En los distintos ciclos políticos y “climas de época” que viví en carne propia en este país y de los cuales tengo recuerdos (nací en 1983), percibí diversos momentos en relación a la participación social, al activismo solidario de las juventudes principalmente, pero también de personas de distintas generaciones con sensibilidad hacia un mundo más justo. Esa llama interna transformadora que por ciclos se reaviva y en otros baja su intensidad hasta casi apagarse.
Sintéticamente, recuerdo el ciclo de la larga década menemista, con una juventud sumida en la desconfianza hacia todo lo que fuera organizado, politizado. La dictadura acechaba muy cerca y en las familias el fantasma de la persecución política aquejaba fuertemente. Muy pocos se comprometían, se movilizaban, creían en cambiar las cosas. Los jóvenes de aquellos largos 90’ resistimos como pudimos a las consecuencias de un neoliberalismo excluyente, cruel, hambreador, acrecentándose sus consecuencias negativas hacia finales de la década.
Un nihilismo imperante que se fue transformando post argentinazo de 2001. Las ganas de participar activamente en una organización social, la creencia en que las injusticias se podrían cambiar, tuvieron un punto de esplendor hacia 2010, con un kirchnerismo reluciente pero también un impulso militante que llegaba a impactar en organizaciones populares de diversas tendencias. Ser parte de un proyecto transformador pasó a ser valorado, prestigiado, querido en esa década de una latinoamérica iluminada por una primavera de ideales compartidos, de esa Patria Grande que estaba ahí latiendo, convocándonos.
Esa década y pico de impulso de los proyectos populares latinoamericanos, en la cual Argentina fue pieza clave, declinó progresivamente hacia 2015. El transcurrir devino en una inercia transformada en resistencia y movilización de la organizaciones, militantes y activistas durante el nefasto macrismo. El “vamos a volver” fue bandera, consigna y aforismo que impulsaba a seguir, a pesar de la persecución y represión que se lanzó desde el Estado.
Ese fervor percibo que se fue agotando poco a poco. Con la llegada de Alberto Fernández al gobierno hubo unos primeros meses de entusiasmo, alivio, esperanza por haber logrado “volver” como se cantaba en toda marcha existente. A poco de andar sobrevino una insólita pandemia. Encierro, incertidumbre, ante tamaña situación inédita se depositó cierta confianza en el gobierno recién llegado.
Pero rápidamente todo se fue enrareciendo. La pandemia fue pasando de etapas, y el aislamiento por cuidados llegando a su fin. Pasada ese extraño condicionamiento, el impulso militante y transformador ya no sería más igual, al menos en mis pares generacionales, luego de un gobierno por demás errático, un campo popular dividido y sin un Norte claro, y organizaciones políticas y sindicales presas de internas paralizantes.
Ya en el presente, observo cierta desazón que parece aquejar a militantes, activistas, a quienes siempre quisimos una sociedad más justa e igualitaria, a quienes nos sentimos progresistas, humanistas, de izquierda o parte del amplio campo popular. Una cierta sensación de que no se pudo, de falta de entusiasmo, de nula convocatoria por parte de un real proyecto movilizador que convoque. Esa llama interna hacia la transformación posible de las condiciones de existencia, que tanto necesitamos reavivar.
Asistimos azorados a una actualidad absurda, cruel, acelerada, ridícula. La ultraderecha hace estragos, la máxima autoridad elegida por la mayoría de los votantes en Argentina y revalidada en elecciones legislativas en el último año, es un señor muy extraño que hizo campaña con una motosierra en mano a los gritos furiosos, mientras decía que era un topo que venía a destruir al Estado. Este antes panelista televisivo ganó elecciones y casi un 50 % de la población mantiene adhesión a su modelo, mientras sufre las consecuencias del ajuste más severo. Junto a él asumieron una caterva de personajes que ya destruyeron el país en gobiernos anteriores hace más de dos décadas.
¿Qué nos pasó para llegar a esto? ¿Qué pasa por la cabeza de los compatriotas que deciden por semejante opción?
Intentamos digerir atónitos un transcurrir que nos sobrepasa y que ni el más avezado de los analistas políticos que abundan estimó hace poco tiempo atrás. En este presente insólito, desesperante, difícil de entender, se hace complejo encontrar por dónde accionar, influir, organizar para cambiar algo. Mientras, muchos de los ahora jóvenes depositaron su voto en la propuesta libertariana y otros tantos descreen del activismo clásico como forma de transformar la realidad. Y seguramente otros tantos estén en la búsqueda de nuevas formas de construir un nuevo mundo.
“El descorazonamiento de los seres humanos valerosos y solidarios retrasa el paso de la historia”, escribió Silo, frase que me da vueltas en este presente incierto.
¿Cómo reavivar esa llama interna que nos da la energía para querer luchar por un futuro mejor? ¿De qué modo soplar esa brasa y darle nuevo impulso a los proyectos compartidos?
“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes lucharon muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”, escribió Bertolt Brecht.
Creo que vale el intento por no dejar apagar esa llama interna y generarle un nuevo fulgor. Luchar toda la vida, de diversos modos, formas, metodologías, pero no abandonar esa acción transformadora es lo que verdaderamente vale la pena. Porque estamos vivos, estamos en situación de vivir y atrás vienen otros. Nuestro paso por este plano, por este ciclo histórico no puede ser desaprovechado en un mar de sin sentido.
Allá en el futuro están vivos nuestros ideales compartidos. Esos que nos hacen vibrar cuando nos juntamos, nos movilizamos, planeamos imágenes para ir más allá. Esos que nos hacen sentir cualquier injusticia como propia. No dejemos que los odiadores de la vida apaguen esa chispa.
“Cuando alguien comprueba que el individualismo esquizofrénico ya no tiene salida y comunica abiertamente a todos sus conocidos qué es lo que piensa y qué es lo que hace sin el ridículo temor a no ser comprendido; cuando se acerca a otros; cuando se interesa por cada uno y no por una masa anónima; cuando promueve el intercambio de ideas y la realización de trabajos en conjunto; cuando claramente expone la necesidad de multiplicar esa tarea de reconexión en un tejido social destruido por otros; cuando siente que aún la persona más “insignificante” es de superior calidad humana que cualquier desalmado puesto en la cumbre de la coyuntura epocal… cuando sucede todo esto, es porque en el interior de ese alguien comienza a hablar nuevamente el Destino que ha movido a los pueblos en su mejor dirección evolutiva, ese Destino tantas veces torcido y tantas veces olvidado, pero reencontrado siempre en los recodos de la historia.”1
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