La reciente declaración del presidente DJ Trump sobre «administrar» Venezuela hasta una transición «segura», no es un incidente aislado. Trump lo proclama en tierra o desde el Airforce One, «el petróleo es nuestro», «recuperar lo que nos lo robaron», etc…
Técnicamente, es la manifestación explícita de la Doctrina Monroe y la creencia arraigada en la élites económicas y políticas estadounidenses de que son el pueblo o la Nación con “un destino manifiesto” y una “excepcionalidad política» para conducir el Mundo. Aunque sea regresando al orden mundial del siglo XVIII, el anterior a la Sociedad de Naciones y a la Carta de las Naciones Unidas (ONU). Nos quieren devolver a una era donde las potencias coloniales se arrogaban el derecho de gobernar, intervenir y explotar a las naciones soberanas bajo el pretexto de una misión civilizadora o de estabilidad. Este episodio en Venezuela, lejos de ser una anomalía, expone la persistencia de el paradigma de la violencia, que el humanismo internacionalista considera no solo ilegítimo, sino en vías de extinción histórica.

Raíces históricas del “excepcionalismo y destino manifiesto Estadounidense”: de los Puritanos del Mayflower… hasta 2026

Esta mentalidad no surge de la nada. Sus raíces son profundas y se remontan a los primeros colonos puritanos y evangélicos que llegaron a Norteamérica en los siglos XVII y XVIII. Grupos como ultra-religiosos, comunidades cerradas, y toda clase de fanáticos para los que “el otro” (los aborígenes sobre todo) era casi un enemigo, o un «infiel», o algo a eliminar/arrinconar/ignorar… Es una caricatura, pero buena parte de ellos se veían a sí mismos como: un «nuevo Israel» abriéndose camino hacia el Oeste en Norte América. Se sentían como el pueblo elegido por Dios para fundar una «Ciudad sobre la Colina» (una referencia bíblica) en un Nuevo Mundo. Área que consideraban una tierra de promisión, vacía y salvaje, destinada a ser redimida por su labor y esfuerzo. Ellos llegaban a una tierra vacía de hombres, un nuevo Edén, destinado a ser suyo hasta donde pudieran llegar.

Este mito fundacional religioso se secularizó, caló, cristalizó y fusionó con el proyecto político nacional tras la Independencia de los EE.UU. de la Corona británica, transformándose en la ideología del «Destino Manifiesto» en el siglo XIX.

Esta creencia sostenía que los Estados Unidos estaban divina y «manifiestamente» destinados a expandir su territorio, su sistema de gobierno (una «democracia» entendida de manera muy particular [oligarquía presidencialista levemente plebiscitaria) y su civilización por todo el continente norteamericano, y posteriormente más allá. Este excepcionalismo tuvo consecuencias inmediatas y brutales:

La primera es la ficción del «Terra Nullius» y la deshumanización de los pobladores originales de aquellas tierras de las que se fueron apropiando los colonos. Para justificar la expansión hacia el oeste, se aplicó la noción de que las tierras de los pueblos indígenas estaban «vacías» o no eran utilizadas de manera «productiva», según los parámetros europeos. Además de consideraciones religiosas denigrantes respecto de las culturas vernáculas de los indios. Los pueblos originarios, aunque reconocidos como humanos, fueron sistemáticamente privados de derechos, sometidos a tratados fraudulentos, engañados, desplazados y masacrados. No eran sujetos de pleno derecho en el proyecto nacional, sino obstáculos en el camino del destino manifiesto.

La segunda ficción y así hay que denunciarla: FICCIÓN, es la “Doctrina Monroe” como corolario geopolítico: En 1823, la Doctrina Monroe declaró al continente americano como esfera de influencia exclusiva de los EEUU, advirtiendo a las potencias europeas que no interfirieran. Aunque inicialmente se presentó como una defensa de los recién nada Republica de los Estados Unidos de América (“del Norte”, siempre se les olvida) o EEUU, con el tiempo se reinterpretó como un derecho unilateral de intervención y hegemonía por parte de Washington hacia la costa Oeste.

