En tiempos de creciente polarización, crecen los culpables y se fabrican y alimentan los enemigos. Culpamos con rapidez, señalamos con certeza y simplificamos realidades complejas en relatos donde hay buenos y malos, víctimas y victimarios, justos e injustos. Sin embargo, esta forma de comprender el mundo no solo es insuficiente: muchas veces es el origen mismo de la violencia que decimos querer erradicar.

Existe un proceso silencioso, previo a toda violencia, que rara vez vemos: la construcción del enemigo. A este fenómeno algunos autores lo llaman “enemización”. Consiste en transformar al otro —persona, grupo o pueblo— en una amenaza, en alguien a quien dejamos de reconocer en su humanidad completa. El otro ya no es alguien con historia, esperanzas, fracasos, contradicciones, sino “el problema”, “el peligro”, “el culpable”.

Y cuando eso ocurre, algo se quiebra profundamente. Porque una vez que el otro es visto como enemigo, la violencia comienza a justificarse. Ya no parece tan grave excluir, descalificar, dañar o incluso eliminar. La historia lo ha mostrado con crudeza: antes de cada gran tragedia colectiva hubo siempre un proceso de deshumanización. Hay muchos ejemplos conocidos previo al holocausto, los judíos eran presentados como parásitos, plagas, responsables de la crisis económica. En Ruanda los tutsis como cucarachas, y amenazas …en 100 días 800.000 eliminados. Para colonizar América, los indios fueron presentados como salvajes, inferiores, sin alma….¿Como se presentan hoy los gazaties para el gobierno de Israel? , ¿los Israelíes para el gobierno de Irán?, ¡para que hablar de todos los países que se transformaron en enemigos para el gobierno actual de EEUU!.

Pero este fenómeno no ocurre solo en los grandes conflictos. También está presente en lo cotidiano: en la familia, en la pareja, en el trabajo, en la política. Cada vez que reducimos al otro a una etiqueta o a un culpable —“es manipulador”, “es egoísta”, “son peligrosos”, “ellos son el problema”— estamos participando, quizás sin darnos cuenta, de este mismo proceso.

Aquí aparece una idea incómoda, pero profundamente liberadora: no hay culpables pero sí hay responsabilidades compartidas.

Esto no significa negar el daño ni justificar la violencia. No significa poner en el mismo lugar a quien agrede y a quien sufre. Significa algo más sutil y más exigente: reconocer que los conflictos humanos son tramas complejas, donde múltiples factores, historias, heridas y decisiones se entrelazan. Y que, en distinta medida, todos participamos en la construcción del clima que los hace posibles.

Mientras nos centramos únicamente en encontrar culpables, dejamos intacta la lógica que genera la violencia. Porque buscar culpables suele ir de la mano con enemizar: necesitamos que alguien sea “el malo” para sentir que nosotros estamos del lado correcto. Pero esa aparente superioridad moral tiene un costo alto: perpetúa la división, endurece las posiciones y cierra la posibilidad de comprensión.

Tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta.

En lugar de preguntarnos “¿quién tiene la culpa?”, podríamos preguntarnos:
¿Cómo comprender en profundidad los distintas factores involucrados en la violencia que vemos hoy ?

¿Como superar la lógica de bandos y la mirada simplista, polar y dialéctica?

¿Como hemos contribuido, cada uno desde su lugar, a que esto ocurra?
¿Qué podemos hacer distinto hacia adelante?

Este cambio no es menor. Desplaza el eje desde el juicio hacia la responsabilidad. Desde el pasado hacia el futuro. Desde la violencia a la no violencia activa.

Dejemos de buscar culpables y quizás una nueva mirada se abra paso, que nos permita comprender la violencia con más profundidad, para empezar a caminar en dirección a liberarnos de ella a nivel social y personal.