acusaciones infundadas de actividades delictivas contra periodistas es un rasgo característico de los ataques contra la prensa: Israel, en particular, ha asesinado repetidamente a periodistas a los que posteriormente — y en algunos casos de forma preventiva — ha acusado de ser militantes, sin aportar pruebas creíbles. Y advirtió que en ninguno de los casos documentados como asesinatos deliberados se ha establecido responsabilidad penal, reflejando una persistente cultura de impunidad.
Reporteros Sin Fronteras, en su Índice Mundial de Libertad de Prensa 2025, calificó a Palestina como el Estado más peligroso del mundo para ejercer la profesión. Desde octubre de 2023 hasta hoy, el número de periodistas y trabajadores de prensa asesinados por Israel en Gaza supera los 260.
La guerra en Gaza es, según el Proyecto Costos de Guerra, el conflicto más letal para periodistas en la historia. Más que la Primera y Segunda Guerra Mundial. Más que Vietnam. Más que cualquier guerra documentada.
Matar al testigo no mata lo que vio. No mata lo que transmitió, no mata las imágenes, no mata las palabras que ya viajaron por el mundo. Tampoco mata la decisión de los que quedan de seguir haciéndolo. Anas al-Sharif, colega y amigo de Hossam, prometió en el funeral que seguiría informando a pesar de las amenazas. Israel lo asesinó en agosto de 2025, junto a otros cuatro periodistas y dos civiles, en un ataque contra una carpa de prensa en Gaza.
También está el hermano de Hossam, Wissam Shabat, también periodista. En el primer aniversario del asesinato de su hermano, el 24 de marzo de 2026, escribió: «Te perdí ante mis ojos y fui impotente, incapaz de hacer nada.»
Los periodistas que cubren zonas de conflicto saben el riesgo. Pero hay una diferencia fundamental entre cubrir una guerra en un país ajeno, con la posibilidad de salir, con una redacción al otro lado del teléfono, con un pasaporte que abre fronteras, y cubrir el exterminio de tu propio pueblo, en tu propia ciudad, sin posibilidad de salir, sin refugio, sin comida garantizada, con tu nombre en una lista de ejecuciones confeccionada por el mismo ejército que bombardea tu barrio.
Hossam Shabat ejerció el periodismo en la condición más extrema que puede enfrentar un ser humano. Y lo hizo con una convicción que no nace de principios abstractos ni de declaraciones solemnes desde la seguridad de una redacción. Nació de algo más profundo y más sencillo: amaba a su gente y sabía que sin testimonio, el crimen queda impune. Que sin imagen, la masacre no existió. Que la cámara encendida es, en el sentido más literal, un acto de resistencia.
No nos vamos a callar. Ni quienes informamos desde la distancia, ni quienes lo hacen desde el centro del infierno. No nos callaremos porque Hossam nos lo pidió. Porque es lo único que podemos hacer por él. Porque el amor es, en definitiva, más fuerte.
No dejes que el mundo mire hacia otro lado.
No pares de hablar de Gaza.