Una vez completado el saqueo “en casa” o los indios habitantes originales de aquellas tierras, EEUU miró hacia el Sur. El continente dejó de para ello un mosaico de naciones soberanas recién emancipadas también, para convertirse, desde la mentalidad política estadounidense, en un «patio trasero» donde su interés nacional y su seguridad primaban sobre cualquier otra consideración. Si tuviéramos que convertir esto en una opera bufa, el presidente Jame Monroe agarrado al estrado del Congreso de los EEUU (como si fuera el púlpito de una iglesia) proclamó:

«Ciudadanos, vecinos y futuras víctimas continentales: Nosotros, la República de los Estados Unidos de Norteamérica, basada en la esclavitud y el exterminio indígena, recién salidos del cascarón y aun protegidos “de facto” por la armada británica; declaramos solemnemente que este Continente entero es nuestro patio trasero. Los Imperios europeos, que tengan ejércitos y flotas bajo Banderas Reales, o intereses en nuestro Continente, deberán retirarse. ¿Los motivos? La pureza de nuestros ideales (buenos sentimientos que no aplicamos en casa, ni con la población no blanca inmigrante ni con los aborígenes) y nuestra seguridad (que definiremos unilateralmente como convenga en cada momento). A partir de hoy, la única potencia con derecho a interferir, dominar y explotar a las naciones americanas (que se creen soberanas) seremos nosotros. Lo llamamos ‘protección’ y deberán pagarnos por nuestra protección. Pueden agradecernos más tarde.»  {esta es una transcripción «burlesque»…}

La verdadera alocución del presidente James Monroe no dijo eso, pero en esencia es su espíritu, máxime ahora que ya es Doctrina Donroe,  fusionando el apellido Monroe con el nombre del presidente Donald (y también el de un famoso malhumorado pato de los dibujos animados).

Si la versión satírica (sobre estas líneas) de la doctrina monroe-donroe suena ridícula en 2026, es por la misma razón que lo son las acciones del matón del patio de colegio y sus secuaces: por ilegítimas y violentas. Que se resumen en: “es así, por que mi podería militar pagado con el endeudamiento del planeta entero (mediante el dólar) puedo… y si puedo es que debo. Si te opones te aniquilo”. Todavía tienen el apoyo de la UE, el FMI, la Reserva Federal, el Banco Mundial y el Dólar, más las élites mundiales que aún les apoyan en su favor jugando en el casino financiero de NY y Londres (no tanto a Dios)… Ya se dijo antes: la fuerza bruta y en este caso la violencia económica.

De la Conquista Territorial al Control de Recursos: La Continuidad de una Lógica

Lo que vemos hoy con Venezuela y otros países por tanto no es una anomalía, sino la evolución contemporánea de esta misma lógica histórica. La narrativa ha mutado de ridícula a chusca:

Pasó de «llevar la civilización al salvaje oeste» a «llevar la democracia y la estabilidad a naciones fallidas». Cosa que la Historia enseña como mentira prefabricada.

Paso de la anexión territorial directa, a la que las naciones empezaron a oponer resistencia y tenía mala prensa (tras 1947), al control estratégico de recursos (petróleo, minerales, agua, biodiversidad) y a la imposición de alineamientos políticos y comerciales.

Pasaron del «Destino Manifiesto» religioso al «liderazgo global indispensable» y la «excepcionalidad» geopolítica y el “nosotros te protegeremos de nosotros mismos” (cosa que ni cumplen).

La idea central persiste claramente en la Administración Trump: los Estados Unidos poseen un derecho único y superior (ya sea divino, histórico o moral) a decidir qué ocurre en el continente y a disponer de sus recursos, considerándolos parte de su esfera de seguridad y prosperidad. Las decisiones soberanas de otras naciones son vistas como inconvenientes o amenazas si contradicen este designio.

Conclusión: Explicar esta dimensión histórica en sus ridículos y frágiles argumentos (si es que se molestan en darlos) es crucial para no ver las declaraciones actuales de DJ Trump y su kakistocrático Gabinete, o “Administración”, como simple oportunismo o realpolitik chunga.

Son la expresión moderna de una corriente profunda en la identidad y la política exterior estadounidense: una combinación de mesianismo, nacionalismo colonial y expansionista y una profunda convicción de superioridad, desde la que se justifica la subordinación de otros pueblos. Reconocer este sustrato ideológico es esencial para entender la persistencia y la resistencia de un modelo que, efectivamente, el resto del mundo y las nuevas alianzas Sur-Sur cada vez consideran más retrógrado e inaceptable. Hay que ver el contraste del ridículo estadounidense respecto de lo que demanda la Humanidad en el Siglo XXI, o en concreto en 2026.

