“Las izquierdas nunca mueren” es una expresión tan obvia como decir que las derechas tampoco desaparecen. En todos los tiempos y lugares marcados por la inequidad siempre habrá personas y organizaciones que se inclinen por conservar el orden establecido, sirviendo los intereses de las minorías, mientras otros se empeñen por favorecer a los pobres, desplazados y oprimidos por el poder económico y político.
En el mundo de hoy son los multimillonarios empresarios los que se imponen a los gobiernos y a las organizaciones internacionales, mediante el control de los medios de comunicación, los ejércitos y el comercio mundial. Con los cuales alientan las guerras, la discriminación étnica y social, ejercen su influencia sobre las leyes y los jueces, además de favorecer conscientemente la ignorancia y el atraso de los pueblos para convencer que los millones de excluidos de que son las ideas de los poderosos las mejores o las únicas viables.
Lo dramático es que las supuestas democracias se dobleguen a sus encantos y se produzcan resultados electorales en que los Trump, los Milei y tantos otros perturbados se conviertan en sus representantes. Es lo que ha estado ocurriendo en América Latina y los otros continentes donde habita el mayor número de desposeídos. Aunque también sucede en Europa, donde se supone viven los ciudadanos más cultos, y desde donde históricamente han surgido las ideas más humanistas y reformadoras.
De esta forma es que el dinero crea ilusiones en los pobres, manipula conciencias y corrompe voluntades. Ni Napoleón, ni el mismo Hitler o Mussolini arribaron al poder con las ideas de derecha. Simplemente se doblegaron a ellas una vez instalados en los gobiernos, para convertirse en emperadores y dictadores. En sus inicios fueron políticos vanguardistas, como tantos otros caudillos latinoamericanos que terminaron oprimiendo a sus pueblos después de sepultar sus ímpetus revolucionarios. Uno por uno en Argentina, Paraguay, Brasil y en casi todas las naciones centroamericanas y caribeñas.
También en Chile, hasta hoy, se le rinde tributo a un Arturo Alessandri Palma, por ejemplo, que viró desde las posiciones más progresistas a la condición de ser el gobernante que más reprimió a los obreros, campesinos y estudiantes, mediante aquellas bochornosas “matanzas” alentadas por él y otros gobernantes autoritarios, como el mismo Diego Portales, dícese el fundador de nuestra república. Porque la derecha ha sido siempre muy seductora, capaz de detectar tempranamente a los políticos movidos por la ambición personal. Así como también es hábil para comprarse el favor de los militares y las policías e, incluso, la voluntad de los dirigentes sociales que tanta decepción provocan en trabajadores y organizaciones gremiales.
Miles de muertos que siguen sumandose a decenas de mapuches y ahora también a los inmigrantes, después de valerse de su mano de obra barata y haberlos traídos desde Haití, Perú, Bolivia, Venezuela, Colombia y otras naciones hermanas. A los mismos que quieren ahora expulsar, cavarles una vergonzosa zanja en el desierto o eliminarlos uno por uno en esas diarias balaceras policiales que poco distinguen entre personas decentes y delincuentes, y en que nadie les pide justificar sus actos. Todos hemos podido comprobar cómo se los asalta en sus viviendas precarias, destruyendo sus modestos enseres en los centenares de campamentos y “rucos” que se obligan a levantar para subsistir en un país con un enorme déficit habitacional y de climas tan severos.
Cuentan para todo ello con millones de chilenos que abrazan los despropósitos del nacionalismo y, hasta se han dejado poseer por el odio racial. Ese irracional patrioterismo que se expresa tan neciamente en los estadios como en las borracheras de Fiestas Patrias, convencidos de que somos el mejor país del mundo, hasta darse cuenta, posteriormente, de nuestra inferioridad económica y esclava dependencia del exterior. De que la derecha, en la cual depositó millones de sufragios, en menos de una semana les encarece la vida, retrotrae la clase media a la pobreza y ésta a la indigencia. Para comprobar, una vez más en nuestra historia, la codicia empresarial y la mediocridad de sus políticos devenidos en su guardia pretoriana, ahora otra vez en La Moneda y, desde siempre, en el Parlamento.
Pero la derecha no tiene toda la culpa de lo que sucede actualmente en Chile como al otro lado de los Andes. Gran parte del fracaso del centro y de la izquierda en los últimos comicios se debe a sus propias inconsecuencias y corrupciones. Por ello es que con tanta certeza se repite “no hay nada más derechista que un izquierdista en el poder”. La corrupción que siempre ha acompañado a los políticos esta vez extremó su avidez en los gobiernos que se autocalificaban de izquierda o de centro izquierda.
Desde el llamado “retorno de la democracia”, no han dejado de sucederse los escándalos derivados del cohecho, el nepotismo y otros vicios. Sobresueldos millonarios, tráfico de influencia y malversaciones del erario público han comprometido a cada uno de los gobiernos que siguieron a Pinochet, quien a sus crímenes sumó también el enriquecimiento personal y de tantos cómplices activos y pasivos de la dictadura. Muchos de los cuales siguen vigentes e impunes en los grandes negocios y la política.
Aunque vinieron presidentes de distinto color político, la verdad es que los escándalos de la Concertación y de la Nueva Mayoría fueron comunes, al mismo tiempo que abrazaron las ideas neoliberales heredadas del régimen de facto, junto con prolongar la vigencia de su Constitución de 1980. En resumen, para mayor concentración de la riqueza, privatizaciones de yacimientos y servicios básicos como el agua y la electricidad. Como también de la educación, la salud y del sistema previsional.
Menos pobres e indigentes que antes, posiblemente, pero mayor asimetría entre los ingresos de los ricos y la inmensa mayoría del país. Un abismo sideral entre la calidad de la salud pública y la privada; entre los establecimientos escolares para los que pueden pagar, y los que son subvencionados por el Estado. Millones de chilenos sin techo y la prácticamente nula posibilidad de adquirir hoy una modesta casa o departamento. Cientos de miles de emprendedores pequeños y medianos que terminan vendiendo sus productos y servicios a las grandes empresas que son las que obtienen las multimillonarias utilidades, pagando muy discretos impuestos en relación al IVA que se nos cobra a todos y que representa la mayor recaudación fiscal. Grandes empresarios que ahora quieren ver disminuidos sus tributos con el entusiasta consentimiento de quienes están gobernando.
Es muy pronto para hacer un balance de lo que significó el gobierno de Gabriel Boric, pero mucho se explica en el contundente triunfo electoral de su sucesor José Antonio Kast. De lo que sí sabemos es de sus promesas incumplidas, como la de la “educación gratuita y de calidad”, el fin de las codiciosas Asociaciones de Fondos de Pensiones (AFPs) y de las isapres de la salud. También del turbio manejo de los ingentes recursos destinados a los pobres, para ser distraídos en las fundaciones y municipios oficialistas. Controladas por una nueva entidad política que declaró sin complejos ser de izquierda, pero muchos de sus militantes terminaron comportándose como la misma derecha y los partidos otrora también vanguardistas, como el PPD y el Partido Socialista. O como la propia Democracia Cristiana que ahora quema sus últimos cartuchos en la política, después de haber sido el primer partido, de haber chilenizado el cobre, de haber emprendido la reforma agraria y otros avances previos al Golpe Militar. O el Partido Comunista, de estirpe revolucionaria, pero también muy rendido a los embrujos del poder.
Cuatro años nos vienen ahora con la ultra derecha en el poder, cuyo protagonista es el Partido Republicano que se dio el lujo de vencer electoralmente humillando a la UDI y Renovación Nacional que ahora los tiene de séquito en La Moneda. Un nuevo período presidencial en que varios de sus miembros declaran tener las mejores intenciones, incluso una “evangélica” compasión con los pobres y la clase media, pero que no le ha temblado la mano para subir en más de un 30 por ciento el precio de los combustibles, reconocer que vendrá una fuerte inflación y anunciar una política tributaria en favor de los más ricos. Por culpa, como dicen, “de una guerra que no es de nosotros”, a pesar de los besamanos de Kast a Trump y los gobernantes más reaccionarios del mundo.
La esperanza que en realidad le queda al pueblo es la de mirar hacia la calle, a los miles de estudiantes que vuelven a movilizarse, a los millones de trabajadores que se resistirán a seguir esperando. En las ideas que siguen tan vigentes del humanismo y la redención de los oprimidos. Convenciéndose de que la derecha en La Moneda o la oposición es la que, en realidad, nos ha gobernado por largas décadas.













