La sanidad contemporánea ha alcanzado niveles extraordinarios de precisión técnica, pero todavía arrastra una carencia silenciosa: prepara profesionales para curar, pero no para acompañar cuando ya no es posible hacerlo. En ese territorio, el del final de la vida, la intervención clínica deja paso a la presencia humana, y es precisamente ahí donde muchos profesionales experimentan culpa, bloqueo emocional, desgaste profundo o abandono vocacional. El sufrimiento no proviene únicamente de la muerte, sino de no saber cómo habitarla sin quebrarse.
Por Ysa Marín
Con esta realidad como punto de partida, el Centro de Estudios Superiores Ramón y Cajal de Granada, ha acogido «Acompañamiento en los procesos vitales», un proyecto piloto de humanización sanitaria dirigido al alumnado de Cuidados Auxiliares de Enfermería. Una intervención breve en duración pero transformadora en su alcance: dotar a futuros profesionales de herramientas emocionales reales para sostener el dolor, la despedida y la vulnerabilidad sin dañarse en el proceso. La iniciativa ha sido impulsada por la colaboración entre el Centro de Estudios Técnicos y Artísticos TEAR y El Arte del Buen Vivir, dos empresas cooperativas andaluzas que unen recursos, valores y acción social dentro de un modelo empresarial comprometido con el territorio.
Esta unión no responde únicamente a una colaboración formativa, sino a una manera distinta de comprender la empresa. Cuando las organizaciones comparten propósito, fortalecen el entorno en el que operan. No se trata de competir, sino de cooperar para generar impacto real. Desde esta mirada, la economía social puede convertirse en motor de salud pública: al cuidar la salud emocional de quienes cuidan, se mejora directamente la calidad del sistema asistencial.
Además, una de las repercusiones más profundas de este modelo empresarial es la creación de comunidad. A través de la cooperación entre entidades, el tejido productivo deja de ser solo un espacio económico para convertirse en un agente social activo capaz de generar una cultura de cuidado. Las empresas pasan entonces a participar en la construcción de una comunidad compasiva, donde profesionales, instituciones y ciudadanía comparten responsabilidad en el acompañamiento de los procesos vitales.

El programa introduce un cambio de paradigma: no enseñar a resistir el sufrimiento, sino aprender a relacionarse con él de forma saludable. A través de una formación intensiva basada en neurociencia y psicología humanista, el alumnado trabajó comunicación consciente con pacientes terminales y familias, regulación emocional mediante respiración y anclaje corporal, diferenciación entre empatía y absorción emocional, y el reencuadre de la muerte como proceso humano acompañable y no como fracaso clínico. El objetivo no era teorizar sobre el duelo, sino entrenar habilidades aplicables desde el primer día de práctica clínica.
Los resultados mostraron una aplicabilidad total. Los estudiantes reconectaron con el sentido de su profesión, desarrollaron resiliencia emocional y adquirieron una compasión sostenible que permite cuidar sin agotarse psicológicamente. Comprendieron que cuando ya no hay nada que curar, todavía hay mucho que hacer. Este aprendizaje actúa además como prevención ante uno de los grandes problemas del sector sociosanitario actual —burnout, depresión y trauma profesional— abordándolo antes de que aparezca, en la propia etapa formativa.
Humanizar la sanidad no significa restar ciencia, sino equilibrarla con consciencia. Preparar a los profesionales para la muerte mejora la calidad del cuidado en vida, reduce conflictos familiares y protege la salud mental de quienes sostienen el sistema.
Este piloto, pionero en España por introducir prevención emocional en formación reglada sanitaria, aspira ahora a convertirse en un módulo estructural dentro del currículo sanitario. Porque acompañar también es cuidar. Y cuidar al cuidador es, en última instancia, cuidar a toda la sociedad.