Las acciones y su esencia colonial en lo ocurrido en Venezuela

Las afirmaciones hechas tras la captura de un jefe de Estado extranjero (Nicolás Maduro/Venezuela), y la declaración de Trump de proceder a “la administración temporal de un país, el control de todos sus recursos estratégicos, porque nos lo deben, carecen de todo fundamento en el Derecho Internacional contemporáneo. Son propios de un guion de Charles Chaplin y escribiendo los diálogos Cantinflas. Así la autoría se queda en el Continente Americano.

La Carta de la ONU, piedra angular del orden surgido tras las dos Guerras mundiales, prohíbe terminantemente el uso de la fuerza y la injerencia en los asuntos internos de los Estados. Presentar una intervención armada o una administración foránea como «aplicación de la ley» o «gestión temporal» es un eufemismo que no ocupa la realidad: es el lenguaje de la ocupación, idéntico al utilizado para justificar aventuras imperiales pasadas cuyos resultados fueron devastación, dictaduras y trauma social duradero, como en Iraq o Chile.

Bajo una lógica humanista internacionalista, que comprende a la humanidad como una sola comunidad con derechos iguales e inalienables, estas políticas son una doble afrenta. Todo Medio o periodismo con algo de fundamento lo enumeraría en que:

Violan la autodeterminación de los pueblos y sus naciones: Niegan el derecho fundamental de cada pueblo a decidir su propio destino político, económico, social y cultural, sin interferencias externas.

Instrumentalizan el sufrimiento: Las sanciones coercitivas y las amenazas de intervención militar son una forma de castigo colectivo. Sus víctimas no son gobiernos abstractos, sino seres humanos: mujeres, niños, ancianos y los más pobres de las naciones amenazadas (o tomadas por la fuerza), que ven agravadas sus condiciones de vida ante la escasez de medicinas, alimentos y servicios básicos. Cada muerte evitable en este contexto es una responsabilidad moral directa de quienes ejercen la coerción. Irán, Irak, Siria, Afganistán, Libia, etc etc

La lección de la Historia y la respuesta del Sur Global

La premisa peligrosa que subyace a estas acciones es la de un pueblo pasivo y sometido. La historia, sin embargo, demuestra lo contrario. La resistencia a la imposición externa forja identidades políticas y organizaciones populares. Muchos venezolanos, independientemente de su postura frente a su gobierno interno, rechazan de plano esta agresión, entendiendo que la democracia y la libertad no pueden florecer bajo bombas o un protectorado extranjero.

Este modelo unilateral y coercitivo, sin embargo, tiene los días contados. Estamos siendo testigos del surgimiento de un nuevo orden mundial en gestación, diametralmente opuesto al del siglo XVIII. Las naciones de África, Asia y América Latina, que históricamente estuvieron (y aún siguen) sometidas a la explotación, la injerencia y el descarnado extractivismo que las sumió en un eterno “subdesarrollo”, están construyendo arquitecturas de cooperación Sur-Sur.

Un nuevo tipo de relaciones y estructuras internacionales basadas en el respeto mutuo, la no intervención y la solidaridad. Bloques como la CELAC, los BRICS, la Unión Africana y diversas iniciativas de integración regional demuestran que es posible organizarse para el desarrollo, el comercio y el apoyo mutuo sin condicionar la soberanía o invadir las esferas de política interior.

El papel imperativo de la ONU y el Humanismo como brújula para orientar la acción

Este es precisamente el orden mundial que las Naciones Unidas deberían propugnar y proteger con mayor vigor. Es decir, un orden mundial donde la multipolaridad cooperativa sustituya a la unipolaridad coercitiva. Sin derecho a veto, como actualmente tienen en el Consejo de Seguridad las cinco naciones, con el pasado colonial más reciente y horrendo de la Historia (que jamás trajo la pretendida Seguridad que da nombre al Consejo).

La ONU debe ser profundamente reformada y fortalecida para impedir que el Consejo de Seguridad sea instrumento de intereses particulares y para hacer valer el Derecho Internacional con igualdad para todos sus miembros.  Con la acción de la Armada Invencible de Trump/EEUU comandada desde el portaviones USS Gerald Ford y toda su escolta (en el lenguaje belicista del “Carrier Strike Group 12 (CSG-12)” Lança do Sul / Southern Spear {o también conocido como ”U.S. Southern Command (USSOUTHCOM) Area of Responsibility»; para el que abrimos paréntesis y aclarar que ”corresponde al área geográfica de responsabilidad operacional, bajo el mando del Comando Sur de Estados Unidos para abarcar el Caribe, América Latina y el sur del Continente Americano… Es decir, una inmensa fuerza integrada por varios servicios (US Navy, Marines, etc.), para una misión específica: la coerción y amenaza a los pueblos soberanos desde México hasta Tierra de Fuego… La Humanidad aun está atónita y viendo como reaccionar, ante esta creciente amenaza real y crecimiento de la presión militar a la que nos pretenden arrastrar; ante las operaciones de interdicción que EEUU se cree con derecho a ejercer al Sur del Rio Bravo/Grande y en todos los Océanos del Mundo. Solo al escribir, o leer, esta frase uno siente claramente el absurdo… y surge dar una respuesta de oposición desde el pacifismo y la noviolencia}.

Si es que, respecto a lo acontecido el 3 de enero en Venezuela, ante los hechos y tras todo lo dicho aquí, o con mucho más fundamento, en los análisis de las más prestigiadas autoridades en todos los campos de lo humano; en español tenemos suficientes palabras para definir la acción de fuerza estadounidense y es justo decir que es un vodevil cutre, una comedia, farsa, sainete… (ridículo, en español de calle: chungo).

Desde el humanismo internacionalista, se reprueba en todo el Mundo estas acciones no solo por su ilegalidad, sino por su profunda inmoralidad. Parten de una visión fragmentada y jerárquica de la humanidad, donde unos pueblos deciden sobre otros. Donde los blancos de la élite estadounidenses deciden, como si la cúspide lo humano fueran. En los propios Estados Unidos de Norteamérica, no hay más que ver lo quebradas que están las vidas de al menos el 60% de sus propios ciudadanos, viviendo con angustia de paycheck a paycheck, para dar fe de la total ausencia de virtud de tal élite blanca supremacista… Pero eso es algo que deberán resolver ellos internamente en EEUU.

Desde el resto de los 8.000 millones de seres humanos les ayudaremos gustosos a evolucionar a mejor desde el “Régimen Cesarista y Oligárquico y violento”, que padecen ahora como Nación. En eso, desde aquí los animamos a tener por lo menos un “contrato social”, es decir un acuerdo social de mínimos que proteja a los ciudadanos, en los distintos etarios de la vida humana, de todas las contingencias posibles. Especialmente aquellas que son diezmadoras y dejan al individuo expuesto a la exclusión y marginalidad. Tendrán que entender un buen día allá que esa protección social, más los servicios e infraestructuras del país, han de ser sufragados con impuestos progresivos según la economía de cada cual, sin que lleguen a ser confiscatorios. Tendrán que asumir las corporaciones que los ciudadanos y el País no son algo a explotar comercialmente, si no que han de contribuir también a sostener esa realidad humana de la que forman parte.  Tienen buenos ejemplos por todo el Mundo.

Ironías aparte. La verdadera Comunidad Global se construye reconociendo que la dignidad, la soberanía y el bienestar de la persona en Venezuela, Palestina, Ucrania o cualquier rincón del planeta, son concernientes a todos. La solidaridad entre pueblos no es una opción, es la base ética del futuro. Especialmente para los Estados/Nación más pequeños, que no pueden quedar a merced de la depredación por parte de los más poderosos. El poder no legitima la acción. Es desde esa constatación que la ONU necesita una refundación, o pide un momento 2.0. Para ser una Organización capaz de desterrar la guerra, las formas de violencia, y la subversión del orden y la paz entre las naciones. Capaz de desterrar la guerra y la amenaza nuclear como método de resolución de conflictos o de dominio.

La arrogancia de creer que un hemisferio o un país «pertenece» a una potencia es un relicto del pasado. El futuro pertenece a la cooperación voluntaria, al respeto de la soberanía popular y a la convicción de que, en un mundo interdependiente, la seguridad y la prosperidad son indivisibles. La coerción y la violación de la soberanía son cada vez más vistas como lo que son: prácticas retrógradas cuyo tiempo histórico se agota. La tarea ahora es acelerar su fin y construir, entre todos, el marco que las haga imposibles.


Nota: Este artículo expresa las impresiones personales del autor, no necesariamente las del Medio en que se publican