Por: David Condori Huayta.

 

No supe de su existencia hasta dos días después de su deceso. El diario El País informó de esta manera: «Muere George Steiner, intelectual y maestro de la literatura comparada (…) murió el lunes [3 de febrero] hacia las 14.00 horas por complicaciones derivadas de una fiebre aguda, en su casa de Barrow Dorad, en Cambridge». Hasta ese momento, no percibía lo que podría significar Steiner para el mundo de las letras, después de todo no había leído ningún libro suyo ni siquiera un breve texto; sin embargo, aquella revelación de una entrevista póstuma como “una manera de romper el silencio y despedirse de sus amigos, sus alumnos, sus numerosos lectores”, me comenzó a inquietar, a fascinar. Era el 21 de enero de 2014 cuando el crítico literario, profesor y ensayista, George Steiner (1929 – 2020), autor de diversas obras como «Después de Babel», «Errata: el examen de una vida» y «La poesía de los pensamientos» decidió conceder a su amigo Nuccio Ordine lo que sería tal vez su última entrevista. Pero antes le aclaró lo siguiente: no publiques esto hasta un día después de mi muerte.

— ¿Por qué una entrevista póstuma?— le preguntó.

— Siempre me fascinó la idea —respondió George— De algo que se hará público precisamente cuando yo ya no pueda leerlo en los periódicos. Un mensaje para los que se quedan y una manera de despedirme dejando que se oigan mis últimas palabras. Una ocasión para reflexionar y hacer balance. He llegado a una edad en que cada día más o menos normal debe considerarse un valor añadido, un regalo que te da la vida.

Así inició la confesión de un hombre de 84 años —apartado ya de toda cita pública, de toda acción que tuviera que ver con «disertar», “conferenciar” o «brindar», su voz era entonces un encuentro consigo mismo— que pese a sus altos grados académicos alcanzados prefirió considerarse como un cartero, «es un trabajo muy hermoso ser profesor, ser el que entrega cartas, aunque no las escriba», dijo alguna vez. Nuccio, quien a su vez era profesor y ensayista, prosiguió con la misión encomendada por su amigo: ¿Se reprocha algo en particular?, preguntó. «Claro. Más de una cosa. No he conseguido captar algunos fenómenos esenciales de la modernidad», respondió. ¿Qué errores ha cometido? «Esencialmente, habría debido tener el valor de probarme en la literatura “creativa”. Y, probablemente, es mejor fracasar en el intento de crear que tener cierto éxito en el papel de “parásito”». ¿Qué importancia ha tenido la amistad en su vida? «Una importancia enorme. Quizá la amistad sea más valiosa que el amor. Sostengo esta tesis porque la amistad no tiene nada del egoísmo carnal». ¿Querría pedir disculpa a alguien con quien se haya peleado? «Sí, querría disculparme con una persona cuyo nombre no puedo decir. Aprendí mucho de esa experiencia; cómo a veces un instante insignificante puede transformarse en un hecho decisivo en la vida. Es un riesgo que corremos a menudo. Un gesto sin importancia, una simple palabra, en un solo segundo, pueden causar verdaderas tragedias. Y ahora, después de tantísimos años, me gustaría decirle a mi amigo, “ven, vamos a comer juntos y a reírnos de lo que pasó”. Pero, con gran dolor, me doy cuenta de que ya no hay tiempo. Es demasiado tarde».

George Steiner, quien a la edad de 11 años, junto a su familia,  tuvo que huir de Francia a Nueva York para sobrevivir de los estragos del nazismo, pareció entonces alzarse con cierta levedad que solo el reconocimiento de nuestros errores, esa autopsia frente al espejo, puede otorgar. Sin embargo, había un secreto más por revelar, uno extraño, extraordinario, y necesario para él: «Puedo decir que durante 36 años he dirigido a una interlocutora (su nombre debe continuar en secreto) cientos de cartas que representan mi “diario”, en el que he contado la parte más representativa de mi vida y los eventos que han marcado mi cotidianidad. (..) Estas cartas-diario, en particular, se sellarán y solo podrán consultarse después de 2050, es decir, después de la muerte de mi esposa y (quizá) de mis hijos», confesó.

Pienso, finalmente, tras leer la entrevista completa publicada en El País, si es acaso muy tarde para virar la mirada hacia atrás, sin perder de vista el horizonte que tenemos por delante, y hacer un balance de nuestras vidas sobre lo que fuimos, somos y deseamos ser. O, por el contrario, es aún temprano para reconocer nuestros yerros y logros. Al fin y al cabo, ¿Cuánto tiempo puede conservarse el silencio en nuestras paredes, en esa galería subterránea donde creemos ocultar, tal vez para siempre, nuestros más hondos miedos y reveses? ¿Y cuánto puede sanar gritarlo por los poros? Hay una frase de Ciro Alegría que dice lo siguiente: «El hombre es igual al río, profundo y con sus reveses, pero voluntarioso siempre».