Es inevitable esbozar una sonrisa recordando a Polimeni. Por las bromas, por la alegría, pero también por el compañerismo, la sensibilidad, el ingenio.

Rubén Polimeni dejó de compartir con nosotros este plano de existencia, pero indubitablemente seguirá presente en nosotros, los que lo queremos, los que lo conocimos y lo disfrutamos.

Para mí, mi tío es sinónimo de dedicación, de perseverancia, de humor. Una familia que debió abandonar todo acartonamiento, toda solemnidad, que debió adaptarse a la tanada histriónica, a la preocupación por el otro, a las travesuras.

Mi tío era ese familiar que jugaba a la pelota con los famosos de la tele, el que me invitaba a verlo en teatros grandes y pequeños, el que esperábamos que apareciera en las series del momento. El que hacía que miráramos las tandas publicitarias para verlo aparecer y volver a reírnos de “¿Qué te pasa Pinkfloyd?”.

Un papá entregado y enamorado de su hija, consentidor abnegado. Buen padre, pero también buen hijo, adorador de su viejita, como de su suegra y de todos los que guardaba en su espacioso corazón.

Talentoso, preparado, versátil, el rango actoral de Rubén era tan amplio como sus habilidades humanas. Un tipo sensible que camuflada los problemas en esa arquitectura de chistes y parodias permanentes. Que dio miedo en Abasto en Sangre, que nos conmovió como inmigrante recién llegado a la Argentina, que nos hizo reír en roles secundarios o como protagonista, cantando, llorando, viviendo.

Nunca olvidaré su performance en el Registro Civil el día que se casó con la hermana de mi papá. Diciéndole al juez que estaba resignado y que se ponía el delantal de cocina antes de dar el sí.

Cuando a mí también me picó el bichito de la actuación, fue mi tía Gloria la que me acercó a algún casting y entrega de fotos. Conocedora del procedimiento, me hizo el aguante como lo hizo durante décadas con él.

Amasador magistral, hoy brindamos en tu honor. Te querremos siempre, Rubén.