Hay gestos que no pertenecen a ninguna ideología, pero fundan todas. Abrazar a un recién nacido abandonado u huérfano es uno de ellos. No porque resuelva una biografía trágica, ni porque sustituya lo que falta, sino porque afirma algo previo a toda política, a toda ley y a toda historia: que la vida humana no debe comenzar sola.
En Chile, una iniciativa impulsada por la Fundación Abrázame ha vuelto visible esa verdad antigua. La campaña convoca personas voluntarias dispuestas a ofrecer contacto físico y contención afectiva a recién nacidos que, por distintas razones, atraviesan sus primeras semanas sin red familiar inmediata. El dato es concreto. Pero lo que importa no es solo la acción, sino lo que esa acción revela.
No se trata de una metáfora. Se trata de brazos.
El punto cero de lo humano
Antes del lenguaje, antes de la conciencia, antes incluso del recuerdo, el ser humano es cuerpo. Un cuerpo radicalmente dependiente, incapaz de sobrevivir sin otro cuerpo que lo sostenga. Ese es el punto cero de lo humano, y también su verdad más incómoda para las sociedades modernas, tan acostumbradas a pensar al individuo como autónomo, autosuficiente, separado.
El recién nacido es, sin discusión, el ser más frágil sobre la Tierra. No puede pedir, no puede esperar, no puede comprender. Su cuerpo solo sabe una cosa: buscar calor, contacto, presencia. Cuando ese contacto falta, no se produce un vacío simbólico, sino una herida material. El cuerpo registra la ausencia antes de que exista palabra para nombrarla.
Abrazar, en ese instante, no es un acto emocional. Es un acto ontológico.
Humanismo sin retórica
Llamar humanista a esta iniciativa no es un recurso estético. Es una precisión conceptual. El humanismo, en su sentido más profundo, no comienza con grandes declaraciones sobre la dignidad, sino con el reconocimiento práctico de la vulnerabilidad. Allí donde un cuerpo no puede sostenerse solo, emerge la responsabilidad de otros.
El abrazo no promete futuro ni redención. No garantiza adopciones, ni trayectorias felices, ni reparaciones completas. Lo que garantiza es algo más elemental: que la vida sea recibida por el mundo, no arrojada a él.
En tiempos donde el cuidado suele ser administrado, protocolizado o tercerizado, este gesto devuelve una pregunta incómoda al centro de la escena: ¿qué ocurre cuando la técnica alcanza, pero la presencia no? ¿Qué sucede cuando los sistemas funcionan, pero el vínculo falta?
La respuesta no está en la estadística ni en el expediente. Está en el cuerpo.
Volver a la tribu sin nostalgia
Lo verdaderamente disruptivo de esta campaña no es su novedad, sino su arcaísmo. Nos remite a algo anterior al Estado, anterior a la medicina institucional, anterior incluso a la idea moderna de familia nuclear: la lógica de la tribu.
En toda comunidad humana, cuando una cría queda sola, alguien la toma en brazos. No por altruismo heroico, sino porque la continuidad de lo humano depende de ese gesto. La tribu no pregunta primero por el origen, la culpa o el destino. Sostiene. Luego, todo lo demás puede discutirse.
Este retorno no es romántico ni ingenuo. Está cuidadosamente enmarcado: formación, evaluación, supervisión, límites claros. Precisamente porque el humanismo verdadero no es desborde emocional, sino responsabilidad lúcida. Abrazar aquí no es apropiarse, ni confundir, ni invadir. Es estar cuando nadie más puede estar.
El cuerpo recuerda antes que la historia
Hay una dimensión silenciosa que atraviesa esta iniciativa y que rara vez entra en el debate público: el cuerpo recuerda. Recuerda haber sido sostenido o no haberlo sido. Mucho antes de que la historia personal se escriba, antes de que los relatos institucionales se ordenen, el cuerpo ya ha aprendido algo sobre el mundo.
Ofrecer un abrazo en ese umbral no cambia el pasado ni determina el futuro, pero introduce una diferencia decisiva en el presente: la vida no empieza en abandono absoluto. Empieza con contacto. Empieza con calor. Empieza con otro.
Eso es, en su forma más desnuda, el núcleo del humanismo.
Cuando el cuidado se vuelve declaración ética
Esta campaña no grita consignas ni ofrece soluciones totales. Su fuerza reside justamente en lo contrario: en la modestia radical del gesto. Abrazar al más frágil no es un símbolo. Es una declaración ética encarnada. Dice, sin palabras, que hay un límite que una sociedad no debería cruzar jamás: permitir que la vida comience sin brazos.
En un mundo que discute la infancia en términos de riesgo, costo o rendimiento, este gesto introduce una disrupción silenciosa y profunda. Recuerda que la primera política, la más antigua y la más necesaria, es el cuidado. Y que su forma más elemental sigue siendo la misma desde siempre.
Un cuerpo que sostiene a otro cuerpo. Un abrazo humanista.













