La noticia llega envuelta en el lenguaje hermético de los informes a accionistas. “Optimización de recursos”, “sinergias con sistemas de automatización”, “reestructuración para el futuro”. Son las palabras-cápsula que anuncian, siempre en un párrafo secundario, la cifra real: miles, decenas de miles de despedidos. Y flotando sobre el texto, como una niebla tóxica, la justificación omnipresente: la Inteligencia Artificial. No como un verdugo con nombre propio, sino como una fuerza climática, un fenómeno natural del capitalismo del siglo XXI ante el cual solo cabe inclinar la cabeza.
Hemos entrenado nuestro umbral del asombro para no inmutarnos. Y esa resignación calculada es la primera y más importante victoria de una narrativa que es mucho más poderosa que cualquier algoritmo. Estamos en un punto de quiebre, pero no por la potencia de cómputo. El verdadero salto cualitativo es discursivo. Es la capacidad maquiavélica de instalar, desde corporaciones y gobiernos cómplices, la idea de que este proceso es inevitable, deseable y, sobre todo, carente de alternativas. Bajo el resplandor hipnótico de la palabra “innovación”, se demuelen derechos laborales que costaron décadas de lucha conquistar. La modernización, nos dicen, no hace concesiones con el pasado.
Pero el meollo no está en discutir cómo será el trabajo del futuro. El meollo, lo que realmente define el terreno de juego, es el marco desde el cual se permite esa discusión. Porque cuando asentimos pasivamente a debatir la “reforma laboral” que nos proponen, estamos aceptando, sin firmar pero con consecuencias, todo el paquete de condiciones que viene adosado: la flexibilidad que siempre beneficia al patrón, la precarización como nueva normalidad, la idea tóxica de que sobrevivir es una responsabilidad individual y el riesgo, una moneda que solo paga el empleado. Hablar del trabajo no debería significar capitular ante ese guion prefabricado en los departamentos de Relaciones Públicas. Son dos conversaciones radicalmente distintas. Confundirlas es el error que define nuestra época.
Se nos plantea en la puerta una falsa disyuntiva con aroma a naftalina: o nos subimos al tren del progreso tecnológico tal como viene (con su maquinaria de despidos y su ética descartable), o nos quedamos en el andén, tildados de nostálgicos, de luditas, de enemigos del futuro. Es una trampa retórica tan vieja como efectiva. Porque lo que está en juego, lo que realmente se redistribuye con cada anuncio de despido masivo, no es la tecnología en sí —esa herramienta que podría servir para liberar o para oprimir— sino el poder. La pregunta que quieren que no hagamos es siempre la misma: ¿quiénes capturan los frutos de esta reorganización y quiénes absorben sus costos? Los casos recientes son un manual descarado. Microsoft desembolsa miles de millones en OpenAI mientras reduce su plantilla. No es una paradoja, es la ecuación descarnada: el dinero que se “ahorra” en salarios y derechos no se evapora. Migra. Se reinvierte en la próxima ola de tecnología que promete prescindir de más humanos mañana. No es un error de cálculo, es la estrategia. Y observen con atención: en ninguna presentación para inversores, en ninguna cumbre de Davos, se pone sobre la mesa la reducción de ganancias estratosféricas como variable de ajuste legítima. El ajuste, su viaje es siempre unidireccional: en picada hacia la base de la pirámide.
Este avance tecnológico no ocurre en el vacío estéril de un laboratorio. Se despliega en el barro sangriento de la disputa geopolítica global, donde derrotar al competidor ya no es una táctica, es una patología. Producir más rápido, más barato, con menos de esas molestas “fricciones” humanas que piden derechos y sufren burnout. En este escenario de alta tensión, los trabajadores nos convertimos en extras mudos de una película cuyo guion escribieron otros, en salas a las que nunca tendremos acceso. Nos presentan cada escena como si fuera el resultado de una ley técnica, casi física, cuando en realidad cada línea de código responde a una decisión política con nombre, apellido y bonificaciones millonarias por “eficiencia”.
Claro que habrá desplazamiento. La historia del capitalismo es la historia de reemplazar trabajo humano con máquinas para aumentar la tasa de ganancia. Ser ingenuos no ayuda a nadie. Pero aceptar esa “inevitabilidad” histórica no significa firmar la renuncia a preguntar lo esencial: ¿y la gente qué? ¿Qué hacemos hoy con la fuerza laboral existente, con sus hipotecas y sus proyectos? ¿Qué lugar le queda al ser humano en este nuevo paisaje, más allá del rol patético de supervisor eterno, de cuidador de las máquinas que lo volvieron prescindible? La imagen que emerge de documentos internos filtrados, como los de Amazon que hablan de reemplazar medio millón de puestos con robots, es de una crudeza obscena: humanos relegados a custodiar la misma fuente de su obsolescencia. “Cobots”, le llaman, para hacerlo sonar a colaboración. Pero es la colaboración del guardián con su celda. ¿Ese es el horizonte de sentido que nos ofrecen? ¿Vaciar de propósito nuestro trabajo para llenar de dividendos los bolsillos de unos pocos?
Ahí es donde el Estado debería erigirse como un dique, pero hoy se comporta como un espectador que aplude. No puede limitarse a ser el portero que abre la puerta a lo “inevitable”. Su función, si es que alguna vez significó algo distinto a gestionar la derrota, es la de garante último de un pacto social. Lo que estamos viendo es el resultado de décadas de una permisividad criminal, a nivel global, que permitió el desembarco de tecnologías disruptivas sin un marco regulatorio que las sometiera al interés común. Los organismos internacionales, los tratados de libre comercio, los gobiernos timoratos, todos habilitaron esta carrera sin frenos ni brújula ética. Y ahora pretenden que la factura social la pague el individuo, convertido en un alumno perpetuo y ansioso, condenado a “reciclarse o morir” en un mercado que siempre se le escapa un paso por delante.
A este mecanismo se suma uno perverso de una elegancia casi demoníaca: el circuito de la profecía autocumplida. Los mismos gurús y CEOs que se forran con estas tecnologías salen a los medios, con cara de preocupación, a advertir que la IA dejará a millones en la calle. El mensaje, replicado hasta la náusea por medios que viven del miedo, siembra el pánico. Y ese pánico, ese terror a quedarse afuera, es el combustible premium del sistema. Impulsa a las personas a usar desesperadamente esas mismas herramientas, a entrenarlas con sus consultas, a integrarlas en su flujo de trabajo para demostrar que aún sirven para algo. Pero ese uso masivo y urgente no es más que el entrenamiento gratuito y a escala global de los sistemas que, en la próxima iteración, los volverán definitivamente prescindibles. El miedo acelera el proceso que tanto se teme. Es un círculo vicioso que se nutre de nuestra propia ansiedad, un juego en el que la casa siempre gana.
La “capacitación”, presentada como la gran solución personal, es en realidad la gran estafa. Es una transferencia silenciosa de valor, costos y riesgos. El trabajador asume el gasto, el tiempo, la incertidumbre de formarse, a menudo fuera de su horario laboral. Precariza aún más su vínculo en pos de una “adaptabilidad” que es un espejismo en movimiento. Y todo esto mientras se naturaliza que el aprendizaje perpetuo es una cruz individual, nunca una política pública robusta ni una inversión estratégica de las empresas que obtienen los réditos.
La situación en Amazon es el microscopio que nos permite ver el cultivo bacteriano completo. No fue la IA, lo dijo un empleado despedido de ocho años de antigüedad en un mensaje viral: fue “sustitución laboral”. Trabajadores experimentados reemplazados por estructuras más baratas. Y mientras, el CEO Andy Jassy ofrece un discurso bifronte: por un lado, dice que los despidos no son por IA, sino por sobrecontratación; por el otro, anuncia a sus empleados que espera que la IA reduzca sus filas en el futuro. El lenguaje, otra vez, es la clave. En los manuales internos, instruyen evitar palabras como “robot” o “automatización”. Prefieren “tecnología avanzada” o “cobot”. Suprimen la verdad detrás de un velo de eufemismos. Incluso la ejecución del despido es un espectáculo de violencia despersonalizada: correos enviados a las tres de la mañana, terrazas cerradas para evitar “incidentes”, un paquete de indemnización que depende de la antigüedad y un consejo final del vicepresidente: “úsense la tecnología para simplificar nuestro trabajo… y cuídense”. El cinismo alcanza niveles de arte.
Y sin embargo, la gran ironía, la que describió Lisanne Bainbridge en los años 80, persiste: “Cuanto más sofisticada es una máquina, más dependemos del juicio humano que intenta reemplazar”. La automatización no elimina al humano; lo desplaza a un lugar de mayor responsabilidad pero menor control, de supervisión alienante sin dominio real. Como el piloto automático que, al fallar, encuentra a un piloto cuyas habilidades manuales se han oxidado por falta de uso. La promesa del “human in the loop” (el humano en el ciclo) se traduce, en la práctica, en puestos mal pagos donde la persona está para absorber los errores del algoritmo, para ser el parche responsable de un sistema que no comprende del todo. No es una colaboración, es una servidumbre cognitiva.
La evidencia más contundente de que este modelo es una farsa, y no un destino, son sus propios fracasos estrepitosos. Amazon invirtió una fortuna en tiendas Amazon Go sin cajeros y en el sistema de pago con la palma de la mano, Amazon One. Primero eliminaron el trabajo humano en nombre de la eficiencia. El resultado? Baja adopción, clientes que no vieron el valor, problemas de rentabilidad. Ahora cierran tiendas y descontinúan la tecnología. La eficiencia prometida fue un fantasma. Pero el daño social, los puestos de trabajo destruidos, las comunidades laborales fracturadas, eso fue muy real y no tiene retorno. Primero ejecutan, luego evalúan. La vida de las personas como variable de prueba y error.
El avance de la inteligencia artificial no se va a detener. Nadie sensato lo pide. Lo que está en disputa, y es una disputa que debemos dar con todas nuestras fuerzas, es la arquitectura de poder que la rodea. Cómo se integra esta fuerza en el cuerpo social. Quién escribe sus reglas de funcionamiento. Quién controla sus palancas y hacia qué fines. Porque la tecnología, por sí sola, es tan determinista como un martillo tirado en el suelo. Lo que define el futuro, siempre, son las manos que lo toman y el proyecto para el que se usa. La inteligencia artificial no es un dios. Es una herramienta. Y las herramientas las diseñan, siempre, intereses muy concretos.
Este debate, el único que importa, no puede seguir postergándose con seminarios y white papers. Es un debate político, visceral, existencial, sobre el tipo de sociedad que queremos ser. ¿Vamos a aceptar que nuestro destino laboral lo escriba un algoritmo al servicio del accionariado, disfrazado de progreso inevitable? ¿O vamos a sentarnos, colectivamente, a exigir y a construir un futuro donde la máquina libere el tiempo de la gente, donde la productividad récord se traduzca en jornadas más cortas y vida más plena, donde el beneficio sea común o no sea?
La respuesta no está en el código, ni en los informes de los gurús. Está en la calle, en la organización, en la negativa a tragarnos el cuento. El tiempo para darla, ese sí, se nos escapa entre los dedos. Cada correo de despido enviado a las 3 a.m. es un recordatorio.













