No hay palabras para comunicar lo que siento. Cuando un tan querido amigo se nos va, aunque la muerte lo alcance ya mayor y lo libere del dolor y la enfermedad, es como si toda una parte de la propia historia partiera con él. Como si tantas alegrías, complicidades, momentos de inspiración conjunta, comprensiones y agradecimientos se esfumaran acompañando su partida.
En esa pérdida sin embargo hay una poderosa fuerza que siento que lo impulsa hacia su luminoso centro, como tantas veces Daniel lo representara en sus pinturas, dibujos y esbozos, entregándonos anticipos de sus imágenes de trascendencia.
Porque se afanó en representar los umbrales hacia lo numinoso, las figuras de los guías que podrían orientarnos en la transformación final de nuestras vidas, como también delineó diversos arquetipos y los modelos profundos que tantas veces invocamos ante situaciones de necesidad.
Y fue ese afán el que lo convirtió en una parte fundamental de nuestra cultura humanista, en una de las piedras preciosas del collar que constituye la obra común.
Fue su paisaje interno el que intentó volcar sobre las telas y colorear con sus pinceles, rescatando incluso desde configuraciones oníricas la plasticidad de su arte. Si, mucho exploró en sus sueños, recabando texturas y configuraciones cercanas a lo mítico.
Incansable, exploró diversas técnicas y materiales, con el entusiasmo de un niño al que le brillaban los ojos ante cada nueva creación. Jugó con los matices y las sombras, los trazos suaves de sus lápices, las coloreadas tintas y también moldeó cerámicas esmaltadas y trabajó con metales, buscando acercarnos a esas imágenes para él tan queridas como fueron sus figuras articuladas. Dada la irrupción tecnológica, intentó incursionar en nuevos formatos que simplificaran su modo de producción, traduciendo las propuestas de diversos actores culturales en sus imaginarios diálogos con Silo, los que llamó sus “Arte-Factum” que publicó como colección parecida a los comics.
Además fue tremendamente generoso en su dedicación a enseñar a los demás el Oficio de la Iconografía que siempre manejó tan bien, así como a compartir sus experiencias en la Disciplina de las Formas y la exploración de los vacíos intangibles.
Mientras, nos fue prodigando una cercanía y un afecto cada vez más cálido en la medida en que se iba haciendo mayor, un sentido del humor más agudo, una capacidad trasgresora que acompañaba su necesidad profunda de libertad.
Daniel se abre paso hacia la Luz y por mi parte guardo silencio ante algunas de sus imágenes que me parecen de las más bellas, esperando que justamente esa belleza lo colme ahora, elevándolo hacia los infinitos mundos.













