Por la Redacción Chile, en base al texto de Martín Campos Antiñir
De joven leyó a Gurdieff y se fascinó con su propuesta del despertar de la conciencia humana, la que comenzó a practicar sin dilación. Más tarde encontró a Silo y no dudó un instante en reconocerlo como su Maestro. Así, abrazó la causa del nuevo humanismo en su etapa inicial, hacia finales de los años sesenta, tal vez la más dura y exigente fase de todas. Entonces, absorbió con avidez cada una de las propuestas y se abocó a llevarlas a la práctica, cual revelación interna a la que dedicaría toda su vida, sin pausa, hasta su último suspiro a los ochenta y nueve años.
Se fue convirtiendo en un ser que, aunque sencillo y humilde, practicó y se expresó a través de una sorprendente multiplicidad de actividades. Tocaba el piano, pintaba acuarelas, era un ávido lector de libros tanto de historia, como de poesía, misticismo y cultura general que guardaba en una completa biblioteca consultada con frecuencia. Además de su propia lengua – el castellano – hablaba y leía en francés, inglés, esperanto, náhuatl y alemán.
Experimentó claro, como tantos otros chilenos y chilenas, las “visicitudes” de la dictadura militar: algunos días estuvo preso en la cárcel clandestina de calle Londres 38 junto a otros humanistas y ello significó la abrupta interrupción de su carrera profesional.
Pero él continuó cultivando y amando su huerto, nutriéndose de él, obteniendo frutos de la tierra árida del lugar donde vivía, fecundo gracias a su sabio uso del compost. Alimentaba por lo demás a muchos otros, ya que su casa de Quinta Normal, un barrio popular de Santiago, siempre estuvo abierta para recibir y amparar a quienes lo necesitaran. Muchos jóvenes, se calcula que cientos, buscaron allí refugio, transformando profundamente sus vidas gracias a su contacto con Hernán.
Está por ejemplo el caso de un tal Talo, que llegó desde alguna provincia hasta Santiago. Estando en situación de calle, Hernán lo acogió, lo orientó y encauzó hacia algunas actividades que le permitieran sustentarse. Cuando hubo que hacer una colecta de las que regularmente hacemos para financiar actividades humanistas, Talo llegó con una gran bolsa de género donde había ido guardando las pequeñas monedas de céntimos, los centavos de entonces, reuniendo la significativa cantidad de cuarenta mil pesos.
Como esta historia, hay muchas otras de jóvenes – cientos, como ya dijimos – que, defraudados del sistema, convivieron bajo su alero un tiempo y hoy se han convertido en adultos admirables y tremendamente coherentes, algunos de los cuales viven en latitudes lejanas. Esperamos con el tiempo que esos jóvenes nos regalen más recuerdos, importantes memorias de su etapa de formación.
Sin descanso ni vacaciones, de lunes a lunes al servicio de quien quería aprender, enseñando con el ejemplo y siempre desde el discreto anonimato, siguió abriendo su puerta hasta el final de sus días este Hernán Cautín.
No hubo para él mención alguna, ni reconocimiento, menos todavía aplausos. Entregó su enseñanza como los grandes Maestros lo hacen, como su Maestro le enseñó.
¡Gracias, muchas gracias querido Hernán!

Foto de Ricardo de la Fuente













