Literatura

 

 

 

Cuando empecé mi largo viaje desde Vitoria pasando por Madrid para ir a Frankfurt, nunca pensé que iba a recorrer miles de kilómetros del hemisferio norte de nuestro planeta. El continente europeo desparecía ante mis ojos, después aparecían las islas del Reino Unido e Irlanda, luego Islandia estaba más al norte rodeada de un inmenso océano. Observé desde el avión las interminables tierras de Groenlandia, una enorme isla de color blanco, la azafata me ofrecía el desayuno, yo estaba inmerso leyendo mi traducción de los poemas de Badi sobre el Tiris. Leía del hasanía al castellano, volvía a releer la ubicación de las dunas, de las montañas negras, el paisaje desnudo acompañado de las huellas de un dromedario o una gacela. “Qué lejos estoy”, pensaba en ese momento. El avión seguía avanzando en dirección California, hacia la ciudad de Los Ángeles. Yo conocía el paisaje de Groenlandia a través de los viajes de los inuit, su modo de vida basado en la domesticación del caribú y sus técnicas de pesca. Había leído el cuento de Jack London “Cómo encender una hoguera”, sentía el frío penetrar en mis huesos cuando observaba en la pantalla del avión la temperatura exterior de menos 56 grados. Estaba decidido a alcanzar la ciudad californiana de Claremont para exponer los orígenes de la literatura saharaui, participar del simposio “Twenty-First Century North African Writers Their Language”, ese era mi objetivo. Quería conocer a la profesora Fazia Aitel, catedrática del Departamento de Literatura Moderna de la Universidad Claremont Mckenna College. Le había traído de regalo mi última novela acompañada de una melhfa de colores vivos que visten las mujeres en el Sahara Occidental.

Leía el cuaderno de presentación del simposio dedicado a escritores del Norte de África. Allí estaba el nombre de Ali Akkache de la Universidad de George Washington, las lenguas que hablaba eran Tamazight, árabe e inglés; Lynda Chouiten profesora de literatura inglesa de la Universidad de Boumerdes y Belkacem Mezghouchen escritor en varias lenguas como el francés, tamazight y el inglés. A todos ellos les unía Argelia con sus diversidad cultural y lingüística, un país nacido de las montañas del Aurés hasta las montañas del Hoggar. El desierto, el Mediterráneo, el árabe, tamazight, francés, inglés, dariya y el tuareg son sus señas de identidad. La tradición de la diversidad lingüística en Argelia era un testigo que el tiempo y la historia habían conservado a la largo de los siglos.

Otro poeta y traductor de Túnez, a la vez de Rhode Island, Milad Fazia. En sus palabras se mezclaban el árabe clásico, el inglés y la lengua dialectal de su tierra. En sus poemas aparecían los habitantes originarios de Palestina y su éxodo, el sufrimiento de varias generaciones que sobreviven en la memoria de cada verso.

De repente apareció la palabra exilio en mis versos, el poema “limpiaré mis lágrimas”. Allí estaba el recorrido de Lehdia Mohamed Dafa como médico y escritora, el Sahara Occidental de la infancia, de los parajes perdidos. Una tierra prohibida y violentada desde el océano hasta las montañas de Zemmur y Tiris. Yo hablaba de mis primeros poemas, de la mezcla de versos en hasanía y castellano. Dos lenguas, dos tradiciones que habían permanecido en mi interior mezclándose con palabras en euskera que me recordaban la lluvia de diminutas gotas.

Apareció el océano pacífico ante mis ojos, primero lo oteé con mi mirada, quise abrazar el agua, pero en mí había un verso que me obligaba a tocar las olas, a sentir aquel océano en la playa “Manhattan Beach”, ver como su fuerza te llevaba hacia dentro.

Vicente el hombre que me había acompañado, vigilaba con su mirada el impacto de las olas sobre la arena. En ese momento supe que el Caribe y el Atlántico estaban lejos, los mares que acompañaron mis versos desde la infancia.

Cuántas lenguas, cuántas palabras en aquel simposio que organizó la profesora Fazia Aitel junto con Bassam Frangiech. Los estudiantes escuchaban atentos cada palabra, los versos viajaban de una lengua a otra, Bassam me invitaba a su clase a hablar en hasanía y castellano, a buscar los versos en los granos de cada duna.

En ese momento supe que algún estudiante de Claremont Mckenna College había aprendido la palabra Sáhara, la palabra hasanía. Entonces llegué a la conclusión que las montañas negras, los dromedarios y las dunas son los poemas saharauis que quedan siempre en la memoria.

Volví envuelto del paisaje de California, su primavera de flores amarillas, sus anchas calles y aquella ardilla del desierto de Mojave que se desplazaba de árbol en árbol. El avión de Lufthansa alzó sus alas sobre el Nuevo Mundo en busca del Viejo Mundo, un mundo en el que se libraba una nueva guerra que nadie entendía.