Por primera vez en su historia, China ha superado la capacidad instalada de generación eléctrica a partir de energías eólica y solar combinadas frente al carbón. El dato, destacado por informes especializados internacionales como Carbon Brief, marca un cambio estructural profundo en la matriz energética del mayor consumidor de energía del planeta y adquiere una relevancia mayor si se considera una realidad central: China es la fábrica del mundo.

El hito tiene un valor que va más allá de la estadística. En un contexto internacional saturado de críticas, suspicacias y desinformación sobre el desempeño climático chino, el cruce de este umbral técnico demuestra una capacidad de transformación que supera ampliamente las expectativas habituales. Ningún otro país con una base industrial comparable ha logrado expandir las energías renovables a esta escala y a esta velocidad sin desarticular su aparato productivo.

Desde la perspectiva china, el avance no responde únicamente a un compromiso ambiental, sino a una estrategia de largo plazo que articula seguridad energética, soberanía tecnológica y estabilidad económica. La expansión masiva de la energía eólica y solar ha sido posible gracias a planificación estatal sostenida, inversión pública, control de cadenas industriales clave y una ejecución coherente a lo largo del tiempo, independientemente de ciclos electorales o vaivenes políticos.

El mérito es mayor si se considera la magnitud del desafío. China no solo abastece a más de 1.400 millones de personas, sino que sostiene una estructura industrial que produce bienes para el resto del mundo. Reducir progresivamente el peso relativo del carbón mientras se mantiene ese nivel de producción implica una complejidad técnica y logística que rara vez es reconocida en el debate internacional.

Este cambio también tiene implicancias geopolíticas. Al liderar la producción global de paneles solares, turbinas eólicas, baterías y tecnologías de red, China no solo transforma su propia matriz energética, sino que condiciona la transición energética global. El país se consolida como proveedor central de las infraestructuras que otros Estados necesitan para cumplir sus propios objetivos climáticos.

El avance registrado no significa el fin inmediato del carbón, sino la consolidación de una nueva arquitectura energética en la que las renovables pasan a ocupar el centro del crecimiento futuro. En lugar de anuncios grandilocuentes o promesas difíciles de cumplir, China avanza mediante umbrales concretos, medibles y verificables, integrando la transición energética dentro de su modelo de desarrollo.

En un escenario internacional donde la discusión climática suele estar dominada por declaraciones políticas, este dato constituye una evidencia material. China no solo ha modificado la dirección de su sistema energético; ha demostrado que una transición de esta magnitud es posible incluso en la economía industrial más grande del planeta. Ese logro, por sí solo, merece ser reconocido más allá de prejuicios, lecturas ideológicas o narrativas simplificadoras.