Lo que van a leer a partir de ahora, va en contra de los intereses de los humanos. Habla del futuro, de la muerte inexorable. De aquello a lo que escapamos cotidianamente para seguir viviendo. Pero como la inminencia de la muerte está siempre en el horizonte, a veces hay que nombrarla.

Los hechos ocurridos en los últimos meses, aunque el corte temporal podría ser múltiple, el horizonte que nos instalaron a la vista es, como diría el escritor francés Michel Houellebecq, la devastación.

Hace poco Carlos Umaña, integrante de la Campaña Internacional contra las Armas Nucleares ganadores del premio Nobel de la Paz en 2017, me dijo en una entrevista que lo peor de una guerra nuclear sería sobrevivir.

Quiero apelar a la forma en la que Alessandro Baricco analiza la revolución tecnológica en su libro The Game. El punto de partida de su libro es voltear el mapa para poder entenderlo. No pensar en las consecuencias, adaptaciones o mutación que sufrimos como parte de esa revolución, sino tratar de entender los pensamientos, los paradigmas del que partió ese desarrollo.

Y hago este intento para comprender que más allá de los Donald Trump, Benjamin Netanyahu o Vladimir Putin de este momento, se viene cocinando esta situación desde hace mucho tiempo. Podría hacer una enumeración interminable al estilo de Billy Joel en su canción “Nosotros no iniciamos el fuego”, pero creo que me agotaría tanto escribirla como a ustedes leerla.

Si logramos descifrar la forma mental que nos trajo a esta encrucijada, podemos pensar en cómo dar un volantazo, esperando estar a tiempo de producir un acumulamiento lo suficientemente poderoso para torcer el destino de extinción.

Sepamos que no será ni el primer intento, ni seremos los pioneros, sino que nos estaremos sumando a una ola que viene alertando y promoviendo propuestas superadoras.

Habremos de reflotar eslóganes que a muchos nos parecerán anticuados, gastados, pero que siguen siendo imprescindibles.

La vida no es compatible con las armas nucleares. Al menos la vida que nosotros conocemos, la que percibimos con nuestros sentidos, la que nos rodea y completa.

No tenemos un problema de sobrepoblación, que fue algo que les quitó el sueño a generaciones anteriores. Seguimos creciendo en número y nuestra esperanza de vida aumenta. Los recursos son finitos, pero han mejorado nuestras condiciones de vida y la capacidad de vida útil de esos recursos.

Los bienes no pueden estar atrapados en tan pocas manos, la justicia social es innegociable. Los derechos humanos son un buen punto de partida para dotarnos de dignidad y valor.

Estamos desconectados, distanciados por plataformas que median entre nosotros, culturas que han privilegiado el individualismo hedonista, la autopercepción que aleja y no la que une. Estamos separados por hipercomunicación, autocomplacientes e intolerantes.

Dos pensadores argentinos describieron un futuro universal para la especie. Ya sea en La hora de los Pueblos de Juan Domingo Perón o en Humanizar la Tierra de Silo, el ser humano se encaminaba hacia una síntesis de complementación entre los pueblos.

Ambos también advertían sobre los peligros de una universalización oligárquica, donde fueran los intereses económicos los que provocaran un supragobierno con sus propias normas y que haría valerlas de forma totalitaria.

Pareciera que estamos inmersos en esa etapa de paraestados que no siguen las reglas, ni responden a valores históricos, como pueden ser las naciones, las ideologías o las doctrinas religiosas.

En los noventas muchos jóvenes cantamos enfervorizados “tienen el poder y lo van a perder”, otros tantos se movilizaron contra la globalización, que no es otra cosa que lo descrito en el párrafo anterior, millones en el mundo se opusieron a la invasión de Irak, millones marcharon en contra de la discriminación de las mujeres y los negros y recientemente salimos del letargo expresando el rechazo al genocidio en Gaza.

Quizás nos falte articulación, quizás nos falte constancia, quizás las pantallitas nos tengan embrujados.

A esos interrogantes debemos responder como especie, nuestro instinto de supervivencia primordial debe prevalecer y tenemos que asumir que no sirven manotazos aislados. Las soluciones se gestan colectivamente, saltando por encima de las falsas dicotomías, negando a los que se visten de salvadores y alejándonos de los desarmadores de cadáveres.

Como todo lo que digo parece demasiado general, dejo acá una propuesta: seguí en todas las redes sociales a Pressenza, informate con periodismo noviolento, enterate de lo que están haciendo los pueblos para resistir a las violencias.

Ese es nuestro compromiso. Si podés, ayudanos económicamente para que crezca el alcance y mejore nuestra influencia.

Pressenza nació para darle cobertura a la primera Marcha Mundial por la Paz y la Noviolencia de 2009 que clamaba por el fin de los conflictos armados, por el retiro de los ejércitos que ocupaban territorios, por el desarme nuclear y que los presupuestos militares se dedicaran a mejorar la vida de las poblaciones.

Si el Departamento de Estado de los Estados Unidos nos quiere fuera del juego, será que tan mal no lo estamos haciendo. El destino común de la humanidad no puede ser la extinción.